Dressan, capítulo décimo. Problema de sábanas. El insomnio no era nuevo. Lo que era nuevo era despertar con el cuerpo de otro a un caliente entre sus sábanas. Dressan se había acostumbrado al silencio pulcro de su ático en chamberí, persianas que sellaban el mundo, café exacto a las siete, sábanas blancas planchadas sin una sola arruga. Su cama era un santuario, intocable,
pero en las últimas noches algo cambiaba. Despertaba en desorden, las sábanas revueltas, la almohada derecha hundida como si alguien la hubiera usado. A veces un leve rastro de perfume que no era suyo ni de nadie que pudiera recordar. La primera noche lo ignoró, la segunda lo inquietó, la tercera lo excitó. No lo decía en voz alta, pero el pensamiento lo corroía.¿ Y si Samuel ha vuelto sin avisar?¿ Y si me desea lo suficiente como para entrar cuando duermo?
Esa posibilidad absurda, escalofriante y erótica empezó a acompañarlo todo el día, a obsesionarlo. Colocó una cámara, pequeña, silenciosa, en una repisa del vestidor apuntando hacia la cama. Y esa noche se durmió desnudo, casi provocando, como si dejara su cuerpo ofrecido, como si estuviera diciendo« Ven, tómame, hazme no recordarlo». Durmió profundamente y al despertar todo estaba igual, excepto una cosa.
La sábana de abajo estaba arrancada de una esquina y al lado de su copa de agua sobre la mesita, una flor, una flor negra, una sola, sin tallo, sin nota, solo eso. Dressan no sonrió esta vez. Se levantó temblando. Revisó la cámara. Pantalla en negro. La grabación había sido borrada. Y en su bandeja de entrada sin asunto, sin remitente, un solo archivo de audio. Un susurro. Su propia voz, dormida diciendo algo. Una frase repetida tres veces.« No te vayas,
no te vayas. Hazme olvidar que no eres real». Dressam dejó caer el móvil y por primera vez dudó de sí mismo. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
