Dressan, capítulo noveno. Las flores negras. Madrid, diciembre. Frío seco, cielo sin luna. En las calles vacías los taxis parecían fantasmas amarillos. La ciudad tenía ese silencio elegante que precede al peligro. Dressan llevaba días sin saber de Samuel. Después de aquel encuentro con Iván, no lo había buscado, no lo necesitaba. O eso creía. Hasta que llegaron las flores. Un ramo sin nombre. Tulipanes negros, envueltos en papel gris mate.
Sin nota. Solo una tarjeta en blanco. Y sin embargo, Dressan supo el silencio era un lenguaje que Samuel dominaba como pocos. Durante dos días no hizo nada, ni un mensaje, ni una llamada, pero la ansiedad fue creciendo como una gota espesa en el pecho. El tercer día otra entrega, una caja pequeña, dentro un frasco de su colonia favorita, vacío, solo un pequeño papel doblado en cuatro con una frase escrita a mano. Cuando todo huela a ti, ya no
serás tú. Dressan sonrió, no con alegría, con algo más torcido. Lo había entendido. Samuel había vuelto, pero no para amar, no para cerrar el círculo. Había vuelto a jugar. Y esta vez no habían reglas. Una semana después, en un evento de arte contemporáneo, en un antiguo matadero reformado, Dressan lo vio. Samuel. Vestido de negro total, sin expresión, apoyado contra una pared de ladrillo rojo, con una copa en la mano y los ojos fijos en él. No se acercó.
No sonrió. Solo lo observó. Toda la noche. Como un cuervo. Al salir, Dressan lo esperaba en la puerta trasera.«¿ Qué estás haciendo?» Samuel se encendió un cigarro. Me preguntaba cuándo ibas a mirar el techo de tu dormitorio. ¿Qué? Hay una cámara. Hace días. Tresán tragó saliva.¿ Qué mierda es esto? Justicia poética. Dijo Samuel echando el humo con suavidad. Me rompiste sin tocarme. Quiero devolverte el favor, tocándote hasta que no sepas quién eres. Lo que ocurrió esa noche fue sexo, sí,
pero también ritual. Samuel no besó, ordenó, ató, observó. Dressan, por primera vez en su vida, no controló nada y lo peor, le gustó. Después, exhausto, desnudo, apoyado contra la ventana del ático, Dressan preguntó.¿ Qué quieres de mí? Samuel se acercó por detrás, le pasó los dedos por el cuello con una lentitud que quemaba. No quiero que me ames.¿ Entonces qué? Quiero que me necesites.¿ Para siempre? No, hasta que no pueda recordar quién eras antes de mí. Dressan
sintió un escalofrío. Samuel se fue sin besar, sin mirar atrás. Solo dejó otro ramo de tulipanes negros en la mesa de la entrada. Desde entonces, cada noche, una flor más aparecía. Y Dressan empezaba a entender lo que era la verdadera obsesión. No desear a alguien, sino ser devorado por él. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
