la ciudad del espejo ardiente era media noche cuando el tren ave se deslizaba como un diamante por los rieles que unían madrid con valencia En el vagón de primera clase, recostado en su butaca de cuero blanco, Dressan ojeaba un libro de arte moderno con una copa de champán en la mano y la mirada entre azul y acero. Alto, delgado, atlético, vestido con una camisa negra seña abierta y pantalones de lino que insinuaban más de lo que ocultaban. Todo en
él era una promesa. recién llegado de una charla sobre inteligencia artificial en el Palacio de Cibeles, donde había dejado boquiabiertos a inversores suizos y diseñadores berlineses. Ahora viajaba hacia su escondite favorito, su apartamento agristalado en la ciudad de las artes y las ciencias. Allí no lo esperaban muebles, lo esperaban cuerpos, risas, vino caro y velas aromáticas encendidas por hombres con nombres como Elías, Marco, Damián o Jean.
Cuando llegó, un chofer moreno con ojos verdes lo recibió con una sonrisa enigmática. No intercambiaron palabras. Ya había un código entre ellos.—¿ Todo listo?— susurró Dressan.— Ellos ya están dentro. Lo estaban esperando, señor Dressan. Y están impacientes. Subió en ascensor. Las luces tenues reflejaban su rostro en los espejos infinitos. La puerta del ático se abrió sola. Música lenta, jazz francés mezclado con los sonidos de cuerpos moviéndose bajo la seda.
La casa era una joya arquitectónica. Ventanales abiertos al cielo valenciano, columnas de mármol, alfombras de terciopelo rojo, un jardín interior con orquídeas que respiraban deseo. Y allí estaban, diez hombres, luego veinte, luego quizá más. Ningún ordinario, todos altos, elegantes, con miradas que podían romper copas y voces de terciopelo. Dressan caminó entre ellos como un rey entre sus musas. Uno le besó el cuello, otro lo desabotonó, otro lo
alzó en brazos. No había palabras, solo energía... piel y el rumor del deseo refinado. Era una noche de cuerpos suaves y mentes afiladas. Cada uno de ellos había sido elegido. Científicos, bailarines, poetas, ingenieros del metaverso. Dressan no se acostaba con cualquiera, solo con los más brillantes, bellos y complejos. Esa noche no hubo final, sólo una larga lanza de gemidos apagados, besos
eléctricos y miradas encendidas que ardían bajo las bóvedas de vidrio. Afuera, la ciudad de las artes se iluminaba como una constelación. Adentro era Dressan quien encendía las estrellas. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
