¶ Introducción y Agradecimientos
Hola, soy Gabriel León y estás escuchando La Ciencia Pop. Un podcast sobre historias de ciencia. Hoy daremos un paseo por el complejo mundo de la identidad, comenzando con una leyenda urbana de esas que inundan YouTube y nutren blogs de eventos imposibles. Esa historia... será el punto de partida para hablar de un genio matemático que se creía emperador del hielo y terminaremos con tres delirios idénticos que en nombre de la ciencia fueron puestos en la misma habitación.
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Wolfram Gurlich, La Familia Gallego Citurriaga, Maricruz Ormeño, Los Piñones Guísica, Playita Restobar Guanaqueros, Joel Moya, Rodrigo Salas, Luciano Santana, Alecito Enríquez, Dumbo y Aceituno Crisóstomo Manguito Daniela Millavil Carlos Schwarzenberg Jonathan Ramírez Claudio Fuentealba Mark Rolk Karina y Agustín Valenzuela
Laura Carrasco, Martina y Julieta Moscoso, la cervecería Intrinsical, la profe Lorena Bravo, Gaspar y Ray Bravo, The Clanker, Maida Bofill, Chalo y Katia, Alfonso y Esteban Maureira, y la familia Hurtado Varela.
¶ La Leyenda del Hombre de Taured
Una mañana en julio de 1954, un hombre bien vestido bajó de un vuelo proveniente de Europa y se presentó en el control de pasaportes del aeropuerto Haneda, en Tokio. Entregó su pasaporte con la naturalidad que adquiere cualquiera que haya vejado suficiente, pero en cuanto el oficial comenzó a examinarlo, frunció el seño y lo miró directamente a los ojos.
El documento había sido emitido en un país llamado Taured, uno que el oficial no conocía. Confundido, le preguntó dónde estaba ese país. El hombre señaló con absoluta convicción que Tauret estaba en un punto entre Francia y España, más o menos donde uno esperaría encontrar a Andorra. Pero el mapa que le mostraron no tenía ningún país llamado Tauret. El viajero insistió.
Llevaba años visitando Japón por negocios. Mostró sellos supuestamente japoneses, visas de países vecinos y hasta un documento bancario. Pero nada coincidía. Lo llevaron a una sala de interrogatorio. Pasaron horas y luego lo trasladaron a un hotel bajo custodia y al día siguiente había desaparecido. Desaparecido del hotel, de los documentos y del mundo, sin dejar rastro.
una especie de pasajero interdimensional que había entrado por error a un universo que no era el suyo. Es, al menos, en la historia, la versión popular y viral, la versión que aparece... en decenas de videos y blogs. Y ahora, permítanme arruinarla un poco, porque nada de eso, absolutamente nada, ocurrió así. La historia es fascinante, inquietante y cinematográfica. Sí, pero es un invento. Un mito construido a partir de retazos de un caso real que no tiene nada de sobrenatural.
Lo que sí tiene es algo mucho más fascinante. Un hombre que creó una identidad completa desde cero, un sistema de relatos, sellos, documentos y biografías inventadas que se volvieron más elaboradas cada vez que alguien las ponía en duda. Y con esa historia fabricada, logró engañar a autoridades, bancos y funcionarios. Y cuando finalmente su relato se derrumbó, la cultura popular...
hizo algo muy humano. Tomó las ruinas, les dio un giro fantástico y la hizo viral. Y ahora les voy a contar la historia real. Una noche de... de 1954, un avión procedente de Taipei aterrizó en el aeropuerto de Haneda, en Tokio. Entre los pasajeros había un hombre occidental de unos treinta y tantos años
acompañado de una mujer coreana a la que la prensa japonesa describiría más tarde como su naizuma, algo así como esposa no formal o pareja conviviente. Al llegar a la zona de policía internacional, el hombre entregó un pasaporte absolutamente único, hecho a mano de un tamaño extraño, similar al de una revista, con texto en un idioma desconocido y sellos que parecían pertenecer
a consulados japoneses repartidos por Asia. Para todos nosotros hoy, eso sería una alarma nuclear inmediata. Pero en 1959 era mucho menos raro de lo que parece. Después de todo, el mundo estaba lleno de países recién formados, protectorados, dictaduras de corto aliento y zonas coloniales en transición. Los pasaportes no estaban estandarizados, no existían bases de datos globales.
ni catálogos digitales de documentos válidos. Y un sello japonés, aunque fuera burdamente imitado, era suficiente para sugerir, bueno, este documento ya fue aceptado antes, así que debe ser legítimo. El hombre pasó el control y entró a Japón. Así de simple. No hubo alarma, no hubo interrogatorio dramático, no hubo cuarto oscuro y, por supuesto, no hubo desaparición. El control migratorio era visual.
rápido y basado en la confianza, y un pasaporte aparentemente africano, acompañado por una mujer coreana, en pleno auge de los intercambios en el Pacífico, no era tan extraño. El problema vino después. En diciembre de ese mismo año, el hombre se presentó en la sucursal del Chase Manhattan Bank de Tokio con un cheque por 200.000 yenes que parecía un poco raro.
Intentó cobrarlo y luego intentó usar otros cheques de viajero por 140 dólares. Eran todos falsos. Ahí sí saltaron las alarmas. Alguien llamó a la policía.
Y cuando los oficiales le pidieron que se identificara, ahí empezó el colapso de un castillo de cartas. Ese hombre se llamaba, o decía llamarse, Los investigadores descubrieron que su pasaporte era completamente falso, hecho a mano, sin correspondencia con ningún país real, con un nombre que sonaba a país africano, algo así como Negusi Havesi Gururu Sprit, y con un lenguaje inventado que los expertos no lograron identificar como ningún idioma conocido.
Y la biografía que ofreció era aún más delirante. Dijo que era estadounidense, que había sido piloto de la Real Fuerza Aérea Británica durante la Segunda Guerra Mundial, que había sido capturado por los alemanes y luego liberado. que había vivido en Checoslovaquia, luego en Alemania y luego en América Latina, que había trabajado como espía para organismos árabes y para agencias estadounidenses, que hablaba 14 idiomas,
que había sido piloto en Tailandia y Vietnam. Cada vez que la policía refutaba un fragmento de su historia, él añadía otro. Cada vez que un país decía ese pasaporte no es nuestro, él respondía con una historia aún más extravagante. Los diarios japoneses, fascinados con la historia, lo apodaron como el hombre misterioso. Finalmente, fue acusado de fraude y entrada ilegal. El 10 de agosto de 1960,
Durante la lectura de su sentencia en el tribunal del distrito de Tokio, ocurrió algo que sí parece sacado de una película. Cuando escuchó la traducción de su castigo, un año en prisión, Segrus se puso de pie. Sacó un pedazo de vidrio que había ocultado en la boca y se cortó los antebrazos gritando, me voy a matar. Fue trasladado a un hospital. Las heridas no fueron graves y después cumplió su condena y fue deportado.
Después de eso, silencio. Su rastro se pierde ahí. No hay desaparición de hotel, no hay salto entre universos y no hay ningún país llamado Tauret. Pero sí hay un hombre que construyó una identidad imposible. Tan imposible que cuando finalmente se cayó a pedazos, la gente, nosotros, preferimos creer en una historia aún más fantástica. Y es aquí donde esta historia revela su verdadero valor.
¶ La Identidad Como Narración
Porque lo que hizo Segrus no es solo un fraude ni una estafa, es un experimento involuntario sobre la naturaleza del yo, sobre cómo una persona puede elaborar una identidad completa. con país, idioma, biografía y pasado heroico, y sostenerla a pesar de que todo a su alrededor la contradiga. Es el fenómeno opuesto al de un mentiroso improvisado. Segrus no solo inventaba datos,
inventaba mundos, y cada vez que alguno se caía, lo reemplazaba por otro. Si lo pensamos bien, su historia funciona como un recordatorio incómodo, que la identidad no es un hecho, sino un relato. que el yo no es una estructura sólida, sino una narración que intenta mantenerse coherente, que todos, en mayor o menor medida, construimos una versión de nosotros mismos que difiere un poco de la que el mundo tiene de nosotros.
Y que cuando esas dos versiones chocan, lo que queremos ser versus lo que la realidad permite ser, pueden pasar dos cosas. O adaptamos la historia o hacemos lo que hacía Segros. La estiramos. la reforzamos, la complicamos y la defendemos hasta el absurdo. Cuando se mira desde esa perspectiva, la historia del hombre de Taured evidentemente no es la de un viajero interdimensional. Es algo más profundo y más humano.
un recordatorio de que el delirio no siempre grita ni se nota. A veces empieza como una historia conveniente, a veces como una mentira piadosa, a veces como un ajuste para evitar el dolor, y a veces simplemente... como un relato que se nos va de las manos. La identidad, la nuestra y la de cualquiera, no es otra cosa que eso, una historia que tratamos de mantener unida, y cuando esa historia se resquebraja, el yo hace lo que sea.
para no desmoronarse. Una cosa interesante de todo esto es que la identidad no es un dato, es una historia. No nacemos con un yo terminado, lo vamos construyendo. Psicólogos como Eric Erickson y James Marcia decían que la identidad surge del equilibrio entre lo que heredamos y lo que el entorno espera de nosotros, y que se forma explorando quién podríamos ser.
y comprometiéndonos con alguna versión de nosotros mismos. Hoy la idea más influyente es la identidad narrativa. Lo que somos depende del relato interno que armamos para darle continuidad y sentido a nuestra vida. Por otro lado, cuando la psiquiatría habla de perturbaciones de la identidad, generalmente lo que está fallando es esa coherencia narrativa. En los delirios de identidad ocurre lo más extremo. El relato interno deja de acomodarse a la realidad.
y empieza a torcer la realidad para sostenerse. El yo se vuelve rígido, impermeable a cualquier evidencia. Y eso es lo inquietante. Todos necesitamos un relato para funcionar. La diferencia entre una identidad sana y un delirio no es que uno tenga historia y el otro no, es qué tan flexible es esa historia. Cuando deja de poder cambiar, cuando no admite dudas ni matices, cuando sólo puede crecer hacia afuera.
con títulos, poderes y complots, ahí es cuando la identidad deja de ser un refugio y se convierte en una prisión.
¶ John Nash: Genio, Delirio y Legado
John Nash Jr. nació en 1928 en Bluefield, Virginia Occidental. Desde niño era brillante, pero también algo raro, distante y con una mezcla de timidez e intensidad que desconcertaba a quienes lo rodeaban. Leía libros de física por diversión, hacía experimentos químicos en su casa y escribía ecuaciones en todas partes. Desde pequeño, Nash tuvo una manera particular de estar en el mundo. La gente era para él
un sistema de ecuaciones, y él era mejor leyendo ecuaciones que leyendo personas. Su salto a la historia llegó increíblemente rápido. A los 21 años, mientras estudiaba en Princeton, Nash escribió una tesis de apenas 27 páginas que cambiaría la economía moderna, la biología evolutiva, la ciencia política, la teoría de redes y hasta el diseño de subastas. En esa tesis,
introdujo lo que hoy conocemos como equilibrio de Nash. La idea simplificada es elegante y casi poética. Cuando varias personas toman decisiones estratégicas, el resultado final no es necesariamente el mejor para todos. sino el que ninguna persona puede mejorar actuando en solitario. Es el punto en el que cada jugador dice, dada las decisiones de los demás, yo ya no puedo hacerlo mejor. Y nadie cambia su estrategia.
no porque sea perfecta, sino porque es estable. Esa idea, que la estabilidad puede ser más poderosa que la perfección, abrió un mundo entero de aplicaciones, desde cómo cooperan los animales en una población hasta cómo funcionan las guerras de precios, desde cómo se reparten los recursos hasta cómo aparecen los cuellos de botella en una carretera. Nash tenía 21 años y ya había cambiado la historia. Pero la historia que nos importa hoy...
no es solo la del Nash matemático, sino la de su identidad, la que se desarmó, se fragmentó y luego intentó recomponerse como pudo. A finales de los años 50 y mientras era profesor en el MIT, Nash comenzó a comportarse de forma extraña Primero fueron pequeños gestos silencios largos, miradas perdidas asociaciones que no tenían sentido para nadie más que para él
Luego vinieron interpretaciones paranoicas. Veía mensajes ocultos en los periódicos, señales cifradas en las corbatas rojas de los estudiantes. Corbatas rojas que, según él, eran un código comunista infiltrado en el campus. La Guerra Fría, por cierto, era un caldo de cultivo perfecto para cualquier sospecha, pero en Nash la sospecha se convirtió en certeza, y la certeza en delirio.
Hacia finales de la década de 1950, el matemático que había revolucionado la teoría de juegos comenzó a decir que había sido elegido para recibir mensajes del más alto nivel, no del Departamento de Defensa. y tampoco de la Casa Blanca, más alto todavía y más improbable. Comenzó a firmar mensajes como Johann von Nassau, un supuesto noble europeo, y más tarde afirmó algo aún más extraordinario.
que era el emperador de la antártica no un explorador ni tampoco un líder científico emperador el gobernante la autoridad absoluta de un territorio congelado y remoto que había decidido aparecerle a él y sólo a él en forma de destino manifiesto en la primavera de 1959 ocurrió el quiebre definitivo John Nash viajó para dar una conferencia en la Universidad de Columbia, pero lo que le ofreció a sus colegas no fue una charla de matemáticas, sino un discurso incoherente.
lleno de alusiones políticas, religiosas y mensajes cifrados que nadie pudo seguir. Fue el momento en que todos entendieron que algo grave estaba ocurriendo. La identidad, esa palabra frágil, es central en su historia porque Nash no solo estaba delirando, estaba reconstruyendo un yo alternativo, más grande que la vida misma, capaz de sostener la presión interna que ya no podía procesar.
En su mente no era solo Nash, era un aristócrata perseguido, un mensajero codificado y un emperador helado. Un hombre a quien el mundo no entendía por qué él operaba, según creía, en otro nivel de realidad.
la caída fue dura hospitales tratamientos internaciones y recaídas una década entera perdida en un laberinto mental donde él mismo no podía reconocerse su familia sufrió sus colegas lo dieron por perdido y durante un largo tiempo nash vivió fuera del mundo que había transformado y luego ocurrió lo improbable no un milagro pero sí un lento regreso
Poco a poco comenzó a cuestionar algunas ideas, a soltar otras, a observar su propio pensamiento con una distancia que antes no tenía, como si tratara de resolver una ecuación escrita en su mente años atrás.
Su delirio se fue apagando y debajo emergió una versión posible de sí mismo, no idéntica al joven prodigio de Princeton, pero auténtica. En 1994, cuando ya nadie lo esperaba, nash recibió el premio nobel de economía subió al escenario con la timidez y la fragilidad de alguien que ha vuelto de un lugar muy oscuro ese retorno y parte de su vida serían narrados años después en la película a beautiful mind
que llevó su historia al imaginario global, aunque suavizó y también romantizó aspectos de su enfermedad real. Pero la vida de Nash no tuvo un cierre hollywoodense. En 2015, él y su esposa Alice murieron trágicamente en un accidente de tránsito mientras volvían del aeropuerto de New Jersey. Acababan de regresar de Noruega, donde Nash había recibido el premio Abel, el reconocimiento más prestigioso en matemáticas.
Hoy su historia se cuenta como la de un genio trágico, pero es algo más íntimo, la historia de un yo que se fragmentó, que se expandió hasta romperse, y que creó identidades imposibles para sobrevivir al ruido interno, y que después... con un esfuerzo monumental, volvió a reunirse. Porque Nash no perdió la razón de un día para otro. Lo que perdió fue la continuidad narrativa del yo, la estructura que mantiene unidas nuestras memorias.
nuestros miedos y nuestras expectativas. Cuando esa historia se agrieta, el yo se vuelve poroso y vulnerable. En ese espacio entran las voces, los complots imaginarios y las señales que parecen destinadas solo a uno. Los colores se vuelven códigos. Las coincidencias son tramas ocultas. La identidad no es un dato, es una historia que tratamos de mantener coherente. Y cuando esa historia se rompe, uno hace lo que sea para sostenerla.
¶ El Experimento de los Tres Cristos
Inventa enemigos, inventa títulos e inventa mundos helados donde ser emperador tiene sentido. Está claro que la frontera entre identidad y delirio es más delgada de lo que creemos y que cuando los delirios chocan con la realidad, se desata la tormenta. Pero, ¿qué pasaría si los delirios chocan entre ellos? El 1 de julio de 1959, en una sala pequeña al costado del pabellón D23 del Hospital Estatal de Gypsilanti, en Michigan, tres hombres fueron sentados frente a frente por primera vez.
Llevaban apenas unos días compartiendo sus rutinas. Les habían asignado camas contiguas en el dormitorio, compartían la misma mesa en el comedor y les dieron trabajos similares en la lavandería. Pero ese día no se juntaron a comer ni a doblar sábanas. Ese día iban a descubrir que al menos sobre el papel compartían algo imposible, la misma identidad.
Milton Rokic, el psicólogo que organizó el encuentro, lo recuerda como un momento raro, con una mezcla de curiosidad científica y aprehensión. Él no era psiquiatra ni psicoanalista, venía de la psicología social, y estaba interesado en cómo se forman y se sostienen los sistemas de creencias. Y lo que tenía frente a sí eran tres sistemas cerrados, tres hombres que llevaban años viviendo en universos privados donde la realidad era opcional.
Su pregunta era brutalmente simple. ¿Qué pasa con un delirio cuando choca con otro delirio idéntico? ¿Qué ocurre si pones a convivir en el mismo espacio cerrado a tres personas que dicen ser? ¿El mismísimo Jesús? La hipótesis de Rokic, sustentada por algunos relatos que había leído, era que al confrontar a estos tres sujetos con la misma creencia, ésta sería abandonada.
La escena del primer encuentro, tal como la cuenta Rokic en su libro, es brutal. Se reunieron en una sala rectangular de techo alto al lado del salón principal del pabellón.
¶ Los Tres Cristos: Primeros Encuentros
Había sillas de madera pesadas pegadas a las paredes y una gran mesa que habían empujado hacia un lado para hacer espacio. La luz entraba por dos ventanas sin cortinas que daban a una calle arbolada dentro del recinto del hospital, y justo al frente... otro edificio de ladrillo idéntico al D23, como si fuera un reflejo. Era un espacio pensado para recibir visitas, no para poner a prueba la identidad humana. Rokic se presentó primero y luego a sus ayudantes.
Después, les pidió a las tres personas en la sala que se identificaran, uno por uno. El primero en presentarse fue Joseph, de 58 años y casi 20 internado. De estatura media, calvo y con varios dientes delanteros ausentes, tenía un aire pícaro y los bolsillos de su pantalón estaban desbordados de cosas. Gafas, papeles, tabaco, cartas y pedazos de tela que usaba como pañuelo.
Dio su nombre y enseguida añadió algo más. No solo dijo quién era, también dijo qué era. Para él no había duda y se presentó como Dios, como Cristo y como el Espíritu Santo. Insistió en que sabía muy bien quién era y que en un lugar como ese más valía tener cuidado con lo que se decía. El segundo en presentarse fue Clive, de 70 años y 17 en el hospital.
era alto de más de un metro ochenta casi sin dientes con una voz grave baja y difícil de entender que parecía salir desde el fondo de su pecho primero dijo su nombre completo y correcto y que él mismo hizo a Dios, y que sólo eso lo colocaba en un lugar muy particular en la jerarquía del universo. No sólo se sentía cercano a lo divino, se atribuía un rol en su fabricación.
El tercero en presentarse fue León, de 38 años, y cinco de internación. De los tres, era el que más se parecía al Cristo que todos tenemos en la cabeza. Alto, muy delgado. con un rostro de facciones rectas y un gesto intensamente serio. Caminaba erguido, en silencio, con las manos juntas frente al cuerpo, y solía vestir de blanco, bata y pantalón, como si fuera una figura litúrgica perdida en un hospital estatal.
Cuando hablaba, lo hacía con una claridad y una elocuencia que descolocaba a todos. Al presentarse dijo, mi certificado de nacimiento dice que soy el doctor Dominorum Dominorum et Rex Rexarum. que eran todas las palabras que león sabía en latín señor de los señores y rey de reyes simple psiquiatra cristiano infantil y cerró su presentación diciendo
También indica en mi certificado de nacimiento que soy la reencarnación de Jesucristo de Nazaret. Lo que siguió y lo que está descrito con lujo de detalles en el libro que Rokic escribió para dar a conocer su investigación fue una discusión larga e intensa, que se podría resumir así. Cada uno afirmó sin dudar que era Cristo o Dios o ambos, y para sostener esa afirmación frente a los otros dos,
empezaron a construir argumentos cada vez más complejos. Joseph insistió en que era Dios, Cristo y Espíritu Santo que había creado al mundo y a todos los demás, incluidos a sus compañeros. Clyde reivindicó para sí la resurrección y habló de los cristos fabricados en referencia a sus compañeros. León, por su parte, utilizó distinciones teológicas.
sin principio ni fin, y dioses instrumentales, criaturas huecas que pueden ser usadas como receptáculos. Él se veía a sí mismo como la primera criatura, el primer espíritu humano creado, la encarnación de Cristo, y puso a los otros dos
en la categoría de dioses instrumentales. El tono de la discusión empezó a subir, Joseph y Clyde comenzaron a discutir a gritos y León intentó moderar, pero marcando territorio, y denunció el encuentro como una forma de tortura mental, anunciando que no volvería a participar.
¶ La Resistencia de los Delirios
Para Rokic, la escena resultó menos explosiva de lo que esperaba, pero suficiente para encender la curiosidad. Acababa de ver en vivo cómo tres identidades absolutas chocaban y ninguna se dio ni un milímetro. Al día siguiente, sin embargo, cuando fue a buscarlos al pabellón, los tres lo siguieron sin protestar. León, que había jurado no regresar, fue igual. La segunda sesión retomó el mismo tema desde un ángulo nuevo.
con disputas sobre quién creó el mundo, quién creó a quién y cuántos cristos puede haber, y lo que significa exactamente ser Dios. León desarrolló aún más su sistema, y explicó con gran detalle que hay dos tipos de dios, el dios espíritu que nadie creó y las criaturas que pueden convertirse en dioses instrumentales, huecos o no, dependiendo de sus experiencias.
se ubicó a sí mismo como una criatura privilegiada y al mismo tiempo como reencarnación de Cristo. A sus compañeros dijo respetarlos y que incluso respeta al diablo por lo que es, pero les negó la categoría de Dios absoluto. Para él eran instrumentos. En medio de esta lluvia de afirmaciones grandiosas, Rokic planteó la pregunta obvia. ¿Por qué creen que los han reunido?
Las respuestas fueron tan delirantes como coherentes con sus mundos internos. Joseph afirmó que el propósito era básicamente constatar que él era Dios. Clyde habló de posesiones y León, en cambio, ofreció una especie de crítica metapsicológica. Sospechaba con bastante lucidez que el objetivo era enfrentar pacientes entre sí
para deprimirlos y lavarles el cerebro, y se negó a aceptar que alguien tuviera derecho a intentar cambiar por la fuerza una conciencia que él consideraba real. Así comenzó la convivencia de los tres cristos de Gypsilanti, con un psicólogo social, una grabadora en la mesa y tres hombres que, ante cualquier intento de cuestionar su identidad, no se desmoronaban, sino que acomodaban su relato. Y mientras Rokic miraba esta escena,
decidió que iba a pasar dos años observando qué ocurría cuando tres delirios se contorsionaban para sobrevivir. Al final, lo que pasó con los tres cristos fue casi tan revelador como lo que ocurrió dentro de aquella sala en Gypsilanti. El experimento se prolongó por dos años enteros, pero el resultado fue sorprendentemente claro. Nadie cedió.
Ninguno dejó de creerse Cristo. Ninguno abandonó su identidad divina. Lo que hicieron fue algo distinto, algo más humano. Reacomodaron sus creencias para que los demás encajaran sin destruir el yo. Los otros dos cristos no eran una prueba de error, sino anomalías que había que explicar. Podían ser instrumentos, copias, criaturas hechas por ellos mismos e incluso robots enviados por fuerzas oscuras. Cualquier cosa...
¶ Ética del Experimento y Lecciones
excepto admitir que estaban equivocados. El estudio se volvió famoso por esa obstinación casi perfecta. Un delirio no colapsa cuando la realidad se opone, se dobla y se retuerce para seguir protegiendo al yo. La identidad cuando se convierte en fortaleza es casi imposible de derrumbar desde afuera. Pero el impacto más profundo vino por otro lado, la ética. Porque Rokic no solo observó, empezó a intervenir.
Envió cartas falsas firmadas por autoridades inexistentes, manipuló mensajes, fabricó identidades ficticias, hizo que un asistente se hiciera pasar por la esposa imaginaria de uno de los pacientes y les dio píldoras placebo. asegurando que provenían de figuras divinas. En los años 50 estas prácticas se consideraban experimentación. Hoy son inaceptables. Sus propios ayudantes terminaron describiendo el estudio como cruel.
como una forma de manipulación encubierta que causaba sufrimiento innecesario. Y el propio Rockich, con el paso del tiempo, llegó a la misma conclusión. En los años 80, cuando se reeditó el libro y Rokic escribió un prefacio, este fue demoledor. Ahí reconoció que ninguno de los tres hombres mejoró, ninguno modificó su delirio y que el único que aprendió algo...
fue él. Dijo que había comprendido que también padecía un tipo de delirio, la idea de que podía intervenir omnipotentemente en otras vidas para modificar creencias que eran para esos pacientes. el núcleo de su existencia. Escribí una frase que hoy aparece una y otra vez en los cursos de ética. No tenía ningún derecho, ni siquiera en nombre de la ciencia, a jugar a ser Dios.
Sobre el destino de los tres cristos sabemos menos de lo que quisiéramos, aunque está claro que todos permanecieron vinculados al sistema psiquiátrico por el resto de sus vidas. Joseph Cassell murió en 1976. aún convencido de ser Dios y de haber salvado al mundo. Clyde Benson vivió sus últimos años en instituciones estatales, sosteniendo su identidad divina con la misma tenacidad de siempre. León Gabor, el más joven,
pasó más tarde a cuidado ambulatorio. Sus creencias mesiánicas no desaparecieron, pero sí perdieron algo de intensidad. Murió probablemente en los años 80. En la cultura popular, en cambio, su historia nunca desapareció. Ha sido reeditada, reinterpretada, dramatizada e incluso suavizada en la película Los tres cristos de Gipsilanti, que convirtió un experimento inquietante en un relato algo más amable.
Pero el legado más importante no está en la cultura popular, sino en la forma en la que este caso obligó a la psicología y a la psiquiatría a mirarse al espejo. Y lo que se vio en ese espejo resultó incómodo. Por un lado, una verdad científica.
¶ Reflexiones Finales y Cierre
Las identidades delirantes son extraordinariamente resistentes. No se derrumban ante la contradicción. Es más, la integran, la reinterpretan y la usan para reforzarse. Por otro lado, una verdad humana. incluso un investigador brillante convencido de que actúa por el bien de la ciencia puede caer en su propio delirio el delirio de que él sí entiende la realidad que él sí puede moldear a los demás y que él
ocupa un lugar externo y superior. Después de recorrer estas historias, Segrus inventándose un país para no rendirse ante un mundo que lo aplastaba, Nash construyendo un imperio helado para sostener un yo que se fragmentaba y tres hombres creando universos incompatibles para mantener viva su identidad, la pregunta ya no es si ellos estaban locos. La pregunta es mucho más cercana y más incómoda.
¿Hasta qué punto nuestra identidad también es un relato que defendemos contra viento y marea? ¿Qué tan lejos estamos de acomodar la realidad para no perder la historia que nos contamos sobre quiénes somos? ¿Cuánto del yo es estructura? ¿Y cuánto es narración? Porque al final de todo, esa es la lección que queda. La identidad es una historia, y el yo hará lo que sea para que esa historia no desaparezca.
aunque tenga que inventar un reino, un título, una misión divina o un universo entero para sostenerla. Y entender eso, entender que el yo humano es un narrador feroz e incansable, quizás... sea el primer paso para mirar con más compasión a quienes viven en mundos distintos del nuestro. Y también, ¿por qué no?, para mirarnos con un poco más de honestidad a nosotros mismos. Así hemos llegado
Al final de esta fascinante historia, que marca también el final de la sexta temporada de este podcast. Han sido 36 episodios muy interesantes, pero imagino... que algunos les han gustado más que otros. Déjenmelo en sus comentarios, ya sea en Spotify o en YouTube. Durante los meses que vienen, yo estaré trabajando en el manuscrito de un nuevo libro. Y también, por supuesto...
buscando nuevas historias para volver en marzo del 2026 con la séptima temporada de La Ciencia Pop. Y al llegar al final de esta, la sexta temporada, quiero seguir agradeciendo... El apoyo fundamental e incondicional de mis muy queridos Patrons.
La familia Gelsmann von der Sauer, Giuseppe Carufo, David Pelao Pérez, Michelle Baró, Pablo y Milecita Villalobos, José Tanuz, Pedro Castillo, José Luis Ulloa, Luz María Hernández, Marcela Martínez, Cristóbal Orellana, Diego Riquelme, Mauricio Silva, la familia Yuri Martínez, Claudio Ollarzo y Toña, Cirilo, Fede y Pola, la familia Calenqueirolo, Alejandra Díaz, Fernando Araya,
la familia de la Cruz Morales, Cosca Ivanya, la familia Fuentes Chonfeld, la familia Ties Ríos, Beatriz Géldrez, Juan Catipillán, Paula Lagos, Sandra Marras, Giovanni Rosales, Olivia Artigas, Sergio Yuri Espinosa, Los Rojas Peredo, Mario Vicuña, Elena Arias, Laura Varela, San Blas La Serena, Lucía Ollarse. La carrera de Ingeniería en Estadística y Ciencia de Datos de la Universidad de Valparaíso. Nosotros nos volvemos a escuchar el próximo año.
Que estén muy bien, cuídense mucho, lávense las manos y, por supuesto, que la ciencia los acompañe.
