¶ Bienvenida y Agradecimientos
Hola, soy Gabriel León y estás escuchando La Ciencia Pop, un podcast sobre historias de ciencia. Hoy les contaré la historia de un intrépido científico que hizo de la autoexperimentación su arma principal. Preocupado por las condiciones de trabajo en las minas de carbón, propuso una solución muy curiosa para prevenir las muertes por asfixia.
Esta idea fue el punto de partida para usar organismos vivos como alarmas biológicas y el inicio de una revolución tecnológica de sensores basados en la vida.
Les recuerdo que este proyecto es financiado en un 100% por el aporte voluntario de mis muy queridos Patreons. Si quieren apoyar este proyecto, lo pueden hacer en www.patreon.com la ciencia pop y ahí se pueden inscribir para hacer un aporte mensual y apoyar a la producción de este podcast como siempre agradezco el apoyo de mis muy queridos Patreons. Luz María Hernández, Marcela Martínez, Cristóbal Orellana. La familia de la Cruz Morales.
la familia tíez ríos beatriz geldres juan catipillán paula lagos sandra marras giovanni rosales olivia artigas Sergio, Yuri Espinosa, Los Rojas Peredo, Mario Vicuña, Elena Arias, Laura Varela, San Blas La Serena, Lucía Ollarse. La carrera de Ingeniería en Estadística y Ciencia de Datos. de la Universidad de Valparaíso, la familia Acuña Landaur, Pati y JP de La Serena, Elena Gatica, Felipe González Sodar y la familia Figueroa Tornel.
¶ John Scott Haldane: El Pionero Intrépido
Uno podría pensar que es una exageración literaria, una escena inventada para hacer más épica la biografía de un científico. Pero no, está documentado en un artículo que fue publicado hace más de 100 años. El martes 4 de septiembre de 1906, a bordo del buque Spanker, John Scott Haldane decidió que era el momento de que su hijo de 13 años aprendiera a bucear. No en una piscina tranquila,
no en un entrenamiento gradual. Lo tiró directamente en las gélidas aguas de Escocia y usando un traje de uso experimental tras pasar por una cámara de recompresión para enseñarle a abrir sus trompas de eustaquio. El registro oficial lo dice con una frialdad que hoy provoca un pequeño espasmo de incredulidad. Jack Haldane, de 13 años, descendió en seis brasas de profundidad. Esto ilustra la utilidad de la cámara de recompresión
en la enseñanza práctica de buceadores. Traducido al español, Haldane tiró literalmente a su hijo al fondo del mar, a 11 metros de profundidad, para enseñarle cómo funciona la presión. Y la verdad, es difícil imaginar una mejor puerta de entrada para entender quién fue John Scott Haldane, un científico intrépido hasta lo temerario, convencido de que la fisiología debía vivirse en el cuerpo antes que en el papel.
y que la mejor forma de conocer los límites del organismo humano era empujarlos con sus propias manos. Y si bien los experimentos con cabras y otros animales también eran parte del repertorio de Haldane, La imposibilidad de que un animal describiera cómo se sentía los convertía, según él, en modelos limitados. Era necesario que un humano, habitualmente él mismo, experimentara los síntomas físicos y psíquicos
¶ Descubrimientos Fisiológicos y Canarios Mineros
de respirar aire enrarecido para poder describir adecuadamente los efectos. No había mejor manera de hacerlo. John Scott Haldane nació en 1860 en Edimburgo, y creció para convertirse en uno de los fisiólogos respiratorios más influyentes del siglo XX, pero también, y esto es parte esencial de su leyenda, en uno de los autoexperimentadores
más arriesgados que la ciencia haya producido. A él no le bastaba con medir gases, tenía que respirarlos, no le bastaba con teorizar sobre la presión, tenía que experimentar bajo ella, no le bastaba escribir...
sobre la seguridad de los mineros. Tenía que bajar a las minas y meter la cabeza en la oscuridad para comprobar por sí mismo qué mataba a un hombre y qué podía salvarlo. En una época en que aún no se entendía bien que regula la respiración, Haldane se encerraba en habitaciones donde el mismo iba alterando la composición del aire, respirando mezclas peligrosas mientras monitoreaba su pulso y describía en un cuaderno la progresión del mareo.
la presión en el pecho y la angustia creciente. Fue así como resolvió un misterio fisiológico clave. El impulso que sentimos para respirar no lo produce la falta de oxígeno, como se creía hasta entonces. sino el exceso de dióxido de carbono. Cuando el CO2 aumenta en la sangre, se combina con el agua y forma ácido carbónico, bajando el pH de la sangre.
En la base del cerebro, en una zona conocida como tronco encefálico, hay quimiorreceptores tan sensibles a esos cambios que funcionan como un sofisticado sistema de alarma. Cuando el pH cae, Cuando el CO2 sube aunque sea un poco, esos sensores disparan el impulso respiratorio y el cuerpo te obliga a inhalar. Es un mecanismo imprescindible. Incluso una pequeña acumulación de CO2
puede ser fatal. Haldane entendió esto no solo midiendo gases, sino que sintiendo en su propio cuerpo el descontrol de una atmósfera mal regulada. Aquellos experimentos realizados con una mezcla admirable de rigor y temeridad, dieron origen a conceptos que hoy se enseñan en fisiología básica, el efecto Haldane, la regulación central de la respiración por el CO2 y los primeros modelos modernos del control ventilatorio.
Su hijo, Jack, que luego sería un gigante de la genética, creció en este ambiente fronterizo entre el laboratorio y la aventura. Desde niño mezclaba disoluciones, hacía análisis de gases, y participaba en inmersiones experimentales. La escena que les conté al inicio en el buque Spanker no era una excepción, era parte de una cultura familiar de aprendizaje que hoy nos parece dura, pero que moldeó a dos de las mentes científicas
más influyentes de su tiempo. La contribución de Haldane a la seguridad laboral también fue monumental. Bajar a minas llenas de gases tóxicos para estudiar qué mataban los mineros era prácticamente una especialidad suya. Identificó el rol devastador del monóxido de carbono, diseñó aparatos respiratorios y transformó la toxicología del trabajo. Y en ese contexto, surgió una de sus ideas más icónicas.
Usar canarios en las minas como sistemas de alerta temprana. Probablemente hoy lo recordamos como una imagen casi caricaturesca. Un minero con su lámpara y su canario amarillo en una jaula diminuta. Pero lo que para nosotros es un meme de la historia industrial o un recuerdo de las caricaturas de los años 70, para los mineros de comienzos del siglo XX era tecnología de punta. Los canarios...
por su alta tasa metabólica y sus delicados pulmones, reaccionan mucho antes que un humano a la presencia de monóxido de carbono. Si el canario se agita, deja de cantar o cae, significa que es hora de evacuar. No era metáfora ni era folclor. Fue de hecho una práctica estándar en Europa y Estados Unidos hasta bien entrada del siglo XX, cuando recién empezaron a reemplazar los detectores electrónicos
a mediados de la década de 1980. Haldane, el hombre que se asfixiaba voluntariamente para estudiar la respiración, fue también quien comprendió que a veces la vida de un minero podía depender de un organismo más pequeño. más frágil y más sensible que él. Un biosensor vivo, un sentinela que advertía lo que el cuerpo aún no podía percibir. Y por eso hoy, cuando hablamos de organismos sentinela,
y biosensores modernos, desde peces que detectan toxinas hasta bacterias diseñadas para iluminar contaminantes, seguimos caminando por un sendero que Haldane ayudó a abrir. Él entendió antes que nadie
¶ Biosensores Animales de Detección
que la naturaleza misma puede convertirse en instrumento científico y que un ser vivo puede ser alarma. Lo interesante de esto es que después de que los canarios se transformaran en un símbolo casi mitológico de los organismos sentinelas, esas criaturas más sensibles que nosotros, capaces de advertir un peligro antes de que los humanos lo percibamos, uno podría pensar que el mundo moderno, con su tecnología digital, sus sensores láser y sus sistemas automáticos,
dejó atrás la idea de usar animales como dispositivos de alerta. Pero no, la verdad es que seguimos haciéndolo, y en algunos casos, los animales siguen superando a nuestras mejores máquinas. Tomemos a las abejas, por ejemplo. Las mismas que asociamos con miel, flores y docilidad tienen uno de los sistemas olfativos más finos de todo el reino animal. Una abeja puede distinguir compuestos en concentraciones
de partes por trillón. A fines de los años 90, un grupo de investigadores del Laboratorio Nacional de los Álamos comenzó a entrenarlas como si fueran perros detectores y usaban agua azucarada como premio cuando eran capaces de detectar olor a explosivo. A esa escala de entrenamiento, la abeja responde con un reflejo muy elegante. Extiende la probóside, su larga lengua, cada vez que detecta el olor asociado.
El resultado fue asombroso. En cuestión de días, un enjambre de abejas podía identificar rastros de TNT, C4 u otros explosivos con una rapidez que dejaba atrás a sensores electrónicos portátiles. El hallazgo fue tan sorprendente que tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, los equipos de emergencia exploraron seriamente la idea de usar abejas para rastrear restos de explosivos en áreas amplias. Hubo informes en la prensa que describían escenas dignas de ciencia ficción.
Científicos liberando pequeñas cajitas con abejas entrenadas cerca de zonas sospechosas para ver si las diminutas especialistas reaccionaban al olor. ese es el poder de un biosensor que lleva millones de años de evolución perfeccionándose. Cuando una abeja te dice que algo huele raro, lo mejor es creerle. Pero si las abejas son impresionantes,
las ratas gigantes africanas son directamente heroicas. En regiones donde la guerra dejó cicatrices invisibles, campos minados en Camboya, Mozambique o Angola, el riesgo no es solo tecnológico. es humano. Y ahí, estas ratas, del género Crisetomis, se convirtieron en protagonistas inesperadas cuando científicos desarrollaron un método para entrenarlas como detectores de minas antipersonales.
Su ventaja es triple. Tienen un olfato excepcional, aprenden rápido y, lo más importante, su peso es insuficiente para detonar las minas cuando caminan sobre ellas. Una de esas ratas en particular, conocida como magagua, se volvió famosa mundialmente. Limpió más de 100.000 metros cuadrados de terreno y ayudó a desactivar al menos 100 minas y bombas sin explotar.
Era tan eficiente que recibió una medalla de honor por su trabajo. Sí, una rata condecorada por valentía. Cuando murió en 2022, los obituarios de la BBC, la NPR y otros medios fueron un recordatorio sobrio de algo muy simple. Un organismo vivo, entrenado con paciencia, puede salvar vidas de una manera que nuestros robots todavía no pueden igualar.
Y mientras la tecnología intenta replicar ese olfato extraordinario, Magawa y sus compañeras siguen demostrando que un buen biosensor no tiene por qué tener cables ni baterías. Basta con bigotes y un buen apetito. Y luego, claro,
están los perros, que son probablemente los biosensores más completos que tenemos. Detectan sustancias químicas, infecciones, tumores, crisis metabólicas y hasta virus. En 1989, apareció el primer caso documentado en la revista The Lancet de un perro que insistía en olfatear e incluso morder un lunar en la pierna de su dueña el lunar resultó ser un melanoma maligno en fase temprana desde entonces
se han realizado decenas de estudios controlados mostrando que perros entrenados pueden identificar cánceres como el de próstata, pulmón y colon con una precisión que en algunos casos compite con pruebas clínicas. No es magia. Los perros detectan compuestos orgánicos volátiles que las células tumorales liberan. Huelen la bioquímica antes que nosotros sepamos que existe un problema. De hecho, durante la pandemia de COVID-19,
varios aeropuertos pusieron a prueba esta capacidad. En Helsinki, por ejemplo, los viajeros podían optar por pasar por la estación de perros detectores que olfateaban muestras de sudor entregadas en un paño. En ensayos controlados, los perros detectaron infecciones con una precisión comparable a los ensayos de PCR, y lo más sorprendente, muchas veces antes de que las personas desarrollaran síntomas. Es decir, los perros estaban olfateando cambios metabólicos
que aún no aparecían en los test convencionales, un biosensor biológico que se adelantaba a la tecnología. Así, cada vez que la ciencia se toma un momento para observar a estos organismos, para entrenarlos, para escucharlos, descubrimos que los mejores sensores no siempre están hechos de silicio. A veces están hechos de pelos, alas, narices húmedas y reflejos instintivos. A veces nos ladran, a veces nos miran fijo.
y a veces extienden una lengua larguísima para percibir TNT, y otras veces simplemente se ponen a escarbar en el suelo para que nosotros encontremos ahí el explosivo, la enfermedad o el peligro. Esa es en el fondo la belleza de los biosensores animales, ven el mundo de una forma que nosotros no podemos, y si aprendemos a interpretar su lenguaje, pueden salvarnos antes de que nosotros nos demos cuenta de que algo anda mal.
¶ Almejas: Guardianes del Agua Potable
Y en algunos casos, eso puede afectar a millones de personas. En Varsovia, la capital de Polonia, el río Vístula cruza la ciudad de sureste a noroeste. Ese río, uno de los más importantes de Europa, es fundamental para el suministro de agua potable de la ciudad, que tiene unos 3 millones de habitantes.
En medio del río se alza una torre blanca, como si alguien hubiera dejado caer un edificio cilíndrico en el agua y ahí se hubiera quedado. Los varsovianos la conocen como Gruba Casca y aunque parece un capricho arquitectónico, en realidad es una de las piezas más importantes del sistema de agua potable de la ciudad. Es una enorme estación de captación por infiltración construida en los años 50 y puesta en marcha en 1964.
que succiona agua desde debajo del lecho del vístula a través de 15 drenajes dispuestos en forma de estrella, unos 6 o 7 metros bajo el fondo del río.
Esa agua, filtrada naturalmente por la arena y la grava, viaja por un túnel y un conducto de unos 300 metros hasta la orilla, donde entra en una planta de tratamiento. Desde allí, gruba casca abastece aproximadamente... a un tercio de los habitantes de Varsovia y sigue siendo la captación por infiltración más grande de Europa en el cauce de un río lo más curioso sin embargo no está arriba sino abajo al final de un largo corredor
En una sala técnica donde suenan bombas, motores y computadores, hay algo que parece muy poco tecnológico. Ocho almejas de agua dulce, alineadas en una especie de carril, cada una con un pequeño sensor pegado a la concha. y un cable que las conecta a un sistema de monitoreo. Esas almejas son el equipo de guardia de la planta. Trabajan como biosensores que vigilan en tiempo casi real la calidad del agua de la ciudad.
La lógica es brillante por lo simple. Gruba casca capta agua de río, una maravilla de ingeniería, pero también una invitación a todos los problemas del siglo XXI. Lluvias intensas arrastran fertilizantes y pesticidas. Industrias aguas arriba pueden liberar metales pesados, accidentes o vertidos ilegales pueden colar tóxicos inesperados. Los sistemas clásicos de monitoreo químico son buenísimos para buscar cosas específicas.
nitratos, arsénicos o ciertos pesticidas, pero no pueden analizar cada molécula posible en cada muestra de agua. Ahí entran las almejas. Las almejas de agua dulce son filtradoras profesionales. pasan la vida bombeando agua a través de sus branquias en forma de peine, llamadas tenidos, para extraer partículas de alimento. Experimentos con moluscos de agua dulce en Europa muestran que un individuo puede llegar a filtrar del orden de medio litro de agua por hora,
lo que las convierte en pequeños limpiadores de ríos y lagos. Esa capacidad tiene un costo. Son extremadamente sensibles a cambios en la composición del agua. Cuando aparece aluminio en concentraciones subletales, pesticidas o metales, su fisiología lo nota. Cambian patrones de bombeo, disminuye el flujo de agua y si el estrés es suficientemente alto, simplemente cierran la concha.
Experimentos con la especie anodonta Cygnea muestran que al exponer a aluminio en niveles similares a los que puede haber en cuerpos de agua naturales, reducen su actividad de filtración hasta la mitad y mantienen la concha más cerrada. como mecanismo de defensa. Los ingenieros y biólogos polacos se aprovecharon de este reflejo de supervivencia y lo convirtieron en tecnología. El equipo del científico Piotr Domek, en colaboración con otros investigadores,
desarrolló un sistema de biomonitorización que hoy se usa no solo en Varsovia, sino en unas 50 plantas de tratamiento de agua en Polonia e incluso una en Rusia. El procedimiento es más o menos así. Las almejas se capturan en ríos y embalses relativamente limpios, en el caso de Varsovia, del propio río Vístula o del lago Segrinsky, y pasan primero por un periodo de aclimatación en el laboratorio.
Allí se seleccionan las que están sanas y activas. Se calibra su apertura normal de concha, es decir, cuánto se abren cuando el agua es buena y no hay estrés. Esa línea de base es importante porque cada individuo tiene su estilo. Igual que hay personas que gesticulan mucho y otras que casi no mueven las manos, hay almejas más inquietas que otras. Después viene la parte cibernética. A cada almeja se le fija en la concha un pequeño imán o una bobina con una resina especial.
una que está diseñada para no dañarlas. Luego, esa pieza se conecta a un sensor que mide en tiempo real cuánto se abre o cierra la concha mediante cambios en el campo magnético. Ocho almejas así equipadas se instalan en un tanque por el que circula la misma agua que está a punto de entrar a la planta. Un computador registra de manera continua la apertura de cada concha, comparándola con el patrón que se definió en el laboratorio. Mientras el agua está limpia,
las almejas hacen lo que saben hacer, filtrar y comer. Sus conchas permanecen abiertas más o menos como se esperaba. Pero si algo raro entra en el sistema, Un pulso de pesticidas tras una lluvia intensa, un vertido químico, una fuga de combustible, un episodio tóxico cualquiera, las almejas reaccionan antes de que un humano pueda darse cuenta, y cierran la concha para protegerse.
El computador detecta esta anomalía. Si una zona almeja se cierra, puede ser un comportamiento individual, un ruido biológico. Pero si cuatro de las ocho se cierran de manera simultánea o sostenida, el sistema interpreta que algo serio pasa con el agua. Según los informes técnicos que se han conocido, esa señal dispara una alarma y permite cortar automáticamente la captación desde la fuente, mientras los operadores realizan análisis químicos más detallados.
Vale la pena mencionarlo porque aquí se ha generado un mito mediático. No es que ocho almejas gobiernen por sí solas el agua de Varsovia y decidan cuándo abrir o cerrar la llave principal. Lo que hacen forma parte de un sistema híbrido que incluye biología, sensores y operadores humanos. Son algo así como la primera línea de alerta frente a contaminantes que quizás nadie estaba buscando, y esa alerta se integra con otras mediciones más clásicas en la planta.
Hay otros detalles interesantes. Las almejas no trabajan para siempre. Después de unos tres meses en el servicio, se acostumbran demasiado a las condiciones del tanque y pierden la sensibilidad. En ese momento se las retira con cuidado y son devueltas al río o embalse de origen y un nuevo equipo de reclutas toma su lugar. El sistema, originalmente puesto en marcha en Varsovia,
se ha convertido en un modelo de cómo integrar organismos vivos como bioindicadores en la infraestructura urbana. En el fondo, lo que está pasando bajo el vístula es una escena que encaja perfecto con la idea de organismos sentinelas. Durante décadas, el símbolo de ese concepto fue el canario en la mina, un animal más sensible que nosotros, cuya vida estaba literalmente en juego al detectar gases tóxicos antes de que los mineros lo sintieran. En Varsovia,
La metáfora se actualiza. Ya no hay sacrificio deliberado, porque el sistema está diseñado para no dañar a las almejas, pero la lógica es parecida. Son organismos más vulnerables y más sensibles.
¶ Ranas, Embarazo y Legado Ecológico
que funcionan como antenas biológicas para avisarnos cuando el entorno que compartimos se vuelve peligroso. Hoy, cuando pensamos en biosensores, probablemente imaginamos algo tecnológico, un gadget brillante con una pantalla azul y un gráfico que parpadea. Pero la verdad es que algunos de los biosensores más precisos, confiables e ingeniosos jamás creados, no vienen de Silicon Valley, sino de la naturaleza misma.
Y lo fascinante es que muchos han sido usados durante décadas sin que lo supiéramos, porque lo que hoy es trivial, hace un tiempo, era un complejo sensor vivo. Por ejemplo, cada año... se venden decenas de millones de pruebas de embarazo en el mundo. Solo en Estados Unidos se compra más de 20 millones anualmente. Y en todos esos baños...
En todos esos momentos privados de duda, ansiedad o ilusión, lo que está ocurriendo es un pequeño milagro bioquímico. Un dispositivo capaz de detectar una molécula humana, la hormona HCG. la gonadotropina coriónica humana, y traducirla en un resultado visible. Una línea, dos líneas, un signo más, un embarazada de dos o tres semanas, en una pantalla azul. La lógica es elegante.
Si hay gonadotropina coriónica humana en la orina, es porque hay un embrión que ya comenzó a implantarse y a producir señales hormonales. Y si la hay, el test reacciona. Y si no, queda en silencio. Es ciencia molecular empaquetada en plástico al servicio de una pregunta tan antigua como la humanidad. Pero lo fascinante es que esta tecnología tan cotidiana y tan normalizada es muy reciente.
Los tés desechables con dos líneas rosadas aparecieron recién en los años 70. Antes de eso, para saber si una mujer estaba embarazada, la pregunta debía responderse en un laboratorio. Y antes aún... y aquí viene la parte increíble, la respuesta dependía de un organismo vivo, un animal que se convirtió en el biosensor más inesperado de la historia médica, porque hubo un tiempo en que un embarazo humano
No lo confirmaba un test inmunológico, ni tampoco una ecografía. Lo hacía una rana africana. Y esa historia que mezcla ciencia brillante, zoología, hormonas... Algo de colonialismo científico y una crisis ecológica global merece contarse con calma. Resulta de que antes de que existiera el test casero de embarazo con dos líneas rosadas, el diagnóstico más confiable del embarazo humano
dependía de la rana africana Cenopus levis. Durante la década de 1930 y hasta 1960, si un médico quería saber a ciencia cierta si una mujer estaba embarazada, inyectaba su orina en una rana. Y si la rana ovulaba en menos de 12 horas, la respuesta era sí. Un biosensor vivo, preciso, barato y sorprendentemente robusto. Y en plena era...
pre-ecografías, pre-inmuroensayos y, la verdad, pre-todo, el método era tan bueno que se volvió estándar mundial. Y eso significó algo impresionante. Millones de ranas Xenopus fueron exportadas desde África al resto del mundo. Cajas y cajas de ranitas viajando en barcos y aviones destinadas a laboratorios, hospitales y clínicas privadas. Eran animales resistentes, fáciles de mantener.
Y sobre todo, confiables. Una rana equivalía a un diagnóstico médico. Pero el mundo no sabía que esas ranas cargaban con un pasajero oculto. Décadas después... de que las ranas comenzaran su viaje interminable por el mundo, los biólogos comenzaron a notar que algo estaba atacando a los anfibios en todo el planeta. Ranas que desaparecían de un valle en cuestión de meses.
sapos que morían con la piel endurecida, especies enteras que colapsaban. El responsable era un hongo microscópico y estaba causando una epidemia de quitridiomicosis. Se trata de un patógeno devastador, altera la piel de los anfibios, bloquea su respiración y los mata por un desbalance electrolítico, una enfermedad global, letal y silenciosa. Y entonces...
Vino la sorpresa. Cuando los científicos revisaron especímenes de museo y analizaron ADN antiguo, descubrieron que las poblaciones salvajes de Cenopus levis en Sudáfrica ya portaban el hongo décadas antes. de que hubiera brotes en el resto del mundo. Y peor, Xenopus levis es un portador asintomático, lleva el hongo sin enfermarse. El diagnóstico era doloroso, pero claro.
La exportación masiva de Cenopus levis para test de embarazo muy probablemente ayudó a diseminar el hongo por todo el planeta. Sin querer, sin saberlo, la humanidad había convertido un biosensor brillante en un vector global de una enfermedad que hoy amenaza a más de 500 especies de anfibios. Un recordatorio brutal de que nada está aislado.
de que incluso las decisiones científicas más prácticas pueden tener consecuencias que van mucho más allá de su objetivo original. Y así, después de canarios bajando en minas, perros que huelen enfermedades, Ratas que encuentran explosivos y almejas que vigilan el agua de Varsovia llega a esta última lección. Los biosensores no solo nos ayudan a detectar el mundo.
También nos obligan a recordar que estamos dentro de él. Que cuando movemos un organismo de un continente a otro, no movemos solo un cuerpo, movemos un ecosistema entero en miniatura. Y que cada biosensor vivo tiene una historia evolutiva detrás, con parásitos, microorganismos, simbiosis y sombras que no vemos. Y que la naturaleza, cuando la utilizamos como herramienta,
Nunca deja de ser naturaleza. Esa es la manera perfecta de cerrar este episodio. El mundo está lleno de organismos que sienten, responden, alertan y a veces nos salvan. Pero también nos advierten... Que todo está conectado. Y que incluso un pequeño animal en un laboratorio, una rana que ovula, una almeja que cierra la concha, un pájaro que deja de cantar, puede cambiar la historia de la ciencia. Y claro, del planeta.
¶ Conexión Natural y Despedida
Un biosensor no solo mide algo, a veces también nos mida a nosotros. Y así hemos llegado al final de esta historia. Espero que les haya gustado. Yo me despido como siempre. agradeciendo el apoyo incondicional de mis muy queridos Patreons. La familia Verdugo Enríquez. ¡Suscríbete al canal!
Javiera Castro, Wolfram Gurlig, La Familia Gallego Citurriaga, Maricruz Ormeño, Los Piñones Guisica, Playita Restobar Guanaqueros, Joel Moya, Rodrigo Salas, Luciano Santana, Alecito Enríquez, Y Agustín Valenzuela. Laura Carrasco, Martina y Julieta Moscoso, la cervecería Intrinsical, la profe Lorena Bravo, Gaspar y Ray Bravo, The Clan Care, Maida Bofill, Chalo y Katia, Alfonso y Esteban Maureira,
y la familia Hurtado Varela. Nosotros nos volvemos a encontrar el próximo viernes. Que estén muy bien, cuídense mucho, lávense las manos y, por supuesto, que la ciencia los acompañe.
