¶ Intro / Opening
Hola, soy Gabriel León y estás escuchando La Ciencia Pop. Un podcast sobre historias de ciencia.
¶ La Fila: Una Civilización en Miniatura
Hay esperas que parecen eternas, y estar en una fila puede parecer aburrido, pero contiene una civilización en miniatura, cooperación, egoísmo, esperanza y miedo. Hoy los invito a seguir el rastro del orden más frágil y más antiguo del mundo, desde las panaderías del siglo XVIII. Hasta las autopistas químicas de las hormigas, donde el instinto de esperar y avanzar comenzó mucho antes que nosotros.
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Cristian Fraser, la familia Helsmann von de Sauer, Giuseppe Carufo, David Pelado Pérez, Michel Baró, Pablo y Milesita Villalobos, José Tanús, Pedro Castillo, José Luis Ulloa, Luz María Hernández, Marcela Martínez, Cristóbal Orellana, Diego Riquelme, Mauricio Silva, la familia Yuri Martínez. Claudio Oyarzu Itoña, Cirilo Fede y Pola, la familia Calenqueirolo, Alejandra Díaz, Fernando Araya, la familia de la Cruz Morales.
Cosca Ivanya, la familia Fuentes Schonfeld, la familia Ties Ríos, Beatriz Geldres, Juan Catipillán, Paula Lagos, Sandra Marras, Giovanni Rosales, Olivia Artigas, Sergio Yuri Espinosa, Los Rojas Peredo, Mario Vicuña, Elena Arias, Laura Varela, San Blas La Serena, Lucía Ollarce, la carrera de Ingeniería en Estadística y Ciencia de Datos. De la Universidad de Valparaíso, la familia Acuña Landaur, Patricia Sangüesa y Elena Gatica.
¶ El Frágil Pacto Social de la Espera
The soul caí with fucking over the campaign of the Service National of Kuala Nerang in Malasia. It was a day and the air temblated over the tier reseca. Afuera, el sonido de un altavoz anunciaba que era la hora del almuerzo, y adentro, bajó un techo de planchas metálicas. Cientos de jóvenes Se alineaban para recibir su ración diaria: arroz blanco, verduras hervidas y un trozo de pollo con salsa. La fila se extendía como una serpiente inmóvil. No había sombra suficiente para todos.
Y el olor del curry se mezclaba con el del sudor. Algunos se abanicaban con la gorra, otros resignados sencillamente miraban el suelo. El almuerzo era siempre igual, pero la espera parecía cada día más larga. En ese tipo de filas, el tiempo adquiere otra textura. No pasa, se acumula. Cada segundo parece estar hecho de plomo y los segundos se quedan en una mochila invisible que dobla la espalda.
Cada paso adelante es un alivio, una pequeña victoria contra la desesperación, pero cada segundo inmóvil es una provocación y genera fastidio. Porque esperar, sobre todo cuando se tiene hambre, no es solo cuestión de paciencia, es una lucha íntima entre el cuerpo y el orden. Nadie recuerda exactamente en qué momento ocurrió, pero ocurrió.
Un hombre joven con más hambre que paciencia se movió desde el fondo, esquivó cuerpos, avanzó metros y se instaló en medio de la fila. Al principio hubo silencio y luego una voz. Oye, la fila termina atrás. Y después otra y otra más. En segundos el murmullo se volvió ruido. El joven fingió no escuchar. Alguien lo empujó, otro respondió y se generó una bataola. El tumulto fue gigantesco, pero cuando finalmente se disolvió, el muchacho yacía en el suelo y el hombre.
Then we have 17 años and golpeado hasta morir por colarse en la fila. But it occurred in the 2013 in Malasia. Aunque casos tan extremos como este son raros. Sin embargo, hay peleas documentadas por la misma razón in escuelas, cárceles, centros de refugiados y comedores populares.
Porque, aunque parezca absurdo, una fila encierra algo más que una simple espera. Una fila es un pacto, una coreografía silenciosa en la que todos aceptamos una forma mínima de justicia. Quien llegó primero, pasa primero. En esa regla se sostiene un acuerdo social invisible, una promesa de orden en medio del caos.
Por eso la traición a la fila, el que se cuela, el que se adelanta o el que ignora la espera, nos irrita tanto. Rompe algo que creemos sagrado, esa ilusión de equidad que nos mantiene contenidos. Al final, lo que muere en esa historia no es solo un joven palacio, sino el delgado hilo que separa la civilización de la rabia. Porque una fila, con toda su tediosa lentitud, no es solo un modo de esperar, es una declaración de fe en que el mundo, si seguimos el turno, puede llegar a ser justo.
¶ Orígenes Históricos de las Filas
Nadie inventó la fila. No hay un decreto ni una fecha de fundación. Nadie decidió oficialmente que debíamos ponernos uno detrás de otro, pero en algún punto de la historia, mientras las ciudades se llenaban de personas, Alguien decidió hacer algo para cambiar lo que había antes de las filas. Y lo que había era puro caos. Las esperas eran caóticas, y en los mercados medievales, en las tabernas, en los puertos y en las panaderías, la gente no hacía fila, se amontonaba.
El que gritaba más fuerte, empujaba con más decisión o tenía más rango social, pasaba primero. Era una especie de jungla moral, una competencia por el turno, una coreografía de codazos donde la justicia dependía de la fuerza. La espera no se organizaba, se conquistaba a punta de apretujones, codazos y pisotones. Curiosamente, la primera descripción conocida de una fila.
Aparece en 1837, when el escritor Thomas Carlyle describió a los parisinos hambrientos alineándose frente a las panaderías durante la Revolución Francesa a fines del siglo XVIII. Fue un gesto nuevo, casi tan revolucionario como la propia revolución. Transformar la desesperación en orden. Esperar sin empujar, sin gritar y sin reclamar. La fila nació del hambre, pero también de la esperanza.
With the Revolution Industrial, the masses urban and the services public indispensable ritual. The fabrics, the trainers, and the officers of correct exigent organization. Así la fila se convirtió en un pequeño contrato social, una herramienta de equidad tan simple como poderosa. El que llegó primero, pasa primero. Era una manera de civilizar la escasez.
Durante las guerras del siglo XX, el gesto se multiplicó. Las filas eran para el pan, para la gasolina o para las noticias. Esperar se volvió un acto cotidiano y a veces era un símbolo de sí mismo.
¶ Culturas de la Fila: Diferencias Globales
En el Reino Unido esa paciencia se transformó en una forma de orgullo nacional. Hasta el día de hoy, hacer fila es una de sus tradiciones más queridas y una en particular, las filas de la BBC Proms, que mantienen vivo ese ritual. La gente acampa durante días en las afueras del Royal Albert Hall, se anota en una lista informal y confían que todos respetarán el orden.
Nadie vigila, nadie manda, nadie grita y nadie ordena. La fila funciona porque todos creen en ella. Así, en el Reino Unido, la fila se ha convertido en un símbolo de sí mismo, de orden y equidad. Así, los británicos han hecho de hacer cola una seña de identidad, respetar la fila es tan importante como respetar una norma escrita. Y claro, hay etiqueta con respecto a la fila, y nunca jamás
Uno debe colarse. Hay que respetar el espacio. Hay que respetar el turno. De hecho, hay que hablar moderadamente y, por supuesto, mantener una distancia razonable entre la persona que está adelante y la que viene atrás. Todos gestos mínimos que, juntos, construyen una escena de paciencia compartida. Un ejemplo notable fue la fila para ver el féretro de la Reina Isabel II en Londres el año dos mil veintidós.
Hubo más de dieciséis kilómetros de fila, con algunas personas teniendo esperas de más de veinticuatro horas. Y sin embargo, ese episodio pasó a la historia como The Q, la gran espera, un fenómeno comentado, casi celebrado, por su disciplina silenciosa. La fila se trataba casi como una peregrinación civilizada, lo que da una idea de cuán profundamente arraigada está esta costumbre en la cultura británica. En otros países, la fila y la espera tiene otro sabor.
In the época de la Unión Soviética, por ejemplo, in los tiempos de mayor escasez, la fila era parte del paisaje. Para el pan, para la carne o los zapatos, había que hacer una fila. De hecho, muchas veces las personas se ponían en una fila solo porque había una, sin saber para qué era. Si al final no era lo que necesitaban, sencillamente lo vendían, pero nadie perdía la oportunidad.
En Japón, por ejemplo, el orden en la fila es tan natural que a veces ni se comenta. Avanzar cuando te toca no es tanto cuestión de tolerancia como de hábito. In Italia, in cambio, la espera puede ser más fluida, negociada y caótica, with más intercambios entre quienes esperan, andas compasión por el primero yo estricto y más por la flexibilidad.
Y en sociedades donde la confianza social es menor, la fila se convierte en un espacio de tensión. El que llega antes espera, pero también vigila, porque teme ser adelantado o ignorado. Lentamente esperar se volvió una forma de fe, o de miedo, o quizás de ambas cosas. A medida que el mundo se modernizó, la fila dejó de ser improvisada y pasó a ser diseñada. Aparecieron las barandas metálicas, los pasillos zigzaguiantes y las marcas en el suelo.
In los aeropuertos, en los bancos o en los parques de diversiones, las zonas de espera se planifican con precisión matemática para contener la ansiedad y generar orden. But, picking all these intent of control, the fila conserva su essence original: a pacto invisible packet between a promesa of justice that require patience, a core spontanea. Repetimos cada día, convencidos de que el mundo puede ser justo si tan solo esperamos nuestro turno.
¿Y qué es lo que revela una fila cuando la miramos como espejo cultural? Primero, que heredamos una regla el que llega primero tiene derecho a pasar primero. Esa regla es un tipo de contrato social. Decimos yo me quedo atrás y confío en que los demás respetarán el turno y tú respetarás el mío.
Cuando alguien se adelanta, lo sentimos como una traición. Eso explica por qué en algunos países colarse en la fila es una ofensa moral, casi tan grave como romper algo. Se viola un pacto mínimo de civilidad. En segundo lugar, la fila como estructura visibiliza la tensión entre lo individual y lo colectivo. Mientras esperamos, renunciamos a algo, nuestro impulso de querer ahora ya algo. A cambio, recibimos otra cosa, la garantía de que por una vez las reglas son las mismas para todos.
En sociedades más individualistas, la fila puede sentirse como una imposición, en sociedades más comunitarias, como representación de igualdad. Y en tercer lugar, la fila también dice algo del tiempo.¿Cuánto estoy dispuesto a esperar?¿Cuánta paciencia tengo?¿Y qué pasa si el sistema me parece injusto? Finalmente la fila revela la fe que tenemos en los demás. Solo funciona si creemos que los otros también cumplirán su parte.
Si pensamos que hay trampa, el sistema colapsa. Muchas veces la fila se convierte en una prueba de confianza pública. Somos capaces de organizarnos sin que lo imponga un guardia. Por eso, cuando una cultura falla en respetar la fila, cuando el adalantamiento, la influencia de contactos o el favoritismo prevalecen, el malestar es profundo. Así que la próxima vez que te encuentres detrás de alguien en una fila, míralo de otra manera. No es solo la espera, es cultura.
No es solo el tedio, es un pacto, y no es solo mi turno, es nuestro turno.
¶ La Psicología de la Espera Percibida
Tal vez el mayor problema de la fila es la espera. Esperar puede sentirse como estar suspendido en el vacío. Nadie nos cortó la respiración, nadie nos detuvo con una mano firme, pero sin embargo, cada segundo se vuelve más lento y más pesado. No importa que el reloj marque 10 minutos o 50, lo que importa es la sensación de que el mundo se detuvo y nosotros quedamos al margen.
The psicólogo David Meister formulated in a way director. The satisfaction no depends not of what the difference between percibimos and the queen. En su célebre ensayo sobre la psicología de esperar en línea, describe cómo dos esperas de idéntica duración pueden sentirse diametralmente distintas. Tomemos por ejemplo el caso del aeropuerto de Houston. Hace un tiempo, las quejas sobre el tiempo que demoraba el equipaje en aparecer en la cinta se multiplicaban.
Las personas se quejaban de que la entrega del equipaje era demasiado lenta y, claro, nadie quiere estar un segundo más en el aeropuerto luego de llegar de un viaje. Se intentaron varias estrategias y el tiempo de espera disminuyó un poco, pero las quejas no bajaron. La solución fue contraintuitiva, elegante y económica. Lo que hicieron fue cambiar la puerta de llegada de los vuelos.
Y dejarla más lejos de la zona donde llegaba el equipaje. Así los pasajeros tenían que pasar más tiempo caminando, pero menos tiempo esperando. Así, la espera se fabricó como una experiencia activa, no como inmovilidad. Las quejas bajaron casi a cero, a pesar de que, en estricto rigor, el tiempo que las personas debían esperar para poder tomar sus maletas. Era exactamente el mismo. La diferencia es que ahora pasaban la mayor parte de ese tiempo caminando.
Hoy está claro que hay factores que hacen que una espera se sienta más larga o más corta que su duración real. Por ejemplo, el tiempo sin hacer nada es más pesado que el tiempo ocupado. Si están detenidos sin saber qué sucede, cada segundo se agranda. Pero si caminan, si miran, si les entregan un formulario, o simplemente les dan algo que hacer, el tiempo se diluye. Por otro lado, la espera injusta se siente más larga que la espera justa.
Ver a alguien que llegó después, pasar primero o no tener una indicación clara, genera una rabia silenciosa que alarga la experiencia. Y claro, la incertidumbre lo agrava todo. No saber cuánto falta ni por qué se larga la espera es una forma de tortura moderna. Por eso, en algunos lugares, se agranda el tiempo estimado de espera. Les dicen, por ejemplo, que los van a atender en 20 minutos más. Y de pronto se dan cuenta que llegó su turno cuando solo habían pasado 10.
Y ustedes piensan, wow, qué rápido. Otro factor que influye en la espera tiene que ver con la información que se recibe. Cuando no hay información, el cerebro entra en modo¿y ahora qué pasa? Y finalmente, la memoria pesa más que la experiencia. No recordamos cada segundo en la fila, pero sí el final. Nos vamos con la impresión que dejó. El tiempo de espera. Una espera que termina con un maltrato o con una confusión nos deja un sabor amargo que no se disipa con nada.
En los servicios públicos, en los supermercados, en las salas de espera de hospitales, estos principios se aplican sin gloria. Un hospital que no informa al paciente ni le dice por qué debe esperar lo pone en una especie de limbo emocional. No solo espera, sino que su mente busca explicaciones que no recibe. Un supermercado que permite que haya múltiples filas irregulares sin una razón clara también genera expectativas rotas.
Ese tipo de espera es tanto dura como invisible. Por el contrario, cuando una espera está bien diseñada, actúa casi como un puente. El menú que les entregan mientras esperan para una mesa en un restaurante, la pantalla que dice Faltan dos personas antes que usted. Los suelos pintados que marcan el paso lento pero seguro hacia una caja, todo contribuye a que la mente sienta que algo avanza, aunque el reloj sigue igual.
Porque al final, el truco no está en eliminar la espera, sino que en diseñarla para que no se sienta tan pesada. Y aquí volvemos al comienzo de la historia. Esa fila interminable malasia, el calor, la inmovilidad, la falta de información, todo se unió para hacer que el tiempo se estiara hasta doler. No estaban haciendo nada en la fila. Había una sensación de injusticia percibida. Y por supuesto, no había ninguna explicación.
Por eso la atención se convirtió en rabia, porque no solo se espera, también se evalúa.¿Es justo que alguien se cuele?¿Por qué tengo que seguir así y cuánto más tiempo tendrá que pasar? En esa fila, la espera dejó de ser un trámite para convertirse en un juicio silencioso, y por eso la fila entonces. cobra otro significado. No es solo avanzar, es soportar, es creer que la espera tiene sentido, que al final habrá justicia, que el sistema nos considere y nos respeta.
Y cuando todo eso falta, la fila deja de ser un pacto y se vuelve una vía de explosión.
¶ El Arte de Diseñar la Experiencia de la Fila
A estas alturas esperar en la fila ya no es solo un hecho inevitable, sino que un producto diseñado. Hay arquitectos, psicólogos y expertos en experiencia de usuario dedicados exclusivamente a eso, a convertir la impaciencia en una sensación tolerable. El arte de diseñar la espera nació cuando entendimos que el problema no era el tiempo, sino lo que hacíamos con él.
Las empresas y los servicios públicos empezaron lentamente a aplicar los principios que David Mexter y otros habían descubierto. El primero, ocupar al cliente. Por eso los restaurantes te entregan la carta apenas te sientas, incluso antes de ofrecerte agua. No es eficiencia, es una estrategia. Estás haciendo algo, estás revisando la carta. Esas pantallas que nos dicen cuántos números faltan para que nos atiendan no está ahí solo para informar, está ahí para reducir la ansiedad.
Y en las tiendas, los espejos y los productos cerca de la caja no son decoración, sino entretenimiento de emergencia. Todo está pensado para que la espera no se sienta vacía. Disney llevó esta lógica al extremo y la convirtió en arte. Walt Disney sabía que la fila era parte del espectáculo, no un obstáculo. Desde los años 50, sus diseñadores entendieron que la experiencia comenzaba en la fila, no en el juego.
En la mansión encantada, por ejemplo, la espera se convierte en una antesala de la historia. Hay música, sombras, retratos que cambian frente a los ojos y un relato que se despliega mientras uno avanza. En la famosa Space Mountain, la arquitectura del túnel y los sonidos te van preparando para la velocidad. El truco está en que siempre hay algo que mirar, oír o anticipar. En ningún momento sientes que estás esperando, estás viviendo la promesa de lo que vendrá.
Por eso las aplicaciones de entretenimiento, los cines y los servicios de comida rápida han incorporado notificaciones, barras de progreso y sonidos que simulan avance. A veces el sistema ni siquiera está procesando tu pedido, pero que diga noventa y nueve por ciplado da una sensación de progreso que vale más que la verdad. Y la verdad es que esa barra de progreso es la esperanza digital. Y si no existiera, probablemente nunca nadie habría bajado a nada de Internet.
En los supermercados, la guerra contra la percepción del tiempo también tiene su campo de batalla. Las filas múltiples son un clásico caso de frustración. Elegir la caja equivocada y ver cómo la del lado avanza más rápido es un castigo diseñado por los dioses del azar. Los economistas conductuales llaman a eso la injusticia visible, y es tan molesta que muchos locales adoptaron una fila única, una sola línea que alimenta varias cajas.
No reduce el tiempo promedio de espera, pero sí reduce la sensación de pérdida. Es más justo, aunque no sea más rápido. El diseño de la espera también se ha digitalizado. Las aplicaciones de comida, transporte o atención médica son, en el fondo, versiones tecnológicas de una fila. Pero incluso ahí se aplica la misma lógica: mantener al usuario informado, mostrar que el sistema avanza, distraerlo.
Uber muestra al auto moviéndose, aunque muchas veces no se está moviendo en absoluto. Las aplicaciones de comida anuncian que el pedido está siendo preparado, pero el restaurante aún no ha empezado a cocinar. Es teatro, pero funciona. Todo esto revela algo curioso. No queremos menos espera. Queremos sentir menos espera. Queremos que el tiempo se vuelva amable, que la fila tenga un ritmo, una historia y un sentido.
Con todo, hay algo casi milagroso en el hecho de que una fila funcione. No hay contrato, ni fiscalizador, ni castigo formal para quien se salte el orden. Y sin embargo, la mayoría de las veces, la fila se sostiene. Es un orden que no viene de arriba, sino que de un lado, un acuerdo silencioso entre desconocidos. El filósofo Thomas Schilling lo llamaría un sistema de coordinación espontánea. Nadie da la orden, pero todos saben lo que hay que hacer, como si la costumbre tuviera un código genético.
Basta con que uno se detenga en un punto y otros empiecen a alinearse detrás, obedeciendo una geometría invisible. Y quizás por eso la fila nos resulta tan incómoda y tan reconfortante a la vez. Es la frontera entre el ego y el grupo, una miniatura de sociedad. En la fila el mundo funciona, aunque sea por unos minutos, con una simple y poderosa premisa: que la justicia puede sostenerse solo con la mirada del otro.
¶ El Orden Natural: Las Filas de las Hormigas
Y sin embargo, mientras observamos una fila humana desde lejos, esa serpiente lenta de paciencia y desconfianza, cuesta no pensar que en realidad no inventamos nada. Lo que hacemos frente a una ventanilla en un aeropuerto o en la caja de un supermercado ya lo hace la naturaleza desde hace millones de años, con más precisión y ciertamente con menos drama. Porque si seguimos el rastro hacia abajo, hacia el suelo, encontraremos el ejemplo perfecto de orden sin autoridad: las filas de las hormigas.
Si uno observa el avance de una columna de hormigas, lo que parece un orden casi militar en realidad está sostenido por un lenguaje químico invisible. Cada hormiga posee glándulas especializadas capaces de producir feromonas de rastro, moléculas que han evolucionado para marcar el camino como si fueran migas hechas de compuestos que tienen aroma. Estas señales no son todas iguales.
Algunas especies de hormigas emplean compuestos muy volátiles que se evaporan rápido y sirven para rutas momentáneas, mientras que otras utilizan sustancias más persistentes, capaces de durar horas o incluso días. cuando el camino es valioso y conviene mantenerlo activo. Lo más sorprendente es que la cantidad de feromona depositada no solo indica la dirección, sino también la calidad de la ruta.
Cuando muchas hormigas recorren un sendero, cada una refuerza el rastro, aumentando su peso químico y atrayendo a más miembros de la colonia. Si el alimento se agota o aparece un obstáculo, el rastro comienza a debilitarse, y las hormigas que exploran nuevas rutas pueden dejar señales alternativas que compiten con la original.
Esa simple dinámica, reforzar lo que funciona y dejar morir lo que no, es suficiente para que la colonia, sin líderes ni órdenes centrales, encuentre los caminos más eficientes. En el mundo de las hormigas, la organización no surge de la obediencia, sino de la química, un sistema de información distribuida que convierte miles de decisiones diminut en una inteligencia colectiva sorprendentemente eficaz.
Este fenómeno se llama comportamiento emergente, patrones complejos que surgen de interacciones simples. En 2002, un grupo de investigadores franceses lo describió con precisión al estudiar colonias de hormigas Lacius-Niger. Observaron cómo, al aumentar la cantidad de individuos, la colonia creaba espontáneamente dos filas paralelas, una para ir y otra para volver, reduciendo colisiones y maximizando el flujo.
Era literalmente un sistema de tráfico orgánico. Algunas especies de hormigas tropicales, como las Eseton Burchelli de América Central, llevan eso al extremo. Forman carreteras vivas por las que avanzan millones de individuos. Cuando el terreno lo exige, cuando se acaba, por ejemplo, el terreno, construyen puentes con sus propios cuerpos. Son filas que fluyen, se doblan y se reconfiguran en segundos, y vistas desde arriba, una colonia de hormigas en movimiento parece una mente colectiva.
Y esa mente, sin cerebro central, inspira hoy a los algoritmos que usamos para mover aviones, programar rutas de transporte o gestionar el tráfico en las ciudades. Los algoritmos de optimización basados en el comportamiento de las hormigas nacieron así, porque logran encontrar el camino más corto sin mapa ni GPS, solo siguiendo señales químicas locales. lo que para nosotros requiere satélites, para ellas basta con olor y paciencia.
Pero más allá de la biología, hay algo profundamente simbólico en esa fila. Porque lo que ellas hacen sin pensar, nosotros lo imitamos con toda la carga moral del lenguaje. Hablamos de justicia, de turno, de respeto y de pacto. Pero las hormigas no, sencillamente avanzan. Nosotros convertimos el avance en virtud, y en ese acto, en esa simple idea de esperar nuestro turno, hay también algo antiguo. Algo que compartimos con millones de años de evolución, el impulso de organizarnos.
de no chocar y de poder convivir. Talvez for this duele much when alguien se cuela en la fila, because in the end rompe una coreografía that has been described because much existed the fila. The pacifation, the order, and the cooperation. No nacieron en las ciudades, nacieron en la tierra, en el polvo, en los rastros. químicos que dejan las hormigas y ahí entre ellas
Se revela finalmente el secreto. Una fila no is una cárcel ni una renuncia. It's a forma de avanzar juntos. Un lenguaje silencioso that conecta las panaderías de París. Con los túneles de un hormiguero, una promesa compartida entre humanos, entre insectos también, de que el orden a veces puede surgir sin que nadie lo imponga. Y así hemos llegado al final de esta historia, espero que les haya gustado. Yo me despido como siempre.
Agradeciendo el apoyo incondicional de my queridos patrons, Paola Oyarzún, el artista Ariel Guerrero, Rhonda Butler, Bruno Gisling, Silvana Cartagena and sus hijos Dante y Gabriel Chimino, Andrea Méndez. Guillermo, Sebastián y Celeste Apuña, Eduardnelo, Mr. Córner, Juan Francisco San Martín, Juan Pablo Cortese, Gail Llull, Javier Ocaranza, J. Pérez. Matías y Chay, la familia Verdugo Enríquez, Andrés Arias, Martina y Gaspar Fernández.
César Antonio Cid, la familia Moya Velázquez, Liliana Guzmán, Jordi Torras. Katia Ramírez, Rolando Cosio, Víctor Bucary, Julio Serrano, Javiera Castro, Wolfram Gurlich, la familia Gallegos Iturriaga, Maricruz Ormeño, Los Piñones Guísica, Playita Restobar Guanaqueros. Joel Moya, Rodrigo Salas, Luciano Santana, Alecito Enríquez, Y aceituno crisóstomo, Manguito, Daniela Millavil, Carlos Schwarzenberg, Jonathan Ramírez.
Claudio Fuentealba, Marc Rolk, Karina y Agustín Valenzuela, Laura Carrasco, Martina y Julieta Moscoso, La Cervecería Intrínsecal, la Profe Lorena Bravo. Gaspar y Ray Bravo, Declan Kerr, Maida Bofil. Chalo y Katia, Alfonso y Esteban Maureira y la familia Hurtado Avarela. Nosotros nos volvemos a encontrar el próximo viernes. Que estén muy bien, cuídense mucho, lávense las manos y por supuesto, que la ciencia los acompañe.
