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S06E25 | Y el ganador es...

Sep 26, 202532 minSeason 6Ep. 25
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Summary

Este episodio explora la fascinante historia de los premios, desde el antiguo Egipto hasta las ceremonias modernas, analizando su impacto psicológico y social. Se detalla la evolución de galardones como los Emmy, sus momentos destacados y las innovadoras formas de gestionar los discursos. Además, se sumerge en el peculiar mundo de los premios Ig Nobel, que celebran investigaciones científicas que primero hacen reír y luego invitan a la reflexión, ofreciendo ejemplos curiosos y sus implicaciones prácticas.

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La antigua tradición humana de entregar premios tiene a esta altura ceemonias recurrentes, las que esperamos cada año con entusiasmo. En el episodio de hoy revisaremos la historia de esta tradición y nos sumergiremos –una vez más– en una de las ceremonias de premios más esperadas del año.

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Introducción y la Tradición Milenaria de Premios

Hola, soy Gabriel León y estás escuchando La Ciencia Pop, un podcast sobre historias de ciencia. La antigua tradición humana de entregar premios tiene a esta altura ceremonias recurrentes. Los Oscar, los Grammy, los Emmy y por supuesto los premios Nobel. Ceremonias que esperamos cada año con gran entusiasmo. En el episodio de hoy revisaremos la historia de esta tradición y nos sumergiremos una vez más en una de las ceremonias de premios más esperadas del año.

Les recuerdo que este proyecto es financiado en un 100% por el aporte voluntario de mis muy queridos patrons. Si quieren apoyar este proyecto, lo pueden hacer en... www.patreon.com y ahí se pueden inscribir para hacer un aporte mensual y apoyar a la producción de este podcast. Como siempre, agradezco el apoyo. de mis muy queridos Patreons. Luz María Hernández, Marcela Martínez, Cristóbal Orellana. La familia de la Cruz Morales.

La familia Ties Ríos Beatriz Géldrez Juan Catipillán Paula Lagos Sandra Marras Giovanni Rosales Olivia Artigas Sergio Yuri Espinosa Los Rojas Peredo y Mario Vicuña. En las arenas del Antiguo Egipto, hacia mediados del siglo XVI antes de nuestra era, un soldado llamado Amose, hijo de Ebana, regresaba victorioso de una batalla. Su historia la conocemos

porque quedó registrada con jeroglíficos en su tumba, y esa historia dice que tras combatir en múltiples batallas y servir a varios faraones, recibió el oro al valor. No se trataba de una simple joya, sino de un premio oficial otorgado por el soberano a quienes habían mostrado coraje excepcional. El collar de oro que lució en vida fue, al mismo tiempo, una medalla, un reconocimiento público

y un símbolo de que sus hazañas no se perderían en el anonimato. Ese registro es probablemente el testimonio más antiguo de un premio que fue entregado a una persona identificada por su nombre. Ganar un premio no es solo recibir un objeto brillante o escuchar aplausos. La psicología ha demostrado que ese instante activa en el cerebro los mismos circuitos de recompensa que responden al azúcar o al enamoramiento.

La dopamina se dispara y la sensación de logro se vuelve tangible. La autoestima sube, la confianza se refuerza y por un momento el mundo parece confirmar que todo el esfuerzo valió la pena. Pero claro, no todo es tan simple. Algunos estudios advierten que los premios también pueden jugar en contra. Si la motivación se centra demasiado en el reconocimiento externo,

ganar un premio debilita el interés genuino por la tarea. En el deporte, por ejemplo, los atletas olímpicos describen un vacío emocional después de una competencia, incluso depresión, porque la cima alcanzada deja un silencio difícil de llenar. En la ciencia ocurre algo parecido. Recibir un premio Nobel multiplica el prestigio y, claro, las invitaciones. Pero varios laboreados han confesado sentirse atrapados

bajo una presión constante, como si cada paso posterior tuviera que estar a la altura del mito. Al mismo tiempo, los premios tienen un efecto social poderoso. En experimentos de economía del comportamiento, Hasta un certificado simbólico puede aumentar la cooperación en un grupo y quien es reconocido se siente más dispuesto a ayudar y los demás lo ven como alguien más confiable. Así las cosas.

Un premio no es solo un impulso psicológico interno, ya que también puede reordenar las relaciones sociales. En resumen, un galardón puede ser un gran estímulo, un espejo para la autoestima, o un peso incómodo. Y esto es una paradoja fascinante. Lo que debería celebrar un logro puede, según el caso, convertirse en un gran y nuevo desafío emocional.

La Evolución del Reconocimiento en Grecia y Roma

Ahora bien, mucho antes de que existieran las estatuillas doradas entregadas en ceremonias televisadas, la idea de honrar a alguien por sus méritos ya estaba profundamente arraigada en las civilizaciones humanas. Y claro, el gesto de premiar a alguien cumple varias funciones a la vez. Recompensa al individuo, consolida la autoridad del gobernante o del que entrega el premio.

y transmite un mensaje social del que se considera digno de reconocimiento. En Egipto, el premio era oro. En Mesopotamia, las recompensas podían llegar en forma de tierra registradas en estelas de piedras llamadas kudurru. donde el nombre del beneficiario quedaba inscrito para la posteridad. En ambos casos, el premio no solo tenía un valor material, era un documento público que situaba al galardonado en la memoria colectiva. Siglos más tarde,

los griegos llevarían la práctica del premio a una dimensión ritual y periódica. En el año 776 a.C., un panadero de la ciudad de Élide, llamado Coroevo, ganó la carrera de estadio. una competencia de velocidad de 192 metros en los primeros Juegos Olímpicos de los que se tiene registro. El premio que recibió no era oro ni tierras, sino una humilde corona de olivo, pero claro... cortada de un bosque sagrado sin embargo el prestigio que acompañaba a esa guirnalda era inmenso al regresar a su ciudad

Un campeón olímpico podía recibir banquetes en su honor, privilegios fiscales y hasta estatuas. El objeto material era mínimo, pero el valor simbólico era incalculable. El gesto de colocar una corona en la cabeza de un vencedor También tenía un mensaje colectivo. Mostraba que la excelencia física, la disciplina y la competencia pacífica eran dignas de admiración. Y en paralelo, en Atenas, los dramaturgos recibían premios en los festivales de teatro.

dedicados a Dionisio. Esquilos, Sófocles y Eurípides no solo dejaron obras inmortales, también coleccionaron cororas y honores que validaban su talento en vida. La sociedad griega había descubierto que un premio no solo recompensaba sino que también moldeaba la cultura al señalar qué merecía ser celebrado Roma heredó y transformó esas costumbres

Allí los emperadores repartían premios en certámenes poéticos, juegos circenses y competencias de gladiadores. A veces eran bolsas de dinero, otras veces medallas y condecoraciones, y en algunas ocasiones... sencillamente conservar la vida. Pero siempre había algo en común. El acto de premiar era público y teatral, un espectáculo que reforzaba valores sociales y políticos. Mirado desde lejos,

el premio aparece como un hilo conductor que atraviesa civilizaciones. Del oro de honor en Egipto a la corona de olivo en Grecia, pasando por los kudurru mesopotámicos y los lauros romanos, Lo que cambia es el objeto material, no la idea de fondo. La práctica de premiar revela una constante. Los seres humanos necesitamos símbolos para marcar el mérito, la valentía o la creatividad.

Y esos símbolos, al ser reconocidos colectivamente, transforman hazañas individuales en parte de la memoria cultural. Con el paso de los siglos, la tradición no desapareció. Por el contrario, se multiplicó y se diversificó. Las sociedades modernas crearon premios literarios, científicos, artísticos y deportivos. El Nobel se transformó en un símbolo planetario del conocimiento, mientras que la estatuilla del Oscar

condensa todo el peso de la industria del cine. El gesto de entregar un objeto brillante a alguien frente a una audiencia sigue teniendo un poder extraordinario. Convierte en rito público algo que podría quedar en lo privado. Hoy, en un mundo saturado de galardones y ceremonias, resulta llamativo que la idea misma de premiar sea tan antigua como la escritura.

Reconocer a Amose, hijo de Ebana en el Egipto faraónico, fue tan significativo en su tiempo como entregar una medalla olímpica lo es en la actualidad. Lo que cambia es el contexto. Ya no es el faraón quien legitima con oro a su soldado. sino una academia, un jurado o una federación internacional. Pero el mecanismo social es el mismo. Un premio no solo distingue a un individuo, también nos dice algo sobre lo que una sociedad...

quiere recordar y valorar. Y en ese gesto de premiar se esconde un componente profundamente humano. El reconocimiento externo actúa como espejo, confirma que el esfuerzo personal tiene sentido dentro de un grupo. No es casualidad que los premios estén cargados de rituales, símbolos y discursos, porque su función es trascender el momento de la entrega y proyectar un valor hacia el futuro.

Los Premios Emmy: Historia, Momentos y Controversias

Los premios Emmy son uno de esos rituales modernos en los que nos reunimos a mirar cómo la televisión se premia a sí misma. Pero detrás del brillo hay una historia fascinante. El nombre, por ejemplo, no nació en una agencia de publicidad, sino de la mano de los ingenieros. EMI viene de IMI, el apodo cariñoso que los ingenieros le tenían a los...

tubos de las cámaras, llamados Image Orthicon, y que fueron fundamentales en los primeros años de la televisión, mucho antes de la existencia de los sensores de luz más modernos. Y claro, lo cambiaron a EMI, porque sonaba mejor que Imi y además hacía juego con la estatuilla, una figura femenina y alada que sostiene un átomo, metáfora perfecta de la unión entre el arte y la ciencia. Y así...

Un pedazo de tecnología oscura con filamentos sellados al vacío terminó convertido en sinónimo de glamour televisivo. La primera ceremonia de los semis se celebró en 1949 en Los Ángeles, organizada por la Academia de Artes y Ciencias de la Televisión. Era un evento pequeño que solo premiaba producciones locales. Nada que ver con lo que vimos hace algunas semanas en el Peacock Theater en plena alfombra roja.

con estrellas, discursos emocionados y millones de espectadores atentos a quien se llevaba la gloria. Y este año, en los 77º Premios Emmy, hubo varios momentos para la historia. La serie de estudios se coronó como la mejor serie de comedia, y no solo eso, rompió récords al llevarse 13 premios, convirtiéndose en la comedia más premiada en una sola temporada. En drama,

La gran vencedora fue The Pit, un drama médico al estilo de Grey's Anatomy que tiene la particularidad de ser extremadamente realista con los procedimientos y las maniobras realizadas en la pantalla. El protagonista de esta serie, el actor Noah Weil,

logró por fin alzar su primer Emmy, nada menos que 26 años después de haber sido nominado por otro drama médico, ER. Una de mis series favoritas, Severance, brilló de la mano de Britt Lower como Mejor Actriz y su compañero de elenco, Trammell Tillman, hizo historia al transformarse en el primer hombre negro en ganar el Emmy al Mejor Actor de Reparto en Drama.

Entre las miniseries, Adolescence se llevó el premio mayor, con una producción extraordinaria y en la que cada episodio está filmado en una sola toma, confirmando que las historias de corta duración también pueden dejar una huella profunda. Y ojo con los números. Severance fue la producción con más nominaciones de la noche, con 27 candidaturas, pero no logró arrasar como se esperaba. Y claro, ese es el juego de los premios.

La diferencia entre estar en boca de todos y salir del teatro con las manos vacías puede ser mínima. Bien lo sabe mi serie favorita de la historia, Better Call Saul. que acumuló 53 nominaciones a lo largo de los años sin haber ganado un solo Emmy. Es casi un mito en sí mismo, la serie que muchos consideran brillante pero que nunca logró convencer lo suficiente a los votantes.

Un recordatorio de que los premios no siempre coinciden con la percepción del público. Y aquí es donde vale la pena detenerse. ¿Por qué importan tanto los premios? Al final lo que hacen los Emmys... es construir un espacio de memoria cultural para la televisión. Si miramos los ganadores de cada década, lo que vemos no son solo títulos de series, sino un mapa de nuestras obsesiones colectivas, de las historias que nos marcaron

de los riesgos que se premiaron y, claro, también de las injusticias de lo que quedó afuera. Los Emmys son, en cierto sentido, un espejo, uno que nos muestra no solo lo que vimos, sino lo que fuimos en ese momento.

y aunque nunca haya unanimidad sobre quién debería ganar lo cierto es que esas alas con un átomo en la mano siguen recordándonos que la televisión esa pantalla luminosa que nos acompaña cada día es también arte, ciencia y memoria compartida Ahora bien, una de las cosas más llamativas de la última ceremonia de los premios Emmy corrió por cuenta del anfitrión, el comediante Nate Bargatze, quien diseñó una fórmula inédita para evitar que los discursos de agradecimiento

se extenderan más allá de lo soportable el sistema era tan ingenioso como macabro cada ganador disponía de exactamente 45 segundos para hablar Un contador proyectado en pantalla recordaba que el tiempo corría y todos sabían que había algo más en juego que la paciencia del público, porque el anfitrión se comprometió a donar 100.000 dólares de su propio bolsillo

a la organización Boys and Girls Clubs of America. Pero ese monto era variable. Por cada segundo que alguien se pasara del límite, se restarían mil dólares de la donación. Y a la inversa. Por cada segundo que alguien terminara antes, se añadiría la misma cantidad. La fórmula era simple. El dinero se movía en función de la brevedad o la verborrea de los premiados. Para añadir más tensión,

Jóvenes de la Fundación Beneficiada estaban presentes en la ceremonia, mirando expectantes a quienes subían al escenario. Cada palabra contaba, literalmente. El resultado fue una combinación macabra de espectáculo, presión moral y humor. un sistema que convirtió el límite de tiempo en parte de la narrativa de la noche. Ya no era solo el reloj de la televisión el que apuraba a los ganadores, era la conciencia de que al excederse estaban reduciendo la ayuda a una obra social.

Una idea brillante que convirtió un aspecto rutinario, los discursos de agradecimiento, en un juego colectivo de humor negro con consecuencias visibles. Pero la verdad es que no es tan creativo.

Los Premios Ig Nobel: Celebrando la Ciencia Insólita

Existe otra ceremonia de premiación en la que los organizadores encontraron una fórmula aún más efectiva y, por cierto, divertida para mantener cortos los discursos de aceptación. ¿La fórmula? una niña de 8 años que se planta delante de los ganadores que se pasan de su tiempo y les repite gritando en un megáfono con absoluta franqueza, por favor detente, estoy aburrida.

Esa ceremonia tan curiosa es, por supuesto, la entrega de los premios Ig Nobel, donde la ciencia improbable, el humor y la reflexión se entrelazan en un ritual que se ha vuelto parte del folclore académico. Los mejores... Premios del año. La ceremonia de los Ig Nobel 2025 se celebró el jueves 18 de septiembre en Boston, en el Ballroom del George Sherman Union de la Universidad de Boston.

Fue la edición número 35 y, como cada año, combinó ciencia improbable, humor y una buena dosis de teatro. Todos los años hay un tema central y el de esta ceremonia fue la digestión. que actuó como un hilo conductor que atravesó tanto las presentaciones como la mini ópera estrenada especialmente para la ocasión. Bajo el título de Plight of the Gastroenterologist, médicos, pacientes y estómagos indigestos,

se convirtieron en protagonistas de una pieza que entrelazaba música de Mozart y Brahms con un libreto escrito especialmente para la ocasión. Como en cada edición, la ceremonia jugó con la mezcla de lo solemne y lo ridículo. Varios premios Nobeles Reales participaron en la entrega de galardones, reforzando la paradoja de que lo improbable y lo absurdo pueden ser celebrados por la élite más respetada de la ciencia. ¿El público fiel a la tradición?

lanzó aviones de papel al escenario en medio de las intervenciones y las conferencias relámpago volvieron a poner a prueba la capacidad de científicos para explicar su trabajo en apenas 24 segundos y luego... resumirlo en siete palabras. Uno de los momentos más comentados fue la ausencia de Miss Sweetie Pooh, la célebre niña de ocho años justamente encargada de interrumpir a quienes se alargan en sus discursos

con la legendaria frase Please stop and board. Su lugar fue ocupado por otro participante que mantuvo vivo el ritual, aunque muchos comentaron que nada se compara con la contundencia de una niña de 8 años de verdad. plantándose frente a un investigador distinguido. Aún así, el espíritu de la tradición se mantuvo intacto, recordando que en los Ig Nobel la brevedad y el humor pesan tanto como la ciencia misma.

La ceremonia fue transmitida en vivo por internet y reunió a cientos de asistentes en la sala y a miles de espectadores alrededor del mundo. En un calentario repleto de premiaciones solemnes y predecibles, los Ig Nobel volvieron a demostrar que hay espacio para la risa, el desconcierto y la reflexión, incluso en medio de un acto que le premia la investigación científica. Y claro, este año, los Ig Nobel volvieron a recordarnos que la ciencia también puede hacer reír.

Y que en esa risa hay preguntas serias y, a veces, soluciones inesperadas. Por ejemplo, el premio Ig Nobel de Biología viajó a Japón, donde un grupo de investigadores decidió mirar con atención un misterio de la sabana. Las cebras parecen sufrir mucho menos la molestia de las moscas que los demás animales. La hipótesis claro era visual. Las franjas blancas y negras desorientan a los insectos que no logran calcular bien dónde aterrizar. Así que pintaron vacas con rayas al estilo cebra

y compararon su destino con el de otras compañeras sin maquillaje. El resultado fue tan claro como las mismas franjas. Menos picaduras, menos estrés y menos colas agitadas. Lo gracioso es la imagen de un corral lleno de vacas disfrazadas. Lo serio es que esta estrategia podría reducir el uso de insecticidas y mejorar el bienestar animal. En el futuro quizás no se pinte ganado entero.

pero sí se podrían diseñar telas, mallas o recubrimientos que reproduzcan el efecto óptico. Una solución brillante. En el caso de la química, el premio recayó en dos hermanos y un colega. empeñados en responder a un problema de escala global, la obesidad. Durante décadas se ha buscado cómo engañar al estómago para que se sienta lleno sin necesidad de calorías extras. Estos investigadores

revisitaron una idea antigua y bastante perturbadora. El teflón, ese polímero que recubre las sartenes y que podría usarse como un aditivo inerte que ocupa espacio en el estómago. Experimentos pasados en ratas mostraban que efectivamente estas bajaban de peso sin ningún signo de toxicidad aparente. Pero por supuesto, la idea de comer teflón nunca pasaría a las barreras regulatorias.

Pero el valor está en rescatar el concepto, crear materiales que sean seguros, no absorbibles y que provoquen saciedad. Hidrogeles, celulosas modificadas, fibras comestibles y otras podrían ser el camino.

Más Premios Ig Nobel: De Pizza a Uñas y Murciélagos

Lo absurdo así abre la puerta a lo posible. El premio Ig Nobel de Nutrición parece salido de una sobremesa universitaria. ¿Qué pasaría si le ofrecemos sobras de pizza a los lagartos? La pregunta no es trivial y surge de la experiencia humana. En ciudades africanas y europeas ya se había observado que los reptiles y las aves se alimentan de los restos de la comida humana. Al probarlo de manera controlada,

se vio que los lagartos no solo comían pizza, sino que mostraban preferencias por ciertos ingredientes. Una escena risible que en realidad pone sobre la mesa un tema serio, cómo los residuos urbanos están reconfigurando las cadenas alimenticias y modificando la salud de especies silvestres. Así no se trata de la extravagancia de un reptil amante del queso, sino de entender cómo los humanos

Estamos redibujando los ecosistemas con nuestra dieta. En psicología, el Ig Nobel celebró un hallazgo que muchos sospechaban en carne propia. Hablar un idioma extranjero fluye mejor después de una copa de alcohol. Investigadores europeos mostraron que el consumo de alcohol en dosis moderadas no mejora la gramática ni la memoria, pero sí reduce la ansiedad y la autocensura.

esa liberación mental basta para que el discurso sea más fluido y convincente. Lo interesante aquí no es recomendar beber antes de un examen de idiomas, sino descubrir cuánto pesan las emociones y la autocrítica en el aprendizaje. La aplicación práctica es clara, crear entornos pedagógicos que imiten esa relajación evidentemente sin la necesidad de consumir alcohol, con dinámicas lúdicas y evaluaciones menos amenazantes.

En el terreno de lo insólito pero también entrañable, el premio Ig Nobel de Literatura celebró la paciencia infinita de William Bennett Bean, un médico que decidió observar con el máximo rigor Algo que la mayoría da por hecho, el crecimiento de una uña. Y lo hizo durante 35 años. Hay que aclarar que no es que haya pasado 35 años sin cortársela.

ni que se dejara crecer una garra interminable. Al contrario, lo que hizo fue medir, cortar, registrar y volver a empezar una y otra vez, década tras década. Usaba regla y lupa para anotar cuánto avanzaba la uña desde la cutícula hasta el borde, generando una serie de datos tan meticulosos como absurdos a simple vista. Gracias a esa constancia, descubrió variaciones estacionales.

Las uñas crecen más rápido en verano que en invierno. Notó cómo la velocidad disminuye con la edad y observó diferencias entre los distintos dedos. También comparó sus registros con su estado de salud. y con los cambios en la dieta. Lo que parece una obsesión mínima se convirtió en un testimonio fascinante de cómo hasta los procesos más triviales del cuerpo humano tienen matices, ritmos y patrones invisibles.

sin la mirada paciente de un observador constante. Y es ahí donde lo ridículo se transforma en valioso, en la convicción de que cualquier detalle por ínfimo que parezca puede revelar secretos si se lo observa al tiempo suficiente. Otra investigación reconocida exploró cómo cambia la leche materna cuando la madre consume ajo, lo que para algunos puede sonar a un mal augurio gastronómico

resultó ser una pista fascinante. Los bebés detectaban el nuevo sabor y en muchos casos aumentaban el tiempo de succión. El hallazgo sugiere que la dieta materna introduce al lactante a un mundo de sabores antes de probar los sólidos, lo que podría ayudar a aumentar la aceptación de verduras y alimentos de sabor intenso en la infancia. Un detalle culinario

convertido en herramienta de salud pública. Los murciélagos también tuvieron su premio. En los trópicos, los frutos fermentados forman parte natural de la dieta de los murciélagos y con ellos pequeñas dosis de alcohol. Los científicos quisieron medir hasta qué punto eso afecta a su vuelo y ecolocalización, dos habilidades críticas para su supervivencia. Descubrieron que, al igual que los humanos,

el alcohol reduce la coordinación y la precisión. Ciertamente, la imagen de un murciélago borracho y tambaleante provoca risa, pero el resultado ayuda a comprender cómo distintas especies enfrentan toxinas ambientales.

Ig Nobel: Cacio e Pepe, Zapatillas y Reflexión Final

que ofrecen modelos para estudiar los efectos del alcohol en sistemas nerviosos distintos al nuestro. El repertorio de este año se completó con otras joyas igualmente curiosas. En Italia y España, un equipo decidió analizar qué ocurre cuando la salsa cachoepepe se arruina y se transforma en grumos. Armados con física de coloides, mapearon temperaturas, proporciones y transiciones de fases que explican por qué a veces la salsa queda cremosa, como debería,

y otra veces se convierte en un desastre grumoso. Lo que en la mesa es frustración, en el laboratorio es ciencia de materiales aplicada a la gastronomía, con aplicaciones que van desde la cocina doméstica hasta la industria de alimentos. Y como si fuera poco, también hubo un premio dedicado a un enemigo común, el mal olor de las zapatillas. Un grupo de investigadores decidió enfrentarlo con seriedad científica, combinando pruebas de ergonomía.

estudios de microbiología y hasta análisis de materiales. Midieron qué tipos de tejidos acumulan más humedad, cómo se dispersan las colonias de bacterias responsables del olor y qué sistemas de ventilación resultan más efectivos. Lo divertido aquí es imaginar un laboratorio donde las probetas se mezclan con zapatillas y calcetines usados. Pero lo interesante es que de esos experimentos surgieron pistas prácticas.

Desde la conveniencia de usar fibras que se sequen más rápido, hasta el diseño de plantillas con geometrías que favorezcan la circulación de aire. Lo que comenzó como una broma sobre zapatillas hediondas, terminó como un mapa experimental. que podría inspirar a la industria del calzado deportivo a fabricar productos más cómodos, higiénicos y duraderos. Mirados en conjunto, estos premios no se burlan de la ciencia.

la celebran en su faceta más humana. Todos estos experimentos nacieron de preguntas legítimas, de observaciones cotidianas que se transforman en datos, hipótesis y publicaciones. Así, pintar vacas como cebras. Comer pizza con lagartos o medir una uña durante 35 años son gestos de curiosidad llevados hasta sus últimas consecuencias. Y así, como cada septiembre, la prensa internacional se hizo eco.

Desde revistas científicas serias que analizaron los experimentos con detalles, hasta periódicos y sitios de divulgación que inundaron las redes con imágenes de vacas rayadas, bebés con leche sabor a ajo y murciélagos ebrios, risas, memes... y titulares llamativos, pero con un trasfondo de respeto. El reconocimiento de que la ciencia es también eso, la capacidad infinita de hacernos preguntas improbables y buscar respuestas con seriedad.

Así, los premios que entregamos como sociedad no solo celebran la excelencia, sino que la ponen en duda, la cuestionan o la satirizan. En esa categoría especial se inscriben los Ig Nobel, que desde hace más de tres décadas entregan galardones e investigaciones que primero hacen reír y luego invitan a pensar. Desde los collares de oro entregados por los faraones hasta los experimentos premiados en un teatro universitario en Massachusetts, la historia de los premios

refleja un recorrido sorprendente. Lo que comenzó como un gesto de poder real o religioso, terminó convertido en un espectáculo global, donde millones siguen en vivo la entrega de estatuillas o medallas. Y en el camino...

Despedida y Agradecimientos

Lo que ha cambiado no es la necesidad de premiar, sino lo que consideramos digno de ser premiado. Así hemos llegado al final de este episodio. Espero que lo hayan disfrutado. Yo me despido como siempre agradeciendo el apoyo incondicional de mis muy queridos Patreons. Guillermo, Sebastián y Celeste Acuña, Edu Arnelo, Mister Corner, Juan Francisco San Martín, Juan Pablo Cortese, Gail Ewell, Javier Ocaranza, Jota Pérez, Matías y Chay, la familia Verdugo Enríquez.

Andrés Arias, Martina y Gaspar Fernández, César Antonio Sid, la familia Moya Velázquez, Liliana Guzmán, Jordi Torres, Katia Ramírez, Rolando Cosio, Víctor Bucarei, Julio Serrano.

Javiera Castro, Wolfram Gurlig, La Familia Gallego Citurriaga, Maricruz Ormeño, Los Piñones Guisica, Playita Restobar Guanaqueros, Joel Moya, Rodrigo Salas, Luciano Santana, Alecito Enríquez, Dumbo y Aceituno Crisóstomo, Manguito, Daniela Millavil, Carlos Schwarzenberg, Jonathan Ramírez, Claudio Fuentealba, Mark Rolk, Karina y Agustín Valenzuela.

Laura Carrasco, Martina y Julieta Moscoso, la cervecería Intrinsical, la profe Lorena Bravo, Gaspar y Ray Bravo, The Clanker, Maida Bofill, Chalo y Katia, Alfonso y Esteban Maureira, y la familia Hurtado Varela. Nosotros nos volvemos a encontrar el próximo viernes. Que estén muy bien, cuídense mucho, lávense las manos y, por supuesto, que la ciencia los acompañe.

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