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S06E23 | Lo que vibra

Sep 12, 202534 minSeason 6Ep. 23
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Summary

Este episodio teje la fascinante historia de los platillos Zildjian, desde un alquimista armenio del siglo XVII hasta su influencia en la música moderna. Luego, se sumerge en el misterio del sentido del tacto, culminando en el innovador descubrimiento de los canales Piezo por Ardem Patapoutian. La narrativa explora cómo la vibración, desde un platillo metálico hasta las moléculas de nuestro cuerpo, se convierte en la experiencia sensorial que nos conecta con el mundo y con nosotros mismos.

Episode description

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Hoy les contaré las historia de un secreto transmitido a través de generaciones y que resuena en los escenarios del mundo. Ese relato nos llevará al descubrimiento de una llave microscópica que se abre y se cierra en silencio, transformando cada presión y cada roce en señales que el cuerpo puede entender. Hoy daremos un paseo desde un taller ancestral a un laboratorio moderno, de la alquimia a la biología, y revelaremos los secretos del sistema sensorial más esquivo. 

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Transcript

Intro / Opening

Hola, soy Gabriel León y estás escuchando La Ciencia Pop, un podcast sobre historias de ciencia.

El Legado Vibrante de Zildjian

Hoy les contaré la historia de un secreto transmitido a través de generaciones y que resuena en los escenarios del mundo. Ese relato nos llevará al descubrimiento de una llave microscópica que se abre y se cierra en silencio. transformando cada presión y cada roce en señales que el cuerpo puede entender. Hoy daremos un paseo desde un taller ancestral a un laboratorio moderno, de la alquimia a la biología, y revelaremos los secretos

del sistema sensorial más skew. Les recuerdo que este proyecto es financiado en un 100% por el aporte voluntario de mis muy queridos Patreons. Si quieren apoyar este proyecto, lo pueden hacer en www.patreon.com y ahí se pueden inscribir para hacer un aporte mensual y apoyar a la producción de este podcast. Gracias por ver el video.

La familia Gelsmann von de Sauer, Giuseppe Carufo, David Pelao Pérez, Michelle Baró, Pablo y Milecita Villalobos, José Tanús, Pedro Castillo, José Luis Ulloa, Luz María Hernández, Marcela Martínez, La familia Calenqueirolo, Alejandra Díaz, Fernando Araya.

la familia de la Cruz Morales, Cosca Ivanya, la familia Fuentes Chonfeld, la familia Ties Ríos, Beatriz Géldrez, Juan Catipillán, Paula Lagos, Sandra Marras, Giovanni Rosales, Olivia Artigas, Sergio Yuri Espinosa, Los Rojas Peredo y Mario Vicuña. En la década de 1930, un joven baterista llamado Jim Krupa quería transformar el sonido de su instrumento. Tocaba en la orquesta de Benny Goodman y sentía que los platillos que existían hasta entonces

no tenían la fuerza ni la definición que necesitaba. Buscaba un estallido brillante capaz de atravesar a toda la orquesta y también un ritmo constante que pudiera controlar con precisión. Fue entonces que se acercó a una empresa centenaria de artesanos del metal y les pidió algo especial, un sistema nuevo de platillos que respondiera a su manera de tocar. De ese encargo,

nacieron innovaciones que cambiaron la historia de la batería. Los Crash, los Ride, tal como los conocemos hoy, y un Hit Hat más sofisticado, controlable con el pie, que se convirtió en el corazón del swing y después del rock. Los artesanos responsables de ese nuevo sonido llevaban literalmente siglos trabajando con una aleación secreta, una que había nacido de la mano de un alquimista armenio y cuya historia se ha convertido... en una de las empresas familiares más antiguas del mundo.

Todo comenzó el año 1623 en Constantinopla, la capital del Imperio Otomano. Allí vivía un alquimista armenio llamado Avedis, dedicado al arte de trabajar los metales. En esa época, los alquimistas buscaban transformar las sustancias, purificar el mundo material y, de paso, hacerse un lugar en la corte imperial. Avedis descubrió una fórmula secreta para fundir cobre, estaño...

y pequeñas trazas de plata en una aleación única, capaz de producir un sonido poderoso y brillante cuando se golpeaba. No era un metal cualquiera, no se agrietaba fácilmente, resistía los golpes más duros y sobre todo... vibraba con un timbre profundo y sostenido. El sultal otomano, impresionado por el hallazgo, le otorgó a Bedis un apellido honorífico, el Hacedor de Címbalos, que en turco es Siljan.

Nació así un nombre que se transmitiría como un secreto familiar durante generaciones y que quedó asociado para siempre a los instrumentos de percusión metálicos más famosos de la historia. Avedis no solo recibió su ahora famoso apellido, sino que también protección y tierras y se convirtió en proveedor oficial de instrumentos para la corte del sultán, donde los platillos eran parte esencial de las bandas militares

conocidos como Metter, las primeras orquestas marciales del mundo. Durante siglos, la fórmula permaneció como un secreto celosamente guardado, transmitido exclusivamente desde el padre al hijo mayor. Solo un miembro de cada generación conocía la proporción exacta de los metales y el proceso de enfriamiento, martillado y acabado, que le daba a los platillos ese sonido inconfundible.

La familia logró sobrevivir a persecuciones y crisis políticas y siempre mantuvo el oficio. En el siglo XIX, la producción de platillos ya no estaba limitada a usos militares. La música europea comenzó a incorporar cada vez más percusión en las orquiestas y los platillos Siljan viajaron desde Estambul a Viena, París y otras capitales culturales. Sin embargo, la gran transformación llegaría con el siglo XX.

A comienzos de los años 1900, un descendiente de Avedis, llamado Avedis Siljan III, emigró a Estados Unidos, escapando de la difícil situación para los armenios en el Imperio Otomano. Se instaló en Quincy, Massachusetts, y en 1929, en plena Gran Depresión, fundó oficialmente la Avedis Siljan Company, una fábrica destinada a proveer platillos

a un nuevo mercado emergente, las orquestas de jazz. Fue allí donde empezó la relación con músicos como Jim Krupa, que buscaban sonidos específicos y empujaron a la compañía a innovar con nuevos modelos. Siljen acompañó cada evolución musical. Estuvo en el corazón del swing en los años 30, del bebop de los 40 y del rock explosivo de los 60 y 70. John Bonham de Led Zeppelin.

hacía retumbar estadios con platillos Siljan, mientras que Tony Williams revolucionaba el jazz con rights que parecían hablar. Cada golpe sobre el metal llevaba consigo casi cuatro siglos de historia y un linaje secreto. Hoy la empresa sigue siendo familiar y se mantiene como el fabricante de platillos más antiguos del mundo. El secreto de la aleación sigue bajo llave. Solo un puñado de descendientes lo conocen.

y los moldes se siguen martillando a mano, combinando tecnología moderna con técnicas que provienen de los talleres otomanos del siglo XVII. Así, Siljan no es solo una marca de instrumentos. Es la historia de cómo un experimento alquímico se transformó en tradición, de cómo un linaje armenio sobrevivió guerras, exilios y migraciones, y de cómo un sonido metálico y vibrante puede atravesar siglos.

La Física del Sonido y Vibración

para seguir marcando el pulso de la música. Ahora bien, cuando golpeamos un platillo, no escuchamos solo un ruido metálico. Lo que llega a nuestros oídos es el resultado de un fenómeno físico fascinante. Cada material, dependiendo de su composición y estructura, responde de manera distinta a un golpe. Algunos vibran poco y el sonido se apaga enseguida. Otros, en cambio, parecen cantar durante segundos.

liberando una cascada de frecuencias que se mezclan y resonan en el aire. La diferencia está en la elasticidad y en la estructura interna del material. Los metales que combinan dureza y flexibilidad como ciertas aleaciones de cobre y estaño, son capaces de oscilar miles de veces por segundo sin romperse ni absorber demasiado rápido la energía. Esa elasticidad les permite sostener las vibraciones

y proyectar un sonido rico, lleno de armónicos. En cambio, materiales más frágiles como el vidrio también vibran, pero lo hacen de manera inestable y se quiebran con facilidad cuando se excede un límite. Además, La forma importa tanto como la sustancia. Un disco delgado y curvado como un platillo distribuye la energía del golpe hacia los bordes, multiplicando los modos de vibración.

Por eso, un mismo platillo no produce un único tono, sino un abanico de frecuencias que se superponen y crean ese timbre complejo que asociamos con el jazz o el rock. En otras palabras, No es casualidad que algunos materiales suenan mejor que otros. Detrás de cada vibración hay física pura, átomos que oscilan, ondas que se propagan y estructuras que amplifican o apagan ese movimiento.

Y cuando un artesano encuentra la aleación exacta, el grosor justo y la curvatura precisa, logra que un trozo de metal se convierta en música, física que podemos sentir. Ahora bien.

La Elusiva Naturaleza del Tacto

Cuando pensamos en los sentidos, solemos evocar primero a los más espectaculares. La vista, por ejemplo, que descansa sobre un mecanismo celular casi de ciencia ficción. En la retina, moléculas llamadas opcinas cambian de forma cuando capturan un fotón de luz. Ese simple giro molecular abre o cierra canales iónicos en la membrana de las células fotorreceptoras y de ese movimiento de iones.

pequeñas cargas eléctricas atravesando diminutos poros proteicos, nace la señal que el cerebro interpreta como colores, formas y movimientos. Ver es en el fondo un proceso eléctrico iniciado por un destello químico. El oído tampoco se queda atrás. En la cóclea del oído interno, las ondas sonoras mueven un fluido que hace vibrar minúsculas prolongaciones celulares llamadas cilios.

Cada vibración dobla esos filamentos y al doblarse estiran con puertas moleculares que abren canales iónicos. De nuevo el resultado es el mismo. Una avalancha controlada de sodio, potasio o calcio que se precipita dentro de la célula, generando un impulso nervioso. Así convertimos el aire en música. El olfato y el gusto funcionan de manera similar y se trata de un mecanismo relativamente claro.

Tenemos moléculas especializadas, proteínas que funcionan como sensores precisos y canales que traducen energía del mundo exterior en electricidad biológica. Son sistemas localizados en órganos muy definidos. el ojo, la lengua, la nariz y el oído. El tacto, en cambio, es un mosaico repartido por toda la superficie del cuerpo y más allá. Hay sensores de tacto en la piel, por supuesto,

pero también en los músculos, en las articulaciones y hasta en las vísceras. Algunos responden a la presión sostenida, otros a un roce ligero. Y hay también los que registran vibraciones rápidas y pasajeras. Son los que nos permiten diferenciar entre una superficie lisa y otra rugosa cuando pasamos la yema del dedo o sentir el temblor de un celular en el bolsillo.

Durante siglos, el sentido del tacto intrigó tanto a filósofos como científicos. Aristóteles, en su tratado de ánima, consideraba el tacto como el más fundamental de los sentidos, aquel que compartimos con todos los animales. Para él era la base de la vida sensorial. En el siglo XVII, René Descartes imaginó que en la piel había pequeños hilos que al ser empujados transmitían señales mecánicas directamente al cerebro.

como si el cuerpo fuera un complejo sistema de resortes. Y ya en el siglo XIX, los fisiólogos discutían apasionadamente si el tacto era solo un sentido o un conjunto de varios sentidos, como presión, temperatura. dolor y vibración lo cierto es que a diferencia de la vista o el oído el tacto nunca tuvo un órgano único y evidente que lo definiera es un sentido repartido deslocalizado múltiple

y todavía en parte misterioso, nos conecta no solo con el mundo exterior, sino que con nuestro propio cuerpo. El tacto nos dice dónde están nuestras manos con los ojos cerrados, cuánto apretar un vaso sin romperlo. ¿O cómo seguir el pulso de la música cuando un platillo vibra en el aire? ¿Qué compuertas microscópicas son las responsables de transformar la presión de un dedo sobre la mesa o la vibración de un platillo en un impulso nervioso?

esa incógnita hizo del tacto un sentido esquivo, misterioso mientras la vista, el olfato, el gusto y el oído tenían mecanismos ya descritos en detalle el mundo de la presión, las caricias y las vibraciones seguía siendo un territorio en penumbras, esperando a que alguien descifrara sus llaves moleculares. Y al igual que aquel alquimista armenio del siglo XVII, que dio origen a los platillos Siljan, esta historia...

También comienza con un armenio que transformaba la materia prima en algo más elevado.

Ardem Patapoutian: Origen y Estudios

Sarkis Pataputian era contador de día, pero en realidad vivía entre las letras. Bajo el seudónimo de Sarkis Bajakn, escribió poemas, obras de teatro, traducciones y críticas de cine. Su esposa... Ayyú Ajmian era profesora de biología y directora de una escuela. Tenían tres hijos, Ara, Houri y Ardem, el menor. La familia vivía en Beirut.

como parte de una pequeña comunidad armenia y todo parecía ir bien. Ese equilibrio se puso a prueba cuando en 1975 estalló la Guerra Civil del Líbano. Beirut, que había sido un mosaico de culturas, se convirtió en un campo minado de milicias, apagones y calles que cambiaban de dueño de un día para otro. En ese ambiente, criar hijos se volvió un acto de valentía cotidiana. Un día aterrador terminó por cambiar la historia de la familia.

Arden Pataputian, el hijo menor, estaba estudiando en la universidad y vivía en Beirut Oeste. Luego de una fiesta, había pasado la noche en casa de un amigo al otro lado de la ciudad, en el Beirut del Este. Y a la mañana siguiente... Mientras intentaba regresar a su casa y cruzaba la frontera que dividía la capital, escuchó disparos de francotiradores. Asustado, comenzó a correr, pero apenas alcanzó a entrar en Beirut Oeste,

un grupo de milicianos lo detuvo. Para ellos, un joven corriendo a toda velocidad era demasiado sospechoso. Lo retuvieron durante horas y llegaron incluso a amenazarlo con dispararle en la rodilla para comprobar si sentía dolor. Según ellos, si no lo sentía, significaba que era un espía. Arden, con una mezcla de ingenuidad y nervios, respondió que podía fingir que le dolía. Finalmente, los hombres lo dejaron marchar, pero la experiencia...

fue la gota que rebalsó el vaso. La familia, padre, madre y tres hijos, emigró a Estados Unidos. Ya instalado en Los Ángeles, California, Arden Pataputián comenzó sus estudios en el Occidental College, una pequeña universidad en Los Ángeles. Allí se fascinó con la biología celular y la idea de que los procesos más fundamentales de la vida se deciden en escalas invisibles, en proteínas y canales diminutos

que abren y cierran el paso a los iones. Se graduó en 1990 y luego fue aceptado en el California Institute of Technology, el famoso Caltech, donde hizo su doctorado bajo la supervisión de la investigadora Barbara Wald.

Su tesis se centró en la diferenciación de las células musculares, un trabajo exigente que lo entrenó en la precisión y en la paciencia que la biología molecular requiere. Después de su doctorado Pataputián hizo un postdoctorado en la Universidad de California en San Francisco, un entorno vibrante en neurociencia, justo en el momento en que la biología molecular comenzaba a iluminar los sentidos humanos con un nivel de detalle sin precedentes.

Allí empezó a interesarse por una pregunta que parecía demasiado grande. ¿Cómo sienten las células las fuerzas mecánicas? A esa altura, todos los sentidos parecían tener explicaciones claras. Pero, ¿qué pasaba con la presión de un dedo sobre la piel o con la posición de una pierna al caminar? Esa era la gran incógnita. En el año 2000, Pataputián se unió al Scribd Research Institute en La Joya, California.

Descifrando los Canales Piezo

donde formó su propio laboratorio, y fue allí donde inició la búsqueda de las llaves moleculares del tacto. El momento decisivo en la carrera de Arden Pataputian no fue un destello repentino de inspiración, sino un experimento largo, complejo y casi obsesivo. En su laboratorio en La Joya, a finales de los años 2000, tenía esta pregunta simple pero esquiva. ¿Qué proteína de la membrana de una célula se abre?

cuando se aplicaba presión. Sabían que debía existir, porque cada vez que estiraban una célula usando una micropipeta o se aplicaba un estímulo mecánico, aparecía una corriente eléctrica. Esa señal no podía surgir de la nada. Necesitaba un canal iónico que dejara entrar o salir iones. El problema era que nadie sabía cuál era. La estrategia de Pataputián para identificar a esa proteína

era tan elegante como tediosa. Su equipo contaba con un tipo de célula que respondía de manera confiable a los estímulos mecánicos. Si la tocaban, producía electricidad. Y lo que hicieron... fue ir apagando genes uno por uno usando una técnica conocida como RNA de interferencia. Cada vez que apagaban un gen, iban a ver...

si la célula seguía respondiendo a los estímulos mecánicos. Si la respuesta desaparecía, habían encontrado la clave. El laboratorio tenía una lista con genes candidatos y el experimento no fue rápido. Tuvieron que examinar 72 de esos genes candidatos, cada uno con ensayos repetidos, experimentos extensos, controles y registros de corrientes eléctricas mediante técnicas electrofisiológicas.

Cada experimento era larguísimo y consistía en observar una célula bajo el microscopio. Esta célula estaba conectada a electrodos diminutos y usando una pequeña pipeta de vidrio... se deformaba esa célula apenas unas micras. Y mientras hacían eso, los investigadores observaban si aparecía o no una señal en la pantalla del osciloscopio. 71 veces hicieron el experimento y 71 veces la señal seguía allí. Pero al apagar el gen 72 ocurrió finalmente. La corriente eléctrica...

desapareció. Fue en ese momento que habían dado con el primer gen que codificaba para un canal iónico sensible a la presión. Ese gen fue llamado piezo 1. del griego piesi, que significa presión. Poco después, identificarían un segundo gen, pieso 2, aún más importante para el tacto y la propriocepción. Clonar ese primer gen no fue solo un logro técnico.

fue como abrir una puerta cerrada durante siglos. Desde Aristóteles se sabía que el tacto era fundamental, pero hasta entonces no existía una explicación molecular de cómo lo percibíamos. Con la identificación de las proteínas piezo, Arden-Pataputian, había demostrado que la presión y la vibración se traducen en electricidad gracias a compuertas microscópicas que responden a la deformación de la membrana celular. Los experimentos que vinieron a continuación fueron tremendamente contundentes.

Descubrieron, por ejemplo, que cuando desactivaban el gen piezo 2 en animales de laboratorio, estos perdían gran parte de su sensibilidad al roce y tenían dificultades para coordinar sus movimientos. Era la primera vez que se podía señalar con el dedo a una molécula y decir, aquí está el canal que nos permite sentir la presión, la vibración y la posición de nuestro cuerpo. Ese hallazgo transformó por completo a la neurociencia sensorial.

El tacto, que durante siglos había sido un misterio difuso en comparación con la vista o el oído, de pronto tenía un fundamento molecular tan claro como las opcinas de la retina o los canales de los cilios en la cóclea. La mecanosensación dejó de ser una caja negra para convertirse en un campo fértil de investigación. Las implicancias médicas también fueron enormes. Comprender cómo funcionaban los piezos permitió explorar nuevos enfoques para tratar el dolor crónico.

investigar enfermedades neurológicas ligadas a la pérdida de propriocepción y estudiar funciones vitales en órganos internos que dependen de la presión, como el corazón, los pulmones y los vasos sanguíneos. En conjunto, el trabajo de Pataputián cambió nuestra manera de entender el tacto, dejó de ser un sentido misterioso y disperso para revelarse como un sistema exquisitamente organizado, con compuertas moleculares específicas que traducen la presión del mundo exterior

Piezo2 y la Propriocepción

en la electricidad que alimenta nuestra experiencia del cuerpo. El descubrimiento de los canales piezo no solo explicó cómo sentimos la presión en la piel, reveló algo aún más profundo, cómo nuestro cuerpo sabe dónde está en el espacio. Esa capacidad llamada propriocepción es tan natural que rara vez pensamos en ella. Hagan el siguiente experimento. Cierren los ojos.

y tóquense la punta de la nariz con el dedo índice derecho. No deberían tener problemas, pero el mecanismo que explica esa exquisita precisión con respecto a nuestra posición en el espacio era completamente desconocido. Esa percepción precisa de nuestro propio cuerpo es tremendamente importante. Después de todo, sin mirar. ¿Cómo sabemos si una rodilla está doblada o estirada?

¿O cuánto debemos contraer un músculo para sujetar un vaso sin romperlo? Los experimentos con piezo 2 lo dejaron claro. Este canal iónico está presente en las neuronas sensoriales que se ramifican en los músculos, articulaciones y la piel. Cuando esas fibras se estiran o se comprimen, piezo 2 se abre y deja pasar iones, generando impulsos eléctricos que viajan al cerebro. Esos impulsos son el mapa interno que nos dice dónde estamos y cómo nos movemos.

Sin piezo 2, ese mapa se borra. Animales en los que se inactiva este canal pierden la coordinación, no pueden caminar con normalidad y tienen dificultad para ajustar la fuerza de sus movimientos. En humanos, Mutaciones en el gen piezo 2 producen síntomas raros, caracterizados por torpeza motora y una desconexión casi total con la posición de nuestro propio cuerpo. De pronto, lo invisible se hizo tangible, la propriocepción.

depende de una compuerta molecular que se abre y se cierra con cada estiramiento de nuestras células. Así, el trabajo de Arden Pataputean mostró que no solo sentimos el mundo exterior, sino también a nosotros mismos gracias a estos pequeños porteros iónicos que convierten la mecánica del cuerpo en un lenguaje eléctrico. El caso de los humanos con mutaciones en el gen piezo 2 es particularmente intrigante.

Los médicos describen a estos pacientes como si vivieran en un estado de desconexión permanente, no sienten la presión ligera sobre la piel, no distinguen vibraciones sutiles y, lo más dramático, no tienen la propriocepción que todos damos por sentada. Cuando cierran los ojos, pierden completamente el control de sus movimientos. Si intentan caminar sin mirar sus pies, se tambalean. Si extienden un brazo, no saben con certeza en qué posición está.

y sin embargo encuentran maneras de adaptarse. Uno de estos pacientes contó que para moverse, confiaba en la vista como una guía constante. Necesitaba mirar cada paso que daba, cada gesto de sus manos, como si estuviera observando a otra persona en lugar de sentir su propio cuerpo desde dentro. Ver se transformó en un sustituto parcial de este sexto sentido que el resto tenemos integrado sin pensar.

Estos casos clínicos demostraron con crudeza lo que los experimentos ya sugerían. Piezo 2 es esencial para el tacto fino y para la conciencia de nuestro cuerpo en el espacio. Sin él, la relación con el mundo se vuelve frágil y limitada. Lo extraordinario es que gracias a estos pacientes quedó claro que la propriocepción no es un lujo añadido a los otros sentidos, sino una condición fundamental para nuestra existencia.

Impacto Médico y Premio Nobel

Sin ella, caminar, sujetar un objeto o incluso mantenerse de pie se convierten en tareas titánicas. Comprender así el canal de los canales piezo no fue solo resolver un misterio de la biología básica. abrió un panorama completamente nuevo para la medicina, porque si esas compuertas moleculares son las responsables de traducir la presión y la vibración en señales eléctricas, entonces modificarlas puede cambiar la manera en que sentimos el mundo.

Y también el dolor. El dolor crónico, por ejemplo, muchas veces está ligado a nervios que envían señales sin motivo, como si el cuerpo percibiera presiones y vibraciones que en realidad no existen. Conocer los canales piezo permitió pensar en terapias dirigidas a regular su actividad, apagando la señal equivocada y ofreciendo una alternativa a los analgésicos tradicionales. Lo mismo ocurre con algunas neuropatías periféricas.

Enfermedades en las que los nervios de la piel, las manos o los pies pierden sensibilidad o, al contrario, generan una hipersensibilidad incapacitante. Entender qué moléculas participan en la mecanosensación ayuda a explicar por qué se pierde el equilibrio o por qué un simple roce puede convertirse en un dolor insoportable. Incluso los órganos internos como el corazón, los pulmones, el estómago y los vasos sanguíneos

dependen de sensores de presión para funcionar bien. Piezo 1, por ejemplo, participa en la regulación de la presión arterial y en la respuesta de los glóbulos rojos al flujo sanguíneo. Saber esto abrió una línea de investigación sobre enfermedades cardiovasculares que antes ni siquiera se relacionaban con los canales iónicos. En definitiva, lo que empezó como la búsqueda de una proteína escondida en una célula se convirtió en una revolución.

en la manera en que pensamos el tacto, el dolor y la relación íntima que tenemos con nuestro propio cuerpo. La madrugada del 4 de octubre de 2021, las luces estaban apagadas en San Diego y el silencio era total. Arden Pataputian había activado el modo no molestar en su celular, como solía hacerlo para evitar distracciones mientras dormía plácidamente, así que no pudo recibir...

una llamada que le estaban haciendo desde Suecia. La persona que lo quería contactar, de manera urgente, encontró a otro pataputear en Los Ángeles y lo llamó. Era el padre de Arden, que no se tomó con mucho humor la llamada de un extraño con acento raro a las 2 de la mañana, pero finalmente logró entender lo que le decían. Acto seguido, el padre llamó al hijo, y como estaba entre los contactos favoritos,

su llamada sí llegó a los oídos de Arden. Con voz temblorosa le dijo, Hijo, creo que ganaste el premio Nobel. Pocos minutos antes del anuncio público, Arden Pataputian se enteró por la voz de su padre, y no por la llamada oficial, que le habían concedido el premio Nobel de Fisiología o Medicina por su trabajo con las proteínas piezo y la dilucidación del mecanismo celular y molecular.

del sentido del tacto. Fue un momento profundamente simbólico. La noticia más trascendente de su vida llegó desde el otro extremo del teléfono paterno, con un tono tan cálido como inesperado. Como el mismo contó más tarde, Fue muy especial oírlo de mi padre. El comité reconocía en él al hombre que había descifrado las bases moleculares del tacto y la propriocepción, esos sentidos tan esquivos que durante siglos habían quedado en la penumbra de la biología.

Para alguien que había crecido en un Beirut desgarrado por la guerra, hijo de un poeta armenio y de una profesora de biología, aquel momento fue también una confirmación íntima de que la curiosidad podía abrirse paso incluso en medio de la adversidad.

La Conexión Vibrante de Todo

Pero claro, la ciencia nunca se detiene. Después de identificar los canales piezo y de mostrar su papel en el tacto y la propriocepción, las preguntas de Arden Pataputian se han desplazado hacia terrenos más amplios. ¿Cómo participan estos sensores?

en funciones vitales más allá de la piel y los músculos, qué papel juegan en órganos internos como el corazón, los pulmones o los vasos sanguíneos, se puede aprovechar este conocimiento para desarrollar nuevos tratamientos contra el dolor, la hipertensión. o las enfermedades neurológicas? Hoy su laboratorio sigue buscando esas respuestas, porque si algo caracteriza a la carrera de Pataputián, no es solo haber resuelto un enigma antiguo.

sino haber abierto una puerta a decenas de nuevas preguntas. Y eso en ciencia se parece mucho a la poesía que escribía su padre. Cada respuesta ilumina un verso, pero también invita a seguir leyendo la estrofa siguiente. Al final, lo que une a todas estas historias es la vibración. Desde el alquimista armenio que en el siglo XVII descubrió una aleación capaz de cantar bajo los golpes,

y que dio origen al apellido y a los platillos Siljan, hasta el científico armenio que cuatro siglos después reveló cómo nuestras propias células escuchan la presión y el movimiento, hay un mismo hilo conductor. Un golpe de baqueta sobre el metal, hace que la aleación resuene, y esas ondas viajan por el aire hasta encontrar nuestro cuerpo. Allí, con puertas moleculares invisibles, se abren y se cierran con cada oscilación, transformando la física en electricidad y la electricidad en experiencia.

De un taller de metales en Constantinopla a un laboratorio en California, la pregunta ha guiado a artesanos y científicos. ¿Cómo convertir la vibración en algo que puede sentirse, compartirse y vivirse? El eco del platillo y el murmullo de un canal iónico son en el fondo la misma historia, la de un mundo que vibra y la de nosotros, los humanos, aprendiendo a escuchar y sentir. Así,

Hemos llegado al final de esta interesantísima historia. Espero que la hayan disfrutado. Yo me despido como siempre, agradeciendo el apoyo incondicional de mis muy queridos Patreons Juan Francisco San Martín, Juan Pablo Cortese, Gail Ewell, Javier Ocaranza, Jota Pérez, Matías y Chay, la familia Verdugo Enríquez, Andrés Arias, Martina y Gaspar Fernández, César Antonio Cid,

La familia Moya Velázquez, Liliana Guzmán, Jordi Torres, Katia Ramírez, Rolando Cosio, Víctor Bucarey, Julio Serrano, Javiera Castro, Wolfram Gurlich, la familia Gallego Citurriaga, Maricruz Ormeño, Los Piñones Guísica, Playita Restovar Guanaqueros, Joel Moya, Rodrigo Salas, Luciano Santana, Alecito Enríquez, Dumbo y Aceituno Crisóstomo, Manguito, Daniela Millavil, Carlos Schwarzenberg. La cervecería Intrinsical. La profe Lorena Bravo. Gaspar y Ray Bravo.

Nosotros nos volvemos a encontrar el próximo viernes. Que esté muy bien, cuídense mucho, lávense las manos. Y por supuesto, que la ciencia los acompañe.

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