Dressan, capítulo octavo. El espejo roto. Dressan había dejado de dormir. No por insomnio. Dormir le parecía de pronto una forma vulgar de perder el tiempo. Cerraba los ojos y lo veía. El momento exacto en que Samuel se vestía en silencio y desaparecía. Y luego el eco de Iván, sentado a su lado sin tocarlo, sin decir nada. Desde entonces algo se quebró en Dressan, y no sabía si era su vanidad o su necesidad de control. Empezó a desaparecer de
sus propios círculos. Declinó cenas, ignoró mensajes. Su nombre seguía flotando entre inversores y diseñadores, pero él ya no aparecía. En su ático rodeado de arte moderno y botellas vacías, pasaba las noches observando los perfiles de ambos. Iván, Samuel, Iván, Samuel. Como si pudiera descifrar el misterio a través de fotos antiguas, ubicaciones compartidas, fragmentos de historias ajenas. Hasta que una madrugada, mientras caminaba por el barrio de las letras, los vio. Juntos.
En una terraza pequeña iluminada con faroles cálidos, riendo como si nada hubiera pasado. Iván llevaba esa camiseta azul que a Dressan le quitó una noche entre suspiros. Samuel tenía la barba un poco más crecida y el mismo gesto seguro con el que lo había besado por primera vez. Dressan no se acercó, no hizo nada. Solo observó como un espía, como un dios destronado y algo dentro de él se encendió. No era dolor, era algo más hondo, una furia elegante. Esa misma noche escribió un mensaje a Iván,
no una súplica, no una queja, una invitación. Mañana nueve, donde empezó todo, ven solo. Iván respondió con una sola palabra. Sí. El lugar era un hotel oculto en la Gran Vía, uno de esos con paredes de terciopelo negro y luces doradas. En la suite 903, Dressan esperaba de pie, con una copa intacta entre las manos. Llevaba camisa blanca, pantalón oscuro y un perfume caro que olía a peligro contenido. Iván entró.—¿ Qué hace?— Recordar o inventar. A estas alturas no sé
qué fue real.¿ Qué quieres de mí, Dressan? Todo.¿ Iván Parpadeo? Ya no soy tuyo.« Nunca fuiste», respondió Dressan,« pero te soñé tanto que confundí el deseo con la propiedad».« Se acercaron, no se tocaron».«¿ Y ahora?», preguntó Iván. Dressan se inclinó hasta rozar su boca, sin besarla.« Ahora quiero ser el
espejo donde te mires y no te reconozcas». el beso fue lento denso, oscuro no había ternura solo hambre, memoria y necesidad se desnudaron en silencio cada gesto cargado de historia de reclamo en la cama no hubo caricias suaves hubo mordidas, presión respiraciones rotas Dressan no hacía el amor marcaba territorio cuando terminaron Iván se quedó mirando el techo esto no es sano No, dijo Dressan, pero es mío. Iván se vistió en silencio. Antes de irse, lo miró
una última vez. No vuelvas a buscarme así. Dressan no contestó, solo sonrió. Lento, frío, hermoso. Y cuando la puerta se cerró se quedó solo en la habitación, rodeado de lujos, sudor y perfume, sintiendo que había ganado. Y sin embargo por dentro se estaba pudriendo. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
