Hola a todo el mundo, bienvenido, bienvenida a Dani Cultura. El podcast que, con una visión permacultural, va a tratar diferentes temas que seguro que te van a interesar. El proyecto nace en un canal de YouTube del mismo nombre. Te invito a que te suscribas. Espero que estéis muy a gusto y vamos allá. Hola a todo el mundo. Mientras escribo este guión y lo locuto, Me encuentro en un momento un poco, no sé muy bien cómo describiroslo, pero podríamos decir que es un momento no muy
activo para mí. Y puedo aseguraros que si algo me caracteriza es el estar haciendo algo todo el rato. No tienen por qué ser cosas extremadamente activas, entendedme. Hacer algo para mí es devorar un libro. Evidentemente, entender esto como leerlo aún no me ha dado por la librofagia. El hecho es que... Habitualmente no paro de hacer cosas.
Andar en bici, aunque llevo meses en el dique seco por algún problemilla de salud, pasear por el monte, ir al huerto, escarbar un poco en el terreno del jardín a ver qué tal está ese ecosistema increíble que es el suelo, sacar fotos a pájaros, identificarlos, cocinar, hacer pan, leer, preparar contenidos para este proyecto llamado Dani Cultura,
ver baloncesto, cosa que me apasiona. E ir a echar unas canastas, también me gusta, a hacer cursos que me enriquezcan de una u otra manera, que pueden ir desde el de pastoreo trasumante que estoy haciendo hasta uno de locución y producción
radiofónica. Si a todas estas cosas le sumáis lo placentero que me resulta pasar la vida junto a mi compañera de vida María, jugar... enredar y sestear con mis perras y todo lo referente a la vida familiar, pues queda como resultado que a mí personalmente, que el día tenga tan solo 24 horas, pues es un problema porque siempre se me queda corto. Como os digo, estoy atravesando una temporadilla en la que tengo que controlar
mucho lo que puedo y no puedo hacer. Y si bien no paro de hacer cosas que no requieran tanto esfuerzo físico, esas actividades que requieren de ese sofocarse, que el sol caliente mi piel, que el viento traiga a mi cuerpo... Y a mi espíritu, recuerdos de otros lugares, que el mundo exterior, en definitiva, deje una cierta impronta en mí. Todo esto tiene una especial importancia y relevancia en mi espíritu, con lo que no poder hacerlo,
no sé cómo deciroslo, pero me afecta. Hay muchas actividades de esas de hacer bajo los elementos que a mí... me gustan. La bicicleta siempre ha tenido una especial relevancia en mi vida por muchos, por muchísimos motivos que van más allá de lo físico y se incrustan. se incrustan en lo espiritual. No hay un día que ande en bici que no me traslade a mis veranos infantiles junto a mis abuelos en esos veranos interminables.
Ese tiempo en el que verdaderamente fui feliz sin mayor preocupación que el hecho de que el día no se terminara jamás. Para mí andar en bici, ya de mayor, Siempre es como coger una máquina del tiempo y visitar esos momentos pretéritos felices, visitar a mis abuelos, a mis tíos, a
mis primos. Estas sensaciones son cosas que van más allá, superan cualquier cosa que pueda leer de ti, ningún moderno ciclo computador, o van más allá del entendimiento de cualquier cicloturista moderna y moderno tan maravillosamente conjuntados
y tan increíbles. Hay otra actividad que para mí también tiene un peso especial, de esas bajo el sol y el viento, pero también bajo el frío, la lluvia, el calor o la niebla y a veces bajo la oscuridad y en muchas ocasiones bajo el escrutinio de muchas furtivas miradas que no dejan sus escondites y también bajo el peso en muchas ocasiones de la soledad e incluso también bajo la sensación de liberación que al mismo tiempo también te
da. Esa misma soledad. En esta actividad a veces te sorprende la alegría y en otras ocasiones no sabes muy bien por qué o quién sabe. Puede que sí lo sepas, pero el hecho es que a veces también te invade tu corazón una especie de sensación de temor cuando descubres un lugar que tu olfato no reconoce y tu recuerdo no tiene almacenado en la memoria. Es una actividad que hago solo, pero... Que tengo clarísimo que por los lugares por los que la llevo a la práctica nunca pasó
desapercibido. Y esa actividad es campear por el monte. Os lo voy a decir muy claro. He hecho muchísimo de menos campear por mis territorios habituales. Por ese bosque que invade mi corazón y mi alma cada vez que pongo un pie allí. Sé que volveré. Más pronto que tarde, sí. Pero pensar esto no impide para nada que lo eche de menos, que lo eche mucho en falta. Hay cosas que solo
sintiéndolas se entienden. Da lo mismo que a través de toneladas de hechos alguien pueda elaborar un documento, una suerte de información aséptica para poder presentar a terceras personas y así intentar que entiendan algo. Si ese algo que pretendemos explicar está anclado, está enraizado en lo más profundo del corazón, del alma, entonces los hechos dan igual. Eso es territorio emocional. ¿Cómo transmitiros sentimientos? ¿Cómo compartir contigo unas sensaciones únicas que solo encuentro
en mi campear por el bosque? Esto es un podcast, sí, pero a pesar de que los cachivaches y tecnologías puedan cambiar, la idea del podcast y la idea de la vieja y eterna radio es la misma. Alguien habla, alguien te habla a ti, que estás haciendo eso que te hace sentir bien, y tú, tú escuchas atentamente lo que yo... Te cuento. Creo que si hay un camino rápido para llegar a las capas profundas de las personas en la distancia, la voz radiofónica es un camino muy directo. La
voz tiene esas particularidades. Ofrece una información mucho más incompleta, pero de una penetración muy profunda. Y además llega a un territorio donde tú ya construyes. Si tú dices, amanecía... en el condado de Sussex. Y el Rocío me decía la hierba del prado, de tal, tal, tal. El oyente está construyendo imágenes mentales. Si tú ofreces la imagen del prado de Sussex, ves un prado en
Sussex. Pero si tú dices, amanecí en el condado de Sussex, como te he dicho yo, un millón de espectadores tienen un millón de prados diferentes en Sussex. Cada uno de ellos construyendo lo que hemos imaginado. ¿Queréis sentir lo mismo que siento yo cada vez que voy al bosque a campear? Pues con todas mis fuerzas os lo voy a transmitir. Tú solo tienes que dejar que mi voz te lo cuente.
Lo primero que me gustaría haceros ver es que para mí campear no es lo mismo que ir a dar un paseo por el monte o ir a caminar por aquí y por allá. Puede que en alguna que otra ocasión me hayáis escuchado decir, al referirme a los animales silvestres, que tienen un determinado territorio de campeo. Los animales silvestres no patean el monte, no pasean. Los animales silvestres campean su territorio y para mí ir al monte es
algo parecido a esto. Sin embargo, mi acercamiento a los territorios emboscados por los que efectivamente yo campeo, siempre está presidido por la máxima humildad, ya que siempre, y vuelvo a repetir, siempre, tengo presente que cuando acudo al bosque, llego a la casa, al hogar, de todas esas formas de vida que, de una forma o de otra, yo admiro. Allí soy un visitante temporal y mi paso por esos territorios de campeo ha de ser lo más inocuo
posible. Ya no sólo en cuanto a dejar o no desperdicios, que doy por sentado, que no dejaré nada de eso. Es más, suelo marcharme de allí cogiendo siempre algo que alguna persona ha decidido arrojar en el templo que supone la naturaleza, lo cual deja claro cuál es el acercamiento a este medio de tales individuos. Mis visitas a estos territorios de de hacer rastros, de hacer ruidos, de perturbar el día a día de los habitantes del bosque, del
rockero, de la charca o de la planicie. Mi paso por allí ha de ser como un rumor en los mentideros del bosque, algo que las diferentes formas de vida han de tener como una presencia que puede ser, pero que no es. Esto es lo que me gusta
a mí creer, claro. La realidad es que, a pesar de que mi paso por los territorios emboscados sea cuasi -fantasmal, algo fantasmagórico difícil de ver, para los muy sensitivos y perspicaces habitantes del bosque, mi campeo es percibido desde el primer minuto en el que el siempre presente Mirlo alarma con su agudo estruendo a todo el que quiera escuchar. Y allí, en el bosque, Todos los seres quieren escuchar. El bosque tiene ojos
y oídos por todos lados. Que seamos percibidos como algo negativo ya depende solo de nosotras y nosotros. En días muy especiales, en los que quiero fundirme muy mucho con la vida del bosque,
mi campeo puede empezar. antes del amanecer un momento en el que la oscuridad todo lo envuelve pero que la tenaz luz del alba día tras día acaba por ganar la partida es un momento muy especial en el que todas las formas de vida de los territorios emboscados están apurando los últimos momentos de protección de la oscuridad nocturna en los que Más seguros están corzo, jabalí y, por supuesto, conejo, ratón, lirón y muchos más habitantes
de la espesura. También hay otros habitantes de estos lugares que también están apurando los últimos momentos de protección nocturna. La idea es la misma y es llenar el estómago tanto para sí como para las diferentes camadas de cachorros que hay en distintas madrigueras y, qué sé yo, otros escondites. El caso es que estos momentos nocturnos tan próximos al amanecer son uno de los momentos más árgidos de actividad en el bosque.
Disfruto mucho de esos ratos en una falsa oscuridad y en los que los ojos, casi de una manera mágica, como si algún hechizo hubiera caído sobre ellos, empiezan a ver en casi plena oscuridad. te da a entender lo atrofiados que tenemos los sentidos tan acostumbrados a las facilidades urbanas. En esos ratos, en plena o de plena actividad, dentro de la espesura, eres consciente de la cantidad de formas de vida que te rodean. Te vuelves casi, y digo bien casi, tan perceptivo
como todos esos habitantes del bosque. Un par de campeos así al año a mí me hacen tener recuerdos, podríamos decir que casi mágicos, para muchos meses y hasta años. Sin embargo, lo más habitual es que después de algunas horas tras la amanecida yo comience mis campeos rutinarios. Las 10 de la mañana me parece una hora muy razonable que me permite haber podido cargar todo lo que quiero llevar en la mochila. sin prisas que me hagan
olvidar algo importante para mis planes. Una libreta, un lapicero, la navaja, la cámara de fotos, la cantimplora, un tentempié, los prismáticos, alguna tela que me camufle de las siempre presentes miradas boscosas, si quiero sacarle unas buenas instantáneas a algún pájaro, cosa difícil siempre porque, os vuelvo a repetir, en el monte... Por todos lados hay ojos y oídos con ganas de ver
y escuchar. Siempre me acompaña mi bastón. No esperéis encontrar en mí uno de esos bastones modernos de materiales muy afinados y de tecnologías impresionantes. Bastón es de madera de almez, de rojo intenso que el pastor de mi territorio de campeo habitual ya reconoce. Es casi como un compañero de la espesura para mí, más que un apoyo físico, aunque en alguna ocasión me ha ayudado a llegar a algún que otro lugar. ¿Cuántos más kilómetros hacemos juntos emboscados? Más
y más cariño nos vamos cogiendo mutuamente. El bastón y yo somos acompañados por las botas. De cuero de serraje una vez más no vais a encontrar aquí nada absolutamente moderno. Puede ser algo absurdo, pero botas consiguen mantenerme en cierta
forma siempre. Y esto se debe a que el tener que cuidarlas, limpiarlas, hidratarlas y demás cuidados para que su vida sea larga y puedan acompañarme largos años, hacen que, mientras les dedico tiempo, mi mente recuerde, rememore, muchos momentos que hemos pasado juntas, bastón, botas y yo. Cuidar a botas, aplicar esos ungüentos, podría decirse que curativos para su cuero hace que recuerde todas esas sendas, caminos y rincones por los que campeo en el monte y os aseguro que
eso me genera mucha paz. En cuanto la suela de botas da los primeros pasos por el terreno, sobre la hojarasca mi mente, mi corazón, mi alma, es decir, Yo entro en conexión muy íntima con ese territorio. Haré todo lo posible para pasar desapercibido, sí, pero si os digo que en el monte hay ojos y oídos por todos lados con muchas ganas de ver y oír, no menos ganas de ver, oír y sentir tienen mis ojos, mis oídos y el resto de los sentidos.
Una alegría muy especial, como una especie de aire fresco, noto dentro de mí al dar esos primeros pasos. Para campear, al menos para mí, hay que hacer algo muy importante y es dejarse las prisas bien lejos. Para mí esto es crucial. Si un mínimo de prisas o de urgencia te acompañan en el campeo, los territorios emboscados Lo van a notar. Tú no vas a disfrutar y, como digo, el territorio
lo va a percibir. Te lo garantizo. Una vez cargado con todo lo que quiero llevar y una vez abandonadas todas las cosas que quiero dejar atrás, que pueden ir desde la prisa, la urgencia hasta las preocupaciones, ahora sí comienza el campeo. ¿Cuál es el rumbo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el destino? No hay rumbo. No voy a ningún sitio. No hay destino. Campear es el rumbo. Campear es hacia dónde voy.
Campear podría decirse que es el destino, aunque fundirse en la inmensidad del bosque, tanto física como espiritualmente, es el fin último de estos mis campeos. Llevar ese territorio siempre dentro de una u otra forma, esa es la razón de todo. Hay caminos bien marcados y señalizados. Hay otros caminos, algo más pequeños, pero igualmente
evidentes. Hay senderos que da la sensación de que son una evolución de uno de estos caminos menos marcados y que están como en una fase a caballo de fundirse con el matorral o de convertirse efectivamente en pequeño camino. Luego hay senderos que has de intuir entre la hojarasca y los arbustos y los árboles. Y por último están los pequeños senderos que la fauna silvestre, los habitantes del bosque, van marcando cada día y que hay que adivinar, a veces con un poco de imaginación.
Si bien Botas, Bastón y yo hemos recorrido todas estas alternativas, nuestras preferencias Son los imaginativos trazados de los habitantes de la espesura. Todo depende de las circunstancias, por supuesto, pero si quieres formar parte del bosque, has de comportarte como la fauna habitual que lo habita. Y así procedo en mis campeos por el bosque. Quiero pensar que el olor que voy
dejando a mi paso y el olor que va... Extendiéndose cada vez que camino por el bosque, para los residentes habituales de este territorio ya es habitual, ya es conocido. Ya saben que un invitado recurrente acude a su casa y me gustaría que estos habitantes habituales del bosque identificasen este olor con el de un humano que no les va a causar daño, pero eso es mucho imaginar. Los primeros momentos en mis campeos pueden ser o por uno de estos caminos enormes que parten el monte por la mitad
o por un pequeño sendero. que a ratos se abre más y a ratos se cierra un poco, pero siempre permite el paso. Salvo por necesidad, mi elección siempre es clara, el pequeño sendero. Siempre pienso que es la elección correcta porque a los pocos metros ya encuentro excrementos de zorro, garduña y alguna letrina de jineta también aparece. Sin duda, ese es el camino que a mí más me funde
con el sistema que estoy visitando. Por el bosque que me acoge en estos campeos discurren varios arroyos que, depende del año, tienen durante más o menos tiempo cauce en su discurrir por el monte. Hay épocas en las que no llevan agua, como durante, por ejemplo, el más achicharrador verano. Pero si el invierno y la primavera vienen húmedos, como ha sido el caso de este último año, el agua fluye por varios pequeños valles que fraccionan todos los territorios por los
que voy a husmear todo el día. Esta orografía... Es de gran ayuda para ir diseccionando el campeo. Un día visito este valle, al día siguiente visito el otro, durante otra jornada estudio todas las sendas que unen ambos valles y de esta manera voy creando una especie de mapa mental que me ayuda a hacerme mi composición del lugar. Pero el apoyo de un mapa en papel a escala 1 -25 .000 siempre me acompaña en la mochila. Como veis, siempre acabo teniendo un pequeño apoyo analógico.
Soy hijo de un tiempo en el que lo analógico todo lo abarcaba. Pero transite ese cambio, que no sé si hemos sido conscientes de lo rápido que se ha producido y de lo transformador que ha sido a todos los niveles. No creo que nunca acabe siendo un ser 100 % digital. Y no creo que nadie pueda volver a ser 100 % analógico
a no ser que ocurra algo. Pero hasta llegar a todo este entramado de pequeños valles que componen el bosque, territorio de campeo habitual para un servidor, he de ir atravesando pequeños caminos y pequeños senderos mantenidos de una forma u otra por el rebaño del pastor de la zona con el que de vez en cuando. Sus mastines y perros de careo también suelen dejarme claro que ese es su rebaño y que no me deslice ni un poco en
oscuras intenciones. La composición del rebaño del pastor de esta zona, para los ojos del avezado observador, ya te da pistas de lo que puede haber en la zona. Las ovejas churras comen ávidamente los pastos y algunos nutritivos matorrales por los que el pastor las va moviendo. También hay
alguna cabra dentro del rebaño. Cabras. muy exquisitas en su pastar a pesar de lo que popularmente se cree de ellas lo que ocurre es que las cabras son capaces de encontrar algo nutritivo hasta en el desierto son unas supervivientes pero lo que más me llama la atención es la composición de los perros del rebaño para estos perros de trabajo los cuales más de una vez como digo me han dejado claras muchas cosas con su imponente presencia, el rebaño lo es todo. Sobre todo para
los mastines. Los mastines viven un momento en su efímera infancia durante sus momentos de cachorros que se llama troquelado. ¿Qué es esto del troquelado? Cuando vemos a un mastín defendiendo a sangre y fuego las ovejas de un rebaño, en realidad lo que ese perro está haciendo es defender a su familia. ¿Qué haríais vosotras y vosotros por defender a vuestras familias, sean como sean
esas familias? Haríais lo que fuese. Pues eso es lo que hacen los mastines porque un mastín de trabajo, un mastín de rebaño, no está defendiendo las ovejas del pastor. No, no. Está defendiendo a su familia. Para estos mastines, el rebaño
es su familia. su manada. Y esta transformación, este clic mental, sucede durante el proceso de troquelado, que no es más que introducir a los cachorros de mastín dentro del rebaño, desde bien pequeños, que las ovejas se familiaricen con su olor, que para esos pequeños cerebros de cachorro de mastín de trabajo, el olor a oveja sea el olor de su todo, de su familia, de su manada. Dentro de ese ambiente de ovejas es cómo
y dónde crecen los cachorros de mastín. Primero, es difícil poder verles porque entre tanta oveja es complicado ver a esos renacuajos. Pero los meses pasan y poco a poco aprenden lo que tienen que hacer. Se lo enseñan los otros mastines adultos del rebaño. Y día a día, mes a mes, van creciendo, claro. Y la selección que los pastores van haciendo durante años, durante décadas, la selección que llevan haciendo durante siglos, hace incluso que el color de los mastines sea muy parecido
al de las ovejas que tienen que guardar. Esos mastines se mimetizan con el rebaño, lo protegerán a toda costa. El proceso de troquelado hace de estos perros algo... Muy especial. No son sencillamente perros que están en el rebaño. Son mucho más que eso. Sácalas, cerdo. Quiere que las saques del cercado. Tréelas hacia mí. Recuerda, tienes que dominarlas. Si lo consigues, harán lo que
tú quieras. Vamos, vamos. Volviendo a la composición de los perros del rebaño, para los ojos más inquietos y que andan buscando interpretaciones, patrones, información y todo aquello que le facilite conocer todo eso que está a su alrededor, como es el caso de mis ojos y el resto de mis sentidos, el hecho de que en el rebaño del pastor de mis territorios de campeo haya mastines de este tipo,
me da a entender una cosa muy clara. Ese rebaño tiene que protegerse de algo que hay en el bosque, en esas partes oscuras y emboscadas por las que más adelante Bastón, Botas y yo estaremos metidos. En ese bosque hay ojos que quieren ver, hay oídos que quieren escuchar y algunos de sus habitantes están siempre atentos a todo, tanto o más que
yo. La cuestión es que hasta llegar al entramado de pequeños valles que serpentean por todo este territorio, he de atravesar previamente un pequeño camino que es mantenido por el rebaño del pastor.
y que va bajando poco a poco hasta por así decirlo el valle principal y puerta de acceso a mis territorios emboscados llenos de hojarasca y senderos de fauna silvestre llenos de ruidos y misterio llenos de frescor y belleza es una zona en la que el efecto borde Es muy evidente el efecto de borde ese fenómeno que se produce cuando dos ecosistemas diferentes o si queremos dos mundos distintos se juntan en este punto en el que el camino mantenido por el rebaño y el valle puerta de acceso al
bosque se funden. Aquí este efecto de borde es tremendamente evidente y es muy habitual en este lugar que me pues que me encuentre si el viento. Me da en la cara y la brisa no delata mi presencia con corzos pastando en fincas bordeadas por sebes, el mundo silvestre y los territorios humanizados, fundiéndose en un ecosistema propio, lleno de vida. Así es como me recibe muchas veces mi territorio
de campeo habitual. corzos, colmenas, fincas llenas de frescos pastos y flores, sebes, esos setos vivos e intencionales que han moldeado el paisaje de la región leonesa, todo ello rodeado de robles, chopos y algún que otro pino. Siempre tengo la tentación de sentarme aquí y pasar el día entero, si fuese necesario, pero mi curiosidad siempre tira de mí, siempre me arrastra en dirección
a lo más profundo del bosque. porque por extraño que pueda parecer cada día que voy a este territorio el reino de la hojarasca el roble y los pequeños valles cada día es diferente Siempre es nunca. Nunca es siempre todo ordenado pero patas arriba. Todo patas arriba pero manteniendo un orden y un equilibrio que, si bien siempre intento adivinar, es muy complejo de entender. Y lo mejor que puedo hacer, o quizás lo mejor y más fácil que se me ocurre hacer, es fundirme con todo ese territorio
reino del orden desordenado, con el bosque. Lo primero que tengo que hacer es cruzar el umbral de la zona del efecto borde. Es un área difusa y no creo que tenga un punto concreto en el que aquí es allá y allá sea aquí. Pero desde luego vadear el arroyo que ha ido formando el valle
central. de esta primera parte del territorio emboscado sin duda es una especie de acto simbólico que me hace saber que ya no estoy en territorio humanizado y así será durante un rato muy largo hasta que por un lado u otro horas después aparezca en este mismo lugar en esta ocasión hoy o cuando lo queráis escuchar o mejor dicho cuando queráis imaginaros campear junto a mí He creído conveniente seguir este valle principal que capitanea estos primeros pasos y que me dirige sin remedio a
una zona boscosa llena de robles. Los hay jóvenes, sí, pero los menos. Aquí los robles pueden contarte historias de años en los que ni mis padres habrían nacido. Historias de un tiempo que no fue ni mejor ni peor. Historias de un tiempo pasado. Y el tiempo futuro escuchará historias de estos robles que contarán que por ahí pasó, intentando ser imperceptible, un humano llamado Dani y que
quería proteger este bosque. Contarán que por ahí comenzaba muchos días su campeo y que rara era la vez que no acababa siguiendo la senda de Akejabalí. Corzo, Zorro y otro habitante muy sigiloso de esta zona solían surcar para atravesar los robles. Estos árboles sabios también podrían preguntarse que... Habiendo caminos más anchos, ¿por qué este humano sigue esos pasos silvestres tan angostos y a veces casi imposibles? Si los espinos le rasgan la piel, ¿por qué sigue yendo?
Yo podría responder a estos árboles sabios, a estos testigos silenciosos de mis campeos, que lo hago porque si quieres descubrir lo que pasa en el bosque, has de conocer ese bosque por dentro. Así que, en cuanto puedo, siempre me salgo del camino más o menos principal y que, si bien no es uno de esos caminos casi cortafuegos que parten el monte en dos, sí es un camino de un metro, más de un metro. Dos personas podrían caminar paralelas, pero no más. Sin embargo, como digo,
en cuanto puedo me embosco. Me embosco mucho y a los 8 o 10 metros de adentrarme entre los robles, desde el camino ya no se me ve. Me esfumo siguiendo esas pezuñas de corzo y jabalí que normalmente son los primeros rastros que localizo ahí. Luego algún raspón en un tronco llama mi atención. Más adelante algo de barro en unas rocas. Un poco más adelante observo que en un paso no hay musgo, lo cual me da a entender que
por ahí los animales pasan cada día. En fin, voy tirando de un hilo y de otro y el resultado es que me encuentro en medio, en el corazón del bosque. Y como dije hace un rato... no hay destino. La meta era precisamente este campeo. Y es que este campeo me enseña, me hace sentir, me calma, pero a la vez también me acelera. El camino que los otros humanos que también pasan por aquí
suelen usar, vuelve a aparecer. Y siempre me gusta escrutar, escudriñar, si se quiere, esos bordes de los caminos, porque hay veces que te puedes encontrar con sorpresas, con sorpresas increíbles. Aún recuerdo aquel día. Parecía un día más de campeo, pero ya os dije antes que en el reino de la hojarasca, el roble y los pequeños valles, cada día es diferente. Siempre es nunca, nunca es siempre. Todo ordenado, pero patas arriba. Todo patas arriba, pero en cierta medida ordenado.
En esos bordes de los caminos más humanizados, medianamente bien delimitados y que dejan claro que de ahí en adelante está lo silvestre lo salvaje y que precisamente es por donde campeo yo en esos bordes precisamente lo silvestre lo salvaje a veces deja señales para dejar claro que efectivamente lo salvaje lo silvestre está ahí más cerca de lo que a veces pensamos pero si intentas buscarlo Se aleja sin remisión y difícilmente lo verás.
Has de fundirte en ese todo que representa el bosque, pero, como digo, a veces este mundo deja sus marcas. Era un día, como digo, normal. Íbamos botas, bastón y yo, siguiendo una senda sutil, pero que habíamos recorrido muchas veces, de esas por las que tengo la esperanza de que mi olor Para la fauna silvestre ya sea algo conocido, algo habitual. Había muchos rastros, mucha pezuña, mucho barro fresco en los troncos de los árboles por los que habitualmente se rozan los habitantes
del bosque. Parecía que la noche anterior había sido especialmente activa. Ya se adivinaba el camino principal. No se veía, pero... ya me conozco esta zona bastante bien el camino estaba ahí delante camuflado por ese borde que separa lo silvestre de lo humano primero levanté una pierna y mi pie se apoyó en el camino. Pero justo cuando fui a hacer lo propio con la otra pierna, justo ahí había una maraña de cerdas de jabalí. No estaban puestas ahí sin más, aleatoriamente.
No había sido un enganchón tremendo de la ajetreada
jornada nocturna anterior. Esa maraña de cerdas de jabalí tenía forma, tenía forma... de excremento y por el tamaño era imposible que fuese de un zorro un oportunista raposo que se encontró con un cadáver de jabalí esos excrementos eran de lobo y es que hacía tiempo que ella sospechaba que lobo y yo campeábamos por el mismo territorio pequeños indicios huellas que no se correspondían con la forma ni el lugar con las de un perro grande Las huellas de los mastines del rebaño
quedan ya atrás. Parece que el pastor también sospecha o sabe que el lobo está por la zona. Ya os dije que este bosque tiene muchos ojos que quieren ver y muchas orejas que quieren oír. Y tengo que deciros que aquí... En este borde que separa los caminos silvestres de los humanos, aún no estoy muy emboscado. ¿Queréis seguir campeando conmigo? Vamos a seguir emboscándonos. No siempre era divertido. A cada rato, al Teniente Dan le daba mala espina a alguna roca, o un sendero,
o el camino. Y nos decía, al suelo, callaos. ¡Al suelo! ¡Callaos! Y lo hacíamos. Para los y las más habituales adanicultura, el hecho de que ahora les diga que en este bosque tengo una cámara de fototrampeo no les será una novedad. Pero si me acabas de descubrir, amiga y amigo, os digo que efectivamente tengo una cámara de fototrampeo siempre en el bosque. Siempre mirando. La fauna silvestre siempre. que paso por su territorio, por su hogar, sé que me miran, sé que me oyen
y, por supuesto, sé que me olfatean. Pero yo a ellos también. A menor escala, pero también les miro y les oigo y, en la medida de mis posibilidades, a veces también les olfateo. Mi manera de llevar a cabo esto del fototrampeo es lo más inocua posible sin usar, por supuesto, atrayentes o cebos. Solo quiero saber... ¿Quiénes campean por ahí? Y sobre todo, ¿qué tal están de salud? Y es que el hecho de que en un ecosistema los animales estén muy enfermos nos habla de un ecosistema
desequilibrado, entre otras cosas, claro. Y tengo que deciros que lo que la cámara de fototrampeo capta son animales sanos. Aún no he visto focos de sarna ni nada así. nunca, al menos de momento, animales que malviviesen con patas rotas o cosas así. Parece que a esos animales se los comen. Y de eso hablan también algunos lugares en los que se amontonan huesos. Pero si os fundís dentro de las dinámicas del bosque, de la vida silvestre, entenderéis que eso no significa nada malo. En
la naturaleza, la muerte representa vida. Ese flujo muerte -vida, vida -muerte, es el discurrir natural. Así que para... ver así de sanos a los animales que voy captando en la cámara de fototrampeo, eso significa que los enfermos van siendo depredados y eso hace que cachorros de todo tipo de depredadores puedan salir adelante, así como los diferentes
miembros adultos. Este tipo de pensamientos, más que inquietarme a la hora de seguir avanzando por entre el bosque, por entre la foresta me hace seguir caminando de una senda a otra de otra a una y poco a poco voy llegando al final del valle del arroyo principal los pasos que unen los diferentes valles y que hacen que en el mismo bosque cambies por completo de mundo pueden ser o muy complicados por demasiado verticales, o por demasiado frondosos, o por demasiado matorralizados,
o muy fáciles, si buscas el camino por el que el ser humano, sin duda, ha decidido atravesar el monte. Y no penséis que esto lo digo como algo absolutamente negativo. Muchas veces podemos pensar que la intervención del ser humano puede
ser dañina e incluso maligna. Pero estos caminos más o menos grandes en medio del monte pueden significar la diferencia entre que las brigadas de bomberos forestales acaben con un incipiente incendio forestal ya que pueden acceder al foco del mismo o que sencillamente cientos de hectáreas de monte se calcinen al ser imposible acceder al dañino y probablemente intencional incendio. Y hablo de probablemente. Por las estadísticas que año a año nos hablan de los porcentajes de
incendios provocados. Como veis, también en el bosque me gusta utilizar la muy permacultural palabra depende. El hecho es que mi cambiar de valle a valle, ir saltando las lomas de este reino de la hojarasca, se sucede en este bosque. en mi territorio de campeo. Mi primer cambio de valle, como digo, puede ser sencillo o puede ser complicado, sufriéndolo sobre todo botas que acaban embarradas o magulladas. Todo, como
digo, depende del día. Pongamos que en nuestro campear, hoy o cuando tú imagines estar campeando a mi lado, optamos por la opción sencilla. Un camino bien definido pero pequeño, recto y por lo tanto si vamos a cambiar de valle... Será
abrupto. Lo cierto es que después de más de una hora, probablemente dos, de estar metidas en la espesura, sin que el sol nos pueda alcanzar y sin poder dar tres pasos sin tener que adaptar nuestro discurrir al terreno, llegará un camino por el que, por abrupto que sea, podamos estar un rato caminando sin mucha dificultad, lo cierto es que se agradece. Pero un momento. Estoy dando por hecho que hace sol y la temperatura es fantástico, pero ¿y si llueve? Porque si llueve, amigas y
amigos, yo también campeo. No os voy a engañar, si el día es absolutamente de perros, me quedo en casa, claro. Pero si la probabilidad de lluvia está ahí y gracias a las actuales posibilidades de predicción del clima a corto plazo, Veo que la lluvia no va a ser tremebunda. A mí me gusta campear bajo la lluvia. Decidme una cosa. ¿Cuánto tiempo hace que no estáis en el medio natural a merced de las condiciones que toquen, por ejemplo,
bajo la lluvia? ¿No os da la sensación de que a veces nos metemos en una burbuja demasiado cerrada y no vivimos todas las sensaciones, todas las vivencias que el mundo nos ofrece? Puede pareceros absurdo, y no descarto que lo sea, pero el caminar de vez en cuando a merced de la lluvia, el viento y el frío por el bosque, por el monte, a mí me parece algo, en cierto modo, liberador de esa burbuja que nos quiere proteger en exceso. A veces nos perdemos sensaciones,
vivencias. que no tienen por qué ser malas o negativas por un miedo autoimpuesto. Así que en este campear que yo os planteo junto a mí, puede que a veces nos llueva, sí. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Ya hemos cambiado de valle y, como antes os dije, estos cambios nos ofrecen una especie de cambio de mundo. Si estábamos campeando por un frondoso Robledal, ahora aquí los pinos han ganado terreno. Aquí, en el reino de este nuevo arroyo, los pinos tienen
su espacio. No llegaron aquí por casualidad. Esos ordenaditos pinares tienen la marca inequívoca de la antigua reforestación del ser humano. Y en este territorio los robles mantienen a raya a los pinos. Les tienen rodeados y al estar todo este lugar serpenteado por unos cuantos arroyos, algunos... Árboles de ribera aparecen por aquí y por allá como recordando que por las entrañas
de esas tierras el agua fluye. Algún olmo superviviente a la grafiosis, algún aliso, algún mostajo, recuerdos todos ellos de que si las lluvias mojan nuestra piel también hidratan ese suelo y dan de beber a todas estas especies vegetales. Sin embargo, en las pequeñas naciones que los robles y demás especies habituales de este bosque les han permitido conquistar a sus compañeros pinos, el inicial orden con que los antiguos humanos reforestaron
esos parajes es cosa del pasado. Y esos primeros pinos se convirtieron en unos extraordinarios ejemplares de su especie y dieron piñas. Y esas piñas estaban colmadas de ricos piñones que pequeños vecinos del bosque se dedicaron a plantar, como
pueden ser las ardillas o los arrendajos. Y décadas después, acompañando nuestros pasos en este campeo, un frondoso pinar cobija a corzo, siempre escurridizo, siempre desconfiado, cosa que no me extraña a sabiendas de los vecinos que me rodean sus territorios. Caminar junto a los pinares siempre me transmite
una sensación de cierto desasosiego. No sé muy bien por qué, aún recuerdo los consejos de mi abuelo, un hombre grande, de pelo cano, y que en sus silencios, decía, y en sus decires, iluminaba. Cuando camines por el bosque, nunca mires demasiado atrás, decía mi abuelo, y muchos años después tengo que darle la razón. Nunca se la quité, en realidad. Pero esta frase me resuena especialmente cuando camino junto a los pinares o entre ellos.
Si miras demasiado atrás, puedes llegar a ver demasiadas cosas que no están, o puede que sí lo estén. Me parecen lugares en los que decenas de ojos están clavados en mí. Muchos más ojos que en el resto del bosque. Es como si los propios pinos te estuvieran mirando. Esos ruidos y crujidos constantes me desasosiegan y ese rumor del viento que de repente se desata en las altas copas del dosel es como un estruendoso murmullo vegetal
que no alcanzo a comprender. Es como si los pinos fueran uno tras otro contándose que un humano está en su pequeña nación vegetal. Y como decía, estos pinares le encantan a Corzo. Rara es la vez que no logro rastrear su presencia en los pinares. Rascaderos, camas, huellas, excrementos, muchas son las señales que me indican que los pinares le encantan a Corzo. Pero es que además...
Este duende del bosque ahí se siente especialmente seguro y se deja ver de vez en cuando, a veces un poco desafiante, como haciéndonos ver que es imposible que lo alcancemos. Y si no se deja ver, se deja oír. Y si los pinares me generan cierto desasosiego y además le sumamos la voz, por sorpresa, de corzo, En ese caso, el susto está garantizado. Un pequeño escalofrío recorre mi espalda. Un escalofrío el que me generan estos
ladridos y que sé que van dirigidos a mí. Al menos un par de ojos, o un par de orejas, o un hocico, o todo a la vez, ha captado mi presencia. Al menos un vecino del bosque ha detectado mi campeo por el pinar. Nunca me acabaré de acostumbrar a los pinares. Tienen algo que no puedo explicar. Misterios de la espesura, creo yo. Pero, a pesar de todo, mi campeo, nuestro campeo, prosigue y sé de un lugar muy agradable para hacer un
alto en el camino y... Además de agradable, es un lugar en el que unas amigas muy parlanchinas nos van a poner al tanto de las cosas que han ido pasando en su entorno. Aunque no las podamos comprender, al menos dejaremos que nos lo expliquen.
La idea de comer una jugosa manzana o algún otro tentempié y echar un trago de agua después de unas cuantas horas de campeo parece ser un plan inigualable, y si a esto le sumas que estamos saliendo del pinar desasosegante y que el solo quien sabe si la fina lluvia purificadora nos vuelve a lamer la piel después de un largo rato en la espesura de la nación de los pinos, pues hace de estos momentos una especie de pequeña
fiesta forestal. Ya abandonamos el pinar sin mirar atrás, por supuesto, aunque no me resisto muchas veces a volverme, esperando encontrar algo que quizás nunca podré ver y tal vez sea mejor así. Ahora... Nuestro campeo sucede junto a otro arroyo, por momentos muy evidente. El rumor del agua aparece y desaparece, pero sabes
que siempre volverá. Las especies de ribera aquí están más presentes que nunca, con esas copas anchas y con esas sombras, ese cobijo amplio y fresco, ideal para nuestro alto en el camino. Navaja. Sale de la mochila preparada para partir un pedazo de pan, la manzana, algo de queso. Bueno, depende de lo exigente y largo que haya
sido nuestro discurrir por el territorio. Un trago de agua fresca siempre reconforta y más bajo la sombra de estas especies de ribera tan valiosas para una gran cantidad de integrantes del bosque. Mirada perdida a lo lejos, clavada en el horizonte, contemplando el planear de un milano o quizás un busardo ratonero o un abejero
europeo tan parecido al busardo. Mientras saboreamos, en silencio, esa comida que hemos preparado por la mañana en casa, precisamente pensando en este momento tan placentero a la sombra de, por ejemplo, un aliso. Y de repente… Ya están aquí unas amigas poniéndonos al día de lo que ha ocurrido últimamente en su entorno. Escuchar croar a las ranas es algo que, así como el pinar que acabamos de dejar atrás me genera algo de desasosiego, realmente sin mucha explicación, este croar de las ranas
me hace irracionalmente feliz. Tampoco tengo una explicación para ello, pero escuchar el canto de estos importantísimos anfibios me hace feliz. Creo que en el bosque hay muchas cosas sin explicación, pero no creo que la necesiten. Quizás por esto los bosques, los territorios emboscados siguen manteniendo ese halo de misterio que nos atrae. Quizás sean una de esas últimas fronteras. transitadas pero misteriosas. Os cuento estas divagaciones y no tengo más que ganas de estar en medio de
este mundo. Será mi alma montaraz la que os está contando todo esto. Seguramente así sea. Siempre que escucho o veo a algún anfibio, No dejo de pensar en que son los pioneros de todo. Los primeros que campearon el mundo fueron ellos, los anfibios. Después de ellos ya fueron evolucionando el resto
de seres del reino animal. Pero los primeros que dejaron atrás el pinar desasosegante, los primeros que fueron encontrando la manera de pasar de un valle a otro y los primeros que encontraron un lugar sombrío con una buena charca en medio del robledar por el que milenios después campearíamos nosotros y nosotras. fueron los anfibios. Todos estos pensamientos me asaltan la cabeza mientras voy recogiendo el tente en pie que nos ha repuesto
las fuerzas y el espíritu. Después de todas estas horas de campeo, después de muchas sensaciones vividas a lo largo de nuestro campear después de la reciente merendola que nos ha repuesto el cuerpo y por supuesto después de compartir impresiones charla y vivencias en la campestre sobremesa debajo del fresco aliso retomamos la marcha con la mirada puesta en encontrar de nuevo el arroyo principal del bosque esta vez llegar a él no será difícil por la orografía porque
sólo debemos de seguir el curso del arroyo en el que viven las ranas. Sin embargo, nos encontramos en un espacio curioso que nos va a ralentizar la marcha. Se van a juntar varias cosas que pondrán a prueba nuestra paciencia, también a botas y la compañía de bastón. Estará más que justificada, aunque solo sea por este tramo de campeo. Y es que se abre ante nosotros y nosotras un valle algo más abierto que los anteriores, flanqueado por dos pequeñas lomas, pero con laderas quebradas.
Nos encontramos nuevamente. En un lugar en el que el efecto borde, el efecto de borde, es tremendamente evidente. Es como si los árboles de una de las lomas y los árboles de la otra loma estuvieran separados en contra de su voluntad y quisieran juntarse otra vez. Pero una maraña de matorrales han crecido en un suelo pantanoso en medio de ambas laderas. Y los árboles de ambos mundos... no pueden unirse. Pocas sendas de fauna silvestre se ven por aquí y pocas que se puedan intuir.
Y las pocas que se pueden más o menos imaginar, estoy casi convencido que fueron dejadas por animales inexpertos, animales confundidos o animales que trataban de huir de algo. Los pasos que damos ahora en nuestro campear se hacen lentos y pesados. Antes os dije que podíamos ver el planear de un abejero europeo y esto ya nos indica que estamos en verano y como os acabo de decir, estamos por una zona de matorrales, por una zona de matorrales pantanosa. por una zona de matorrales pantanosa
y sin sombra. Así que el sol del mediodía nos golpea en tenaz coalición con nubes de moscas y mosquitos. Con razón hay pocas sendas de fauna silvestre por aquí, pero yo quiero conocer, campear, merodear todo mi territorio y esta zona está dentro del bosque. La tengo que conocer. Hay que conocerlo, bueno. pero también lo malo. Bastón comprueba si el siguiente paso de botas será firme o si por contra nos vamos a hundir hasta
la rodilla. Así un paso detrás del otro. Poco a poco comienzas a reconocer más o menos qué zonas son en las que lo más probable es que metas la pata, literalmente hablando, y cuáles son las zonas en las que encontrarás tierra firme. La concentración aquí es muy importante, pero para no destrozarse los tobillos, aparte de la concentración, también nos va a ayudar en este caso mucho botas al llevar el tobillo bien ajustado y a salvo. Botas y bastón en estos momentos son
fieles escuderos. Mis sospechas de que por este lugar los animales silvestres que podrían campear lo harían confundidos. ¿Lo harían guiados por la soberbia de la inexperiencia o huidos? Se confirman, aunque tengo que decir que por este paraje también campean otros animales del bosque en busca de oportunidades que pueden encontrar como caídas del cielo. Detrás de unos arbustos, por el rabillo del ojo, llama mi atención un destello blanquecino, muy luminoso y que nada.
tiene que ver con el verde oscuro el marrón y los tonos amarillentos de esta zona arbustiva y pantanosa ese destello es un montón de huesos nos acercamos a ver qué ha pasado ahí y podemos ver por las pezuñas que han quedado olvidadas como si fuesen unos zapatos viejos que un joven corzo no superó la difícil prueba de atravesar este lugar. Puede que se partiese una pata o puede también que otro habitante de la zona le alcanzase guiado por su increíble olfato y su
tenacidad incomparables. El hecho es que ante nosotros tenemos el recordatorio de lo que es el ciclo de la vida natural, de la vida en el bosque. La vida en un momento u otro implica muerte, pero esa muerte implica vida, ya que servirá para alimentar a otros y que puedan mantenerse con vida. La zona pantanosa y arbustiva está siendo muy fatigosa, pero nos está dando una
lección. Por fin, Vemos un camino, de esos no muy pequeños, pero lo suficientemente difuminados como para seguir siendo conscientes de que estamos en la espesura del bosque. La experiencia del campear y el reconocer el territorio nos hace saber que ya no nos queda mucho para llegar al
valle principal. Después de llevar un rato largo de pasos pesados y seguramente con los pies más humedecidos de lo que nos gustaría, el poder caminar un rato sin la necesidad de tener que planificar cada una de nuestras zancadas hace que estos momentos se nos pasen volando. Quizás sean unos momentos en los que el silencio presida nuestro... campear. Puede que por el cansancio o puede que por estar sumergidas y sumergidos
en nuestros pensamientos más profundos. El campear, si se hace bien, te transmite, te puede transportar no sólo por el bosque, sino que también permite recorrerte a ti misma y a ti mismo. Paso a paso te vas fundiendo con el bosque y con tus pensamientos. Puede que tu interior sea ese pinar inquietante. Puede que tu interior sea el matorral pantanoso. Puede que el sabio robledal. Puede que el fresco aliso al son del croar de las ranas. El bosque nos va poniendo en nuestro sitio, en nuestro
hábitat. llegamos a un cruce de caminos uno de ellos sube montaña arriba y se vuelve a meter en la espesura otro nos conducirá al valle central y poco después a la zona del efecto borde que separa el bosque de los territorios más humanizados fraccionados por sebes y llegados a este punto de nuestro campeón la elección es tuya seguimos campeando montaña arriba por el bosque o vamos siguiendo el camino a los territorios humanizados yo sólo te puedo decir que de una forma u otra
el bosque siempre está conmigo o no sé muy bien si será al revés y es que yo siempre estoy en el bosque de una forma u otra El caso es que siempre estoy campeando la vida. ¿Y tú? ¿Te animas a campear?
