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La novia del río

Oct 01, 20255 min
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La novia del río

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Transcript

Speaker 2

En los pueblos de las montañas andinas, como en los de las estepas lejanas, siempre hay un río que guarda secretos. El agua nunca es inocente, arrastra lo que la tierra no quiere y guarda lo que los hombres temen. El río de San Gregorio es así, ancho, oscuro, de corriente lenta, parece dormir de día pero por las noches despierta. Entonces se dice una mujer vestida de blanco camina por sus orillas buscando compañía para cruzar al otro lado. La llaman

la novia del río. Nadie recuerda su nombre verdadero. Unos cuentan que fue una joven campesina que iba a casarse con un hombre cruel, elegido por conveniencia de sus padres. Otros dicen que era feliz y que la traición vino de quien más amaba. La historia se difumina, como la neblina en las aguas. Pero todos coinciden en el final. La noche de su boda, la novia corrió hacia el río con el vestido aún prendido de flores y velos y allí desapareció. Algunos afirman que se arrojó al agua

por desesperación, otros que alguien la empujó. Sea como fuere, el río la guardó. Desde entonces, en las noches de luna llena, aparece entre los juncos. Su vestido blanco está húmedo, pegador a piel, y brilla como si aún llevara bordadas las perlas de una boda que nunca ocurría. Su rostro, dicen, es hermoso y triste, aunque algunos aseguran que nunca lo han visto bien, porque la sombra del velo lo cubre todo. Solo se distingue su voz, dulce, tenue, como un canto

que parece pedir ayuda.¿ Me ayudas a cruzar? Susurra. El viajero que pasa de noche por la ribera escucha esa súplica y si se atreve a mirarla ya no puede resistirse. Su mano fría se extiende hacia él. Los que la han tocado jamás regresan. El agua los traga en silencio, sin chapoteos, como si el río mismo los quisiera. Al día siguiente la corriente arrastra sus cuerpos, pero nunca completos.

Faltan siempre los ojos, como si hubieran sido guardados en algún lugar secreto, en algún cofre sumergido, que sólo la novia conoce. Las madres del pueblo cuentan esta historia a los niños como advertencia. No camines de noche junto al río porque la novia espera. Y lo dicen con la misma cadencia que en las aldeas ucranianas se hablaba de las rusalcas, las dancellas ahogadas que llaman a los hombres hacia la corriente. Historias de agua y muerte iguales en

todas las tierras. Una vez un anciano aseguró haberla visto de cerca. Iba borracho y cruzó el puente en plena madrugada. Allí, en medio del camino, apareció la mujer blanca, descalza, con el vestido arrastrando hojas húmedas. Él se detuvo paralizado. Ella le pidió ayuda para cruzar. Él no respondió. La novia se acercó y entonces vio su rostro. No era un rostro humano, sino un cráneo cubierto de algas, con dientes brillando bajo la luna. El anciano gritó y huyó tambaleando.

A la mañana siguiente despertó en su cama con el cabello lleno de lodo, como si hubiera caído en el agua y alguien lo hubiera sacado. Desde entonces no volvió a beber. Pero no todos tienen esa suerte. Los cuerpos encontrados a lo largo de los años son prueba suficiente de que la novia sigue cobrando su deuda. Dicen que necesita compañía, que busca un cortejo eterno en las profundidades. Sus damas de honor son las almas de los que

aceptaron su mano. Por eso a veces, al escuchar el río de noche, no se oye solo su voz, sino un murmullo de varios, como un coro apagado que acompaña su súplica. Ayúdame a cruzar, ayúdame a cruzar. En San Gregorio, cada vez que una boda se celebra, las mujeres mayores llevan flores al río, lanzándolas al agua como ofrenda. Es un intento de aplacarla, de recordarle que su boda también

fue celebrada, aunque en sombras. Pero nada parece calmarla. Ella sigue apareciendo, vestida de blanco, buscando con su mirada invisible a quien se atreva a detenerse en su camino. Algunos dicen que si alguna vez alguien logra llevarla hasta la otra orilla, el hechizo terminará. Otros aseguran que no hay otra orilla, que el río es infinito para ella y que arrastrará a todos los que intenten cruzarlo en su compañía.

Y tú, que escuchas este relato, si algún día caminas junto a un río en la noche y ves una figura blanca esperándote la ribera, no respondas a su voz, no la mires, no le des la mano, porque si lo haces pronto tu rostro también quedará oculto bajo un velo de agua y silencio. El río nunca devuelve lo que reclama. Autor José Pardal Narración Coral Bravo

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