cocaína, traición y dólares calientes entre piedras negras. Capítulo 1. El paso del diablo. La frontera entre piedras negras y Eagle Pass era más que un río y un puente. Era una línea invisible que dividía mundos y unía infiernos. El río bravo, turbio y silencioso, escondía más secretos que tumbas en la sierra. Allí no cruzaban sólo los pobres, cruzaban fantasmas, maletas llenas de polvo blanco, paquetes sellados con cinta negra
y esperanzas rotas que flotaban como cadáveres. Ramiro Castañeda, agente de la CBP en Eagle Pass, estaba a punto de cumplir los 40. Había sido un hombre limpio durante la mayor parte de su carrera. Pantalones bien planchados, botas lustrosas y expedientes sin manchas. Su padre había sido policía en Laredo, su abuelo había peleado en Vietnam. Su madre rezaba todos los días por él desde San Antonio. Pero el desierto
cambia a los hombres, la frontera los transforma. Llevaba tres años trabajando en el turno nocturno del Puente Internacional II y ya había visto de todo. Mujeres embarazadas con cocaína dentro, niños usados como carnada, migrantes muertos de sed bajo el sol, camiones con doble fondo y camionetas con armas escondidas bajo ataúdes. Pero nunca había aceptado un soborno, hasta que la vio. Aquella noche la humedad del río pesaba sobre la piel.
El calor no se iba ni con whisky ni con ventilador. Ramiro, aburrido, revisaba una fila interminable de coches con matrículas mexicanas. De pronto, un BMW gris perla, con placas de Nuevo León, se detuvo frente a su caseta. Ella bajó la ventana.— Oficial... dijo con voz de terciopelo mojado. Ramiro la miró sin decir palabra. Tenía los ojos color miel, pestañas largas, labios rojos y una expresión que decía« Todo en mí es mentira, menos el peligro».
Documentos, por favor»
Respondió automático. Ella le tendió su pasaporte. Catalina García de la Torre, ciudadana mexicana, empresaria, 29 años, perfume caro, pulsera de diamantes. En el asiento trasero, una bolsa Chanel y una carpeta azul. Nada sospechoso o demasiado sospechoso.¿ Qué traen el maletero? Regalos para una amiga en Texas.¿ Gusta verlos? Ella bajó del coche, tacones de aguja, piernas largas, un lunar perfecto sobre la clavícula. Abrió el maletero, maletas, bolsas de diseñador y una caja
de botellas de vino.¿ Y eso? Vino francés, caro, como a usted le gusta.¿ Y cómo sabe lo que me gusta? Porque todos los hombres son iguales. Sonrió, pero antes de que él pudiera reaccionar, le pasó un sobre. Ramiro sintió el grosor antes de abrirlo. Treinta mil dólares. Billetes nuevos. De cien.¿ Esto qué es? Preguntó con voz dura. Una bienvenida. La próxima vez puede ser más. Mucho más.¿ Y qué tengo que hacer? Nada. Solo no ver. Solo dejar pasar. Ramiro miró el sobre, luego la miró a ella y
finalmente al río. Esa noche el diablo cruzó la frontera. Capítulo 2 La rubia de Monterrey Catalina no era su verdadero nombre. Había nacido en un barrio alto de Monterrey, hija de un narco retirado que lavó millones en casinos, constructoras y funerarias. A los 16 ya tenía su primer Mercedes. A los 20 dirigía una red de importación falsa desde Laredo. A los 25 se hizo dueña de media ruta Piedras Negras, San Antonio. Pero nadie sabía eso. Todos la conocían como la rubia de Monterrey. Alta,
elegante y peligrosa. Su leyenda era tan fuerte que algunos decían que no era humana, sino enviada del infierno para destruir a los hombres. Otros juraban que era una infiltrada de la DEA. Lo cierto es que Catalina no tenía patria ni bandera. Solo quería poder, dinero y venganza. Después de la primera noche, Ramiro no pudo dormir. Los billetes estaban escondidos en una caja de herramientas en su garaje. Se prometió no hacerlo otra vez. Pero Catalina regresó. No una,
sino tres veces esa semana. En cada visita, el sobre era más grueso y sus besos más largos. Una noche él la siguió, no por desconfianza, sino por deseo. La vio entrar a un hotel en el lado texano. La esperó afuera durante dos horas. Cuando ella salió, no estaba sola. Con ella iba un senador texano. Ramiro comprendió que Catalina no solo cruzaba droga y personas, cruzaba información, votos, armas y secretos. No era una traficante, era una reina sin corona.
Esa noche ella lo llamó.¿ Me seguiste? Sí.¿ Y qué viste? Lo suficiente.¿ Entonces ya estás adentro?¿ Adentro de qué? Del juego. Y aquí se juega con sangre. Capítulo 3. El precio del silencio. A partir de entonces, Ramiro dejó de ser agente. Empezó a convertirse en cómplice. Los autos pasaban sin revisión, cada uno traía algo distinto. Migrantes, cocaína en polvo, metanfetaminas líquidas, dólares falsos, arte robado. Incluso una vez pasó un sacerdote
con pasaporte diplomático que llevaba joyas en el crucifijo. Ramiro cobraba por dejar pasar, a veces diez mil, a veces cincuenta. Se compró un Camaro SS, rentó una casa con Albercán del Río, se tatuó un ángel negro en la espalda, se volvió adicto al dinero y a Catalina. Pero también aparecieron las sombras. Un compañero, el oficial Delgado, comenzó a sospechar. Le preguntaba cosas, le seguía los horarios, le espiaba el locker. Ramiro no era estúpido. Hizo una llamada. Catalina envió a
dos hombres en un atajo de negra. Delgado desapareció en la carretera a Brackettville. Nadie lo volvió a ver. Esa noche Catalina llegó a la casa de Ramiro.—¿ Ya estás listo para el siguiente nivel?¿ Qué nivel? Ella abrió su bolso. Dentro había una pequeña bolsa con polvo blanco. Cocaína rosa. La nueva moda de los ricos. Ahora tú vas a mover esto. Directo a Houston. Yo te voy a proteger. Si cruzas esta línea, ya no hay regreso. Ramiro miró la bolsa. Luego a Catalina. Luego a su reflejo en
la ventana. Y aceptó. Capítulo 4. Catalina. Catalina vivía en una mansión oculta tras las colinas de Allende. Un lugar rodeado de muros altos, cámaras, perros y más leyendas que ladrillos. Nadie sabía a ciencia cierta cuánto dinero tenía, pero se decía que cada pared de esa casa estaba hecha con dolores lavados. En el centro, un jardín con rosales blancos. En la sala una chimenea con marcos de oro y una cruz de esmeraldas. No había fotos, no había recuerdos,
sólo había poder. Ramiro llegó al anochecer guiado por dos camionetas blindadas. Catalina lo recibió con una copa de champán francés y un vestido de seda negra que se ceñía a su cuerpo como el pecado a la carne. Detrás de ella dos escoltas armados y una mujer silenciosa de cabello trenzado que parecía leer el alma con los ojos. Bienvenido al otro lado de la línea, le dijo Catalina entregándole la copa.¿ Qué es esto, un brindis o un adiós? Depende,
aquí se entra, pero no se sale caminando. Ramiro bebió. El champán le quemó la garganta, como si estuviera hecho de fuego y secretos. Catalina lo llevó a una habitación en el segundo piso. No había cama, solo una mesa, una maleta y un mapa. En la maleta, 250.000 dólares. En el mapa, las rutas de entrega hacia Houston, Austin y San Antonio. Tú vas a ser el nuevo operador del corredor Eagle Pass, Houston. El último murió. Lo encontraron sin lengua en una hielera.¿ Y si no quiero?— Tú ya quisiste,
desde que aceptaste el primer sobre. Ramiro tragó saliva. Catalina se le acercó, lo tomó por la cintura y susurró.— No te enamores de mí, Ramiro, porque yo no amo, yo destruyo. Esa noche se acostaron. No fue amor, fue guerra, fue control, fue un acto de sumisión mutua entre dos seres que ya no confiaban ni en el reflejo del agua. Al amanecer, Catalina se vistió con una bata blanca, encendió un cigarro cubano y le dijo sin mirarlo. A las diez sale tu primer embarque. No llegues tarde y no
pierdas nada, porque la próxima vez te lo descuentan en carne. Capítulo 5. El código del puente. La operación comenzó a las 10 y 3 de la mañana. Ramiro, con una chamarra de mezclilla y gafas oscuras, pasó al lado texano sin problemas. Su pick-up Ford F-150 con matrícula tejana estaba equipada con compartimentos secretos debajo del piso. Llevaba 20 kilos de cocaína rosa y 5 kilos de fentanilo comprimido. Nadie revisó el vehículo. Nadie preguntó nada.
Los códigos ya estaban pactados. El truco era mirar tres veces al dron estacionado sobre el puente, luego encender las luces intermitentes al llegar a la garita número 4. Eso era todo. Pasaban como aire. En Houston lo esperaba un hombre vestido de cura. No hablaba, solo entregaba maletines y se llevaba
los paquetes. El padre Enrique lo llamaban. En realidad, su nombre era Lucio Madrigal, un exmilitar del cártel de Matamoros, ahora convertido en traficante disfrazado de pastor.« El rebaño está sano», le dijo esa vez entregándole una Biblia con compartimentos secretos llenos de dólares. Ramiro regresó a Eagle Pass con 300.000. Le dio 200 a Catalina, se quedó con 50 y repartió el resto entre los hermanos de la línea, otros dos agentes CBP, un supervisor de cámaras y un médico de migración. Todos
tenían su parte, todos tenían su precio. Pero el código no era solo para cruzar, también servía para matar. Cada vez que alguien encendía las luces dos veces sin mirar el dron, era señal de ejecución. Y un día alguien lo hizo. Capítulo 6 Joyas manchadas de sangre La mujer que encendió las luces sin mirar el dron se llamaba Mariana Lagüera Saucedo, una operadora menor del cártel viral de los linces del norte. Había intentado cruzar armas sin permiso de Catalina.
Peor aún, había sobornado a un supervisor sin pasar por ella. Error fatal. El mismo día, su camioneta explotó en una gasolinera. Murieron tres personas más. El vídeo se hizo viral. En Coahuila nadie hablaba, en Texas decían que fue problema de narcos y Catalina solo comentó. La ambición sin orden es suicidio. Pero no era solo una venganza. Catalina quería enviar un mensaje. Esa misma noche organizó una fiesta en su mansión. Invitó a políticos, jueces, influencers y a una joven rusa que
traía mercancía ilegal. Diamantes manchados de sangre del Congo. Los vendían entre risas, champán, coca y armas largas. Ramiro empezó a entender que ese mundo no tenía fondo. Cada lujo venía de una tumba, cada joya de un crimen, cada dólar de un gramo que mataría a alguien en Nueva York o Chicago. Pero no dijo nada, porque ya estaba dentro, y dentro el silencio es la única forma de seguir vivo.
Esa noche Catalina se le acercó con un collar de rubíes y le dijo...¿ Sabes por qué uso rojo?¿ Por qué? Porque así, cuando sangre, nadie lo notará. Capítulo 7. El comandante del desierto. La noticia llegó como el silbido del viento entre los cactus del desierto. El comandante Zúñiga estaba de regreso. Exmilitar, excomandante del Grupo Fénix del Ejército Mexicano y ahora jefe de una red de sicarios entre Ciudad Acuña y Piedras Negras. Nadie sabía qué lo había hecho volver. Pero lo cierto
era que Zúñiga odiaba a Catalina. Tenían un pasado. Se rumoreaba que años atrás Catalina había mandado matar a su hermano menor por una deuda de metanfetaminas. Desde entonces el comandante Zúñiga vivía para un solo objetivo. Destruirla.
Ella tiene a los gringos de CBP en la bolsa, pero yo tengo el desierto.
Dijo al llegar a su guarida. Zúñiga comenzó a mover fichas, secuestró a uno de los operadores menores de Ramiro, le arrancó las uñas, le hizo hablar y luego lo arrojó a una jauría hambrienta. Mandó el vídeo por WhatsApp a Catalina, acompañado de un mensaje.
El juego ha comenzado, sálvate
si puedes Catalina no respondió. Se limitó a convocar una junta en su mansión. Ramiro, aún nervioso, se sentó a su derecha. También estaba el padre Lucio, dos miembros de la Policía Federal Mexicana comprados y un emisario desde Chicago. Mister Cero, un afroamericano elegante con traje blanco y zapatos de cocodrilo, que hablaba en susurros y contaba dinero mientras fumaba puro.— Zúñiga es como un perro viejo— dijo Mr. Cero.— Ladrará mucho,
pero si muerde, que sea la última vez. Catalina asintió.— Quiero su cabeza. No viva. No servirá para negociar. Esto es personal. Ramiro, que aún era nuevo en el juego sucio del poder, comprendió entonces que no existía tregua, no existía política, solo existía venganza y billetes. Capítulo 8. Cruces y cuerpos. En la frontera entre Acuña y Del Río comenzaron a aparecer cruces de madera clavadas en la arena, cada una
con un nombre escrito en sangre falsa. Eran mensajes de zúñiga, advertencias, pero también era un juego psicológico, una forma de decir« sé quiénes son tus hombres». Los cuerpos empezaron a caer. Un agente de CBP apareció colgado de un puente con un letrero.« Traidor a México y adiós». Catalina tembló. Era uno de los suyos, uno que había aceptado 60.000 dólares de Ramiro.«¿ Estás seguro que no hablaste de más?» le preguntó Catalina.« Nunca».«¿ Seguro?»«
Lo juro por lo que me queda de alma». Lo miró. Había aprendido a detectar mentiras, pero no lo mató. Aún no. En venganza envió una caravana de cinco camionetas con comandos armados hasta la sierra de Zúñiga. El tiroteo duró cuatro horas. Al final murieron trece hombres. Zúñiga escapó herido. Catalina no sonrió. Ella no sonreía nunca, pero encendió un cigarro y dijo... Cuando lo atrape, voy a clavarle un rubí en cada ojo,
para que vea el infierno en colores. Capítulo 9 El secreto del maletín negro Una noche, mientras revisaba un cargamento en un taller abandonado cerca de Eagle Pass, Ramiro encontró un maletín negro olvidado en una de las camionetas. No tenía nombre, no tenía etiqueta, pero pesaba como si cargara muertos. Al abrirlo se encontró con fotos, documentos, nombres de políticos, pruebas de sobornos, rutas de armas y vídeos de agentes CBP recibiendo dinero. Era el archivo secreto de Catalina. Ramiro lo
cerró de golpe. Nadie debía verlo, pero ya era tarde. Al día siguiente un hombre lo esperaba fuera de su apartamento, alto, trajeado y con acento del sur de Florida.—¿ Tú eres Ramiro? Depende
de
quién
pregunta. Mi nombre es Javier. Trabajo para una división especial del FBI. Tú no me conoces, pero nosotros sí te conocemos a ti. Queremos ese maletín.
Ramiro sintió el frío del abismo rozarle la espalda. No sé de qué hablas.
Sabes, y Catalina no es eterna. Cuando caiga, o caes con ella, o caes vivo. Tú decides.
Y sin esperar respuesta, el agente Javier desapareció. Ramiro sabía que si entregaba el maletín, Catalina lo mataría. Pero si no lo hacía, el FBI lo atraparía. No había salida. Salvo una. Jugar a dos bandas. Capítulo 10. La noche del diablo. La frontera ardía. La gente decía que la luna esa noche brillaba roja. Los coyotes aullaban distinto. Las cámaras de seguridad en el puente internacional dejaron de funcionar por una hora.
Y en ese lapso pasaron cuatro camiones blindados con carga desconocida. Nadie los detuvo. Nadie preguntó. Porque todos sabían, esa era la noche del diablo. Catalina estaba en su mansión, vestida con un traje de terciopelo negro. En la mesa, una bandeja de cocaína cortada con oro, un revólver con el mango de marfil y una cruz invertida colgando del cuello. Esa noche no quería dinero, quería sangre.— Ramiro— dijo sin mirarlo—, hoy cruzamos algo que nunca se ha cruzado.—¿ Qué es?
Ni tú ni yo vamos a querer saberlo. Ramiro sintió que el aire pesaba más, se puso la chaqueta, se ajustó el cinturón con la Glock 19 y bajó al garaje. Tres hombres esperaban junto a los camiones, todos vestidos igual, sin rostro y sin nombre. Uno de ellos tenía tatuado en el cuello un símbolo extraño, una daga atravesando un ojo. El cargamento no eran drogas, no eran armas, eran personas. Niños, mujeres, hombres, encerrados, sedados, marcados.—¿
Qué es esto?— preguntó Ramiro. Uno de los tipos respondió con frialdad.— Carne de contrato.— Ramiro quiso vomitar.—¿ A dónde van?— A laboratorios, a clínicas clandestinas, a donde paguen más. Catalina apareció por detrás, apoyó una mano en su hombro y dijo— Si quieres salir, es ahora. Pero si te quedas, ya nunca podrás regresar. Ramiro la miró.— Ya estoy en el infierno. Que se queme todo. Los camiones cruzaron. Fue rápido, limpio, coordinado. Cada agente de CBP ya tenía su sobre bajo la mesa.
Nadie dijo nada. Pero esa noche uno de los niños escapó. Y alguien, alguien con alma aún, grabó un vídeo con el celular. Se volvió viral en el deep web. Y el infierno se preparó para abrir más sus puertas. Capítulo 11. Una flor en el lodo. La viralización fue como una bomba silenciosa. En menos de 48 horas, el FBI, la DEA y medios independientes empezaron a husmear más cerca. Catalina respondió a su manera, con dinero y plomo. Sobornó periodistas. Desapareció
a un bloguero en Laredo. Compró silencio como quien compra café. Pero el vídeo ya estaba dentro de muchas memorias. Ramiro, por su parte, comenzó a desmoronarse por dentro. No dormía, no comía. Y entonces conoció a Rocío. Ella no era del mundo de los narcos. Era paramédica en Del Río, voluntaria en un albergue para migrantes. Una mujer simple, con ojos cansados, pero con una voz que parecía apagar el ruido del mundo. Se conocieron cuando Ramiro chocó su coche
en la autopista, luego de tres días sin dormir. Rocío lo curó, lo miró y le dijo« No pareces malo, solo perdido». Esa frase le partió el alma. Por primera vez en años sintió ternura. Paz. Empezaron a verse en secreto, a caminar por el río, a comer tacos de madrugada. Ella no sabía quién era él y él, por primera vez, no quería mentirle. Pero Catalina lo notó. Y Catalina no compartía nada, mucho menos el corazón de un soldado. Capítulo 12. El silencio de Catalina. Un día Catalina citó a Ramiro
en una casa vieja frente al desierto. Sin escoltas, sin armas visibles, sin cocaína. Solo un café frío en la mesa y una silla vacía frente a ella.¿ Sabes qué tienen en común todas las mujeres que he mandado matar? Le preguntó sin emoción. Que creyeron que podían cambiar a un hombre. Ramiro no respondió. Yo también lo creí una vez. Él se llamaba Arturo. Me regaló un anillo. Me dijo que dejaríamos todo. Que iríamos a París, a limpiar tumbas, a vender flores.¿ Sabes dónde está ahora? ¿Muerto
No, en Las Vegas, con otra, vendiendo criptomonedas. Jodido, como debe estar. Catalina sacó un sobre. Dentro había fotos de Rocío y una nota. No más errores, Ramiro. No me hagas matarla. Él lo entendió. No podía tener amor. No podía tener paz. Y en ese instante supo que debía huir. O matarla. Pero para eso primero tenía que reunir aliados. Gente de confianza. Gente con rabia. Gente que, como él, quisiera ver caer a la reina del norte. Y así
comenzó la conspiración. Capítulo 13. El plan de las ratas. Ramiro sabía que enfrentarse a Catalina era como escupir al sol, doloroso, inútil pero necesario. Nadie en su sano juicio lo había hecho jamás y vivido para contarlo. Pero él ya no era un hombre cuerdo, no desde que conoció a Rocío ni desde que vio los ojos de los niños encerrados como ganado humano. Y el plan tenía que ser perfecto,
o no ser. Se reunió con tres exaliados de Catalina y el güero tirado, un narco desfigurado que sobrevivió a una bomba enviada por ella, la china, experta en computadoras que había sido su contadora personal, y don Pancho, un viejo político corrupto caído en desgracia, que había sido su padrino en los viejos tiempos.«¿ Por qué ahora?», preguntó don Pancho, viejo, borracho y con la barba llena de migas de tortilla. porque ahora sé cómo hacerla caer. Tengo el maletín negro
y tengo una razón.¿ Una vieja? Intervino el güero escupiendo una muela floja. Siempre es por una vieja, así empiezan las guerras. Ramiro asintió, no lo negó. La china sonrió.
Yo
tengo las claves
para entrar a sus cuentas en Suiza. Y también el acceso a los servidores donde guarda sus vídeos. Si los soltamos todos juntos, el mundo no sólo sabrá quién es, la van a venir a agazar.¿
Y tú crees que Catalina no tiene plan B? Gruñó Don Pancho. Esa perra tiene
cohetes en la azotea y gente en la Interpol. Si fallamos, acabamos enterrados en tamales
Pero nadie se fue. El plan nació esa noche. Filtrar todo al mismo tiempo, desde múltiples puntos, y usar a Catalina como carnada para que los gringos la atrapen. Pero para eso necesitaban algo más. Una prueba final. Un golpe mortal. Un acto de traición interna. Y eso lo haría Ramiro. Capítulo 14. El beso de Judas. Ramiro volvió a los brazos de Catalina fingiendo todo. Lealtad, deseo, hambre de poder. Ella lo recibió con la frialdad que le era natural. Le dijo
que esa semana cruzarían algo más grande que nunca. 500 kilos de cocaína pura y una sorpresita que no quiso revelar. Pero en la cama, mientras ella dormía desnuda, Ramiro revisó su celular y encontró el dato. Una furgoneta blanca, estacionada en el sótano blindado en acuña, cargada con uranio empobrecido.«¿ Uranio?¿ Qué chingados están haciendo?», murmuró. Catalina no sólo jugaba al narco. Estaba entrando en el terreno de la guerra biológica, del terror total. La DEA, el FBI y el Mossad se
pelearían por su cabeza si supieran lo que planeaba. Ramiro tomó fotos. Las mandó a la China. Esa era la pieza que faltaba. Esa misma noche, mientras se vestía para salir, Catalina lo miró desde el espejo y dijo...¿ Sabes lo que más me gusta de ti? ¿Qué? Que eres muy buen mentiroso, pero olvidas algo. ¿Qué? Yo te enseñé a mentir. Ramiro no durmió esa noche. Capítulo 15. El último paso. Todo estaba listo. La noche del 15 de mayo el plan debía ejecutarse.
Ramiro debía entregar las coordenadas exactas del cruce con coca y uranio, justo cuando Catalina estuviera en camino a supervisarlo. Los agentes del FBI ya estaban infiltrados. La China tenía activado el software para liberar los vídeos. El Güero y Don Pancho tenían la ruta de huida preparada. A las 2.47 am, Catalina subió a su Hummer blindada con dos escoltas y un chofer. Llevaba un vestido de lentejuelas negras y un
revólver dentro del bolso. Se sentía poderosa, intocable. Ramiro la acompañaba, miraba por la ventana, contando cada segundo. A las 3 y 12 debían entrar al punto donde los federales la atraparían.«¿ Estás bien?», preguntó ella. Nunca estuve mejor. Mientes mal, Ramiro. Y entonces disparó al chofer. El coche se salió del camino. Disparó a la escolta de atrás. Ramiro intentó sacar su pistola, pero Catalina ya tenía el cañón en su cuello.¿ Pensaste
que no sabía?¿ Qué crees que soy, una santa? Le gritó rabiosa, con lágrimas que no caían.
No,
eres un monstruo, susurró él. No, soy lo que ustedes me hicieron ser. Una patrulla apareció en el horizonte. Sirenas, luces, helicópteros. Ya es tarde, dijo él. Todo está hecho. Catalina lo miró. Por un segundo no fue la reina del norte. Fue Catalina, niña, la hija del narco asesinado, la hermana del adicto y la mujer traicionada. Y luego sonrió. Entonces bailaremos hasta el final. y pisó el acelerador directo contra el convoy federal. Capítulo 16.
La reina del norte cae.¿ O no? El impacto fue brutal. La Hummer de Catalina se estrelló contra uno de los vehículos de la policía fronteriza, causando una explosión que iluminó la noche. Ramiro salió volando por el impacto, cayendo en el suelo a unos metros del desastre. El sonido de las sirenas y los gritos llenaban el aire, mientras los agentes federales comenzaban a rodear la zona. Pero Catalina no
estaba muerta. No tan fácil. En el interior de su vehículo, cubierto por las llamas, ella respiraba con dificultad, sangrando, pero viva. Con una fuerza que sólo los más corruptos conocen, logró librarse del cinturón de seguridad y arrastrarse hasta el maletero donde sacó una pistola de gran calibre. No iba a rendirse tan fácilmente. Tramiro, tambaleante, logró ponerse de pie. La patrulla federal se acercaba rápidamente, pero él sabía lo que
tenía que hacer. Corrió hacia el vehículo destruido y, con el corazón latiendo fuerte, trató de localizar a Catalina en medio del humo y las chispas.—¡ Catalina!— gritó buscando entre los escombros. Un disparo y Ramiro cayó al suelo, apenas esquivando la bala que pasó rozando su brazo. Catalina había salido de la oscuridad apuntándole directamente con la pistola.
Pensaste que podrías traicionarme, pero¿ quién te va a creer, Ramiro?¿ Quién va a creer en un hombre que traicionó a su
propia gente? Dijo ella, respirando pesadamente, como si cada palabra le costara. Ramiro se levantó con dificultad, tomando su propia arma, apuntando a su vez hacia ella. El silencio entre ellos era ensordecedor. La tensión de años de juego sucio, mentiras, traiciones, todo llegaba a su clímax.
La verdad nunca te importó, Catalina. Lo que querías era poder. El dinero nunca fue suficiente. Ramiro dejó escapar una sonrisa amarga.
Y ahora ni el oro ni las joyas te van a salvar. Catalina sonrió, pero sus ojos mostraban miedo.« Quizás tenga razón, Ramiro, pero es demasiado tarde para arrepentirse». El sonido de una explosión más resonó en el aire y el campo de batalla se desdibujó por un segundo. Los federales ya estaban abriendo fuego, pero no se atrevieron a disparar, sabiendo que cualquier acción apresurada podría hacer estallar todo. Era
un riesgo. Pero Ramiro tenía que actuar. De un solo movimiento se lanzó hacia Catalina, desarmándola y tomando la pistola con su mano libre. Ella intentó resistirse, pero su fuerza ya no era suficiente. Ramiro la estaba sometiendo.— Lo siento, Catalina— dijo en voz baja mientras apuntaba al suelo. Un disparo resonó. Pero no fue Ramiro quien disparó. La china, desde un edificio cercano, observaba con una mirada implacable. Ella había estado allí todo el tiempo, esperando el momento adecuado.—
Lo siento, Ramiro— gritó la china desde su posición—. No podías dejarla viva, ya no. Catalina cayó al suelo. La traición estaba completa. La reina del norte había caído, pero no sin llevarse consigo una parte del alma de todos los que habían estado involucrados. Capítulo XVII. El vacío del poder. La caída de Catalina no fue el final que Ramiro esperaba.
No hubo celebraciones, no hubo una sensación de alivio. En su lugar, lo que quedó fue un vacío insondable, como si todo lo que había construido con su sangre y traición hubiera perdido su propósito. La china había desaparecido tan rápido como había llegado, llevándose consigo el maletín con las pruebas y los vídeos. La policía federal llegó al lugar, pero ya no había nada que hacer. Catalina estaba muerta y el dinero ya no era suficiente para ocultar la
magnitud de lo que había sucedido. Ramiro, aún con la pistola en la mano, miraba al horizonte. El sol comenzaba a salir, pero no iluminaban nada para él. Lo que nunca entendí, Ramiro, dijo una voz familiar detrás de él.¿ Es por qué hiciste esto? Era Rocío. Ella había estado esperando en la sombra todo este tiempo, preguntándose qué le había pasado a aquel hombre en quien confiaba, en quien había puesto toda su fe. Ramiro se giró lentamente con
el corazón pesado. Porque no podía seguir mirando el mundo arder
sin hacer nada. Respondió con voz baja. Pero me equivoqué, Rocío. Pensé que con Catalina caída todo volvería a la normalidad. Pero nada vuelve a ser igual después
de esto. Rocío lo miró en silencio, acercándose lentamente. No había palabras que pudieran arreglar lo que ambos habían perdido. Sin embargo, ella lo tomó de la mano y juntos caminaron, lejos de todo, sin mirar atrás. El final de Catalina fue solo un comienzo, uno que parecía llevarlos a un abismo más profundo. Pero por primera vez, Ramiro sentía que había algo más allá de las sombras. Un futuro, aunque incierto, donde podría buscar la redención, donde quizá algún día encontraría
la paz. Las luces de la ciudad se apagaron una por una. Los edificios de acero y vidrio, que antes reflejaban el poder y la riqueza de Catalina, ahora se veían desmoronados. Ramiro caminaba entre las ruinas de su vida y junto a él Rocío, sin hablar. El silencio era más pesado que nunca. Pasaron días y luego semanas. Los federales habían recogido los restos del imperio de Catalina, pero
la corrupción seguía tan viva como antes. En cada rincón alguien más esperaba, dispuesto a llenar el vacío dejado por su muerte. En el mundo criminal el poder no se pierde, solo cambia de manos. Ramiro sabía que el futuro que había imaginado se desmoronaba ante sus ojos, como un espejismo que nunca había existido. Ya no era el hombre que había conocido la gloria del narcotráfico, las joyas y el dinero fácil. Ya no le importaban las mentiras o las
sombras que lo habían rodeado. Solo quedaba la verdad, y la verdad era la traición.« Todo ha cambiado», dijo Rocío una mañana, mientras miraba al horizonte desde la azotea de un edificio vacío. La caída de Catalina no detuvo nada. Los mismos hombres siguen ahí, esperando. Ramiro la miró en silencio. La realidad golpeaba con fuerza y él sabía que estaba atrapado en una red de promesas rotas. Nada se resuelve
en este mundo, solo se aplaza. Catalina había sido una pieza más y ahora que había caído, otros vendrían a ocupar su lugar. Pero había algo más, algo que Ramiro no esperaba. Rocío, con su mirada fría y distante, se acercó a él.— Lo siento, Ramiro— dijo en voz baja—, pero la verdad es que tú también estás marcado. No hay salida, ni aquí ni allá. Él suspiró, mirando sus manos.¿ Cómo se redimía un hombre que había perdido tanto?¿ Acaso existía la salvación en un mundo como el suyo? Quizá
el futuro que buscaba solo era una ilusión. Ramiro murmuró, tocando su pecho donde sentía el peso de la culpa. Y quizás la verdadera batalla nunca fue contra Catalina. Siempre fue contra mí mismo. Rocío se quedó callada. Sabía que él tenía razón, pero no había palabras para consolarlo. Las palabras nunca alcanzan en momentos como este. Capítulo diecinueve El último juego Un mes después, Ramiro recibió una oferta de los carteles del sur. Aparentemente, Catalina nunca había dejado de
estar conectada con ellos. Había dejado legados ocultos, trampas que sólo los más astutos podían descifrar. Pero ya no le interesaba el poder, ni las riquezas. Lo único que quedaba era una última jugada, el reencuentro con los fantasmas del pasado. Una llamada, un hombre con voz áspera y enigmática.
Ramiro.¿ Sabes lo que pasa cuando dejas el juego?¿ Sabes lo que realmente pierdes cuando te apartas? El dinero, las mujeres, las joyas. Eso es lo de menos. Pero lo que no puedes dejar es la lealtad. La lealtad, Ramiro, es lo único que nos mantiene vivos. Y tú sabes que yo soy leal. Ramiro
respiró hondo. Era el gato, un viejo aliado que había desaparecido hace tiempo. Un hombre cuyo nombre estaba asociado con las operaciones más oscuras en la frontera. Nadie sabía qué tan profundo era su poder, pero todos lo temían. La oferta fue clara. O te unes a nosotros, Ramiro, o lo perderás todo. La amenaza estaba sobre la mesa. Capítulo 20. Un paso al abismo. La decisión de Ramiro no fue inmediata. Sabía que lo que estaba a punto de hacer cambiaría
su vida para siempre. Podía retirarse y vivir una vida tranquila o seguir en el juego, apostando a lo único que realmente le quedaba, la supervivencia. Rocío lo miró esa noche, mientras él estaba sentado en su silla, fumando lentamente.«¿ Vas a hacerlo?», preguntó ella, aunque ya sabía la respuesta. Ramiro levantó la mirada y por primera vez en mucho tiempo la desesperación se desvaneció de sus ojos. Había algo decidido en su interior, algo que nunca había entendido hasta ahora.—
No hay vuelta atrás— respondió con una voz tranquila. Al día siguiente Ramiro aceptó la oferta. El juego había comenzado de nuevo. Capítulo 21 El regreso del rey En las semanas siguientes, Ramiro se adentró más en la oscuridad del mundo criminal que nunca. El gato lo había introducido en una red de operaciones clandestinas que involucraban tráfico de armas, drogas y
dinero sucio a una escala internacional. Y a pesar de que se sentía el peso de la culpa aplastándole el alma, sabía que el poder no era una opción, era una necesidad. La lealtad al gato se volvió su única brújula, pero incluso él comenzaba a cuestionar la verdadera naturaleza de lo que estaba construyendo. Ya no quedaba espacio para el arrepentimiento, ni para la bondad. Solo había un horizonte, el poder. Rocío estaba a su lado, pero algo había cambiado en
ella también. Los días pasaban y las distancias entre ellos crecían, aunque nunca dejaban de estar juntos. Ambos estaban atrapados en una espiral que no sabían cómo detener. Ramiro sabía que el final de este juego podría ser más oscuro que cualquier cosa que hubiera vivido antes. Pero una cosa era segura. La caída de Catalina no fue el final. Era sólo el principio. Capítulo 22. La oscuridad final. En un último intento por recuperar lo que había perdido, Ramiro sabía que había
llegado el momento de enfrentarse a la verdad. No todo lo que brilla es oro. El gato lo llamó una última vez, pero cuando Ramiro llegó a la cita ya era demasiado tarde. El verdadero enemigo nunca había sido Catalina. La verdadera amenaza estaba mucho más cerca de lo que Ramiro había imaginado. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
