Bienvenidos a Bacteriófagos, un podcast de EmilcarFM, capítulo 177, del 2 de abril de 2024. Muy buenas, yo soy Carmela García y esto es Bacteriófagos, un podcast de curiosidades biológicas y actualidad científica para todos los públicos. Como sabéis, a lo largo del año yo voy recopilando todos esos temas que me vais sugiriendo para incluirlos en este podcast, pero también hay temas de cosecha propia.
Son esos temas que me surgen por cosas actuales, que me obligan a reestructurar los temas que ya tenía planificados o cosas que simplemente se me van ocurriendo y van a la lista de temas futuros, hasta ser asignados en una de esas rondas de planificación de la temporada.
Pero con eso no siempre es suficiente y tampoco quiero quedarme sin reserva, así que también busco activamente temas, lo que me obliga, y escuchad ese me obliga muy entrecomillado, a llevar a cabo actividades que me permitan generar nuevo contenido. Una de esas actividades la realicé el pasado mes de diciembre, durante lo que en España venimos llamando el puente de la Constitución, hicimos una breve escapada al Levante Español. Fue una escapada que nos permitió cumplir con
varias cosas que teníamos en nuestra lista de pendientes. Por una parte, hicimos una visita familiar. También aprovechamos para visitar al señor jefe de esta red, a Emilcar. Y cómo no, estando por la zona, no podíamos saltarnos la visita a la Zoonographic de Valencia. Porque yo, si voy a un sitio en el que hay un museo de ciencias, un acuario, o cualquier otro recinto que tenga que ver con las ciencias naturales, esa visita la considero obligada.
También estuvimos en el Museo de Ciencias, por supuesto, pero eso ya lo dejé para otro momento. De la visita al Oceanographic os podría contar muchas cosas. Desde luego es una visita que recomiendo a todo el mundo. Y todo el mundo implica a todos los adultos, que yo sigo sin entender por qué esto se asocia siempre a que hay que ir con niños. No es cierto, los adultos podemos ir y nadie nos mira raro. Os podría contar el buen rato que me pasé mirando
bichos varios. El cómo casi hay que arrancarme de los pingüinos, porque, bueno, tengo una ligera paranoia con los pingüinos. Podría hablar de mil bichos, pero entonces nos pasaríamos aquí horas y horas y tampoco es plan. Así que durante mi visita elegí tres bichos que consideré que podrían resultar curiosos, que quizá no son conocidos por el público general. Porque todo el mundo espera encontrarse con peces payaso, tiburones, delfines o pingüinos. Pero hay otros
animales menos conocidos que también tienen su corazoncito. Para poder seleccionar tres bichos, mi criterio fue que fuesen animales cuyo aspecto resulta menos atractivo al ojo común. Es decir, que sean llamativos, pero que no sean eso que normalmente se denomina bonito. Aunque lo de bonito o feo depende mucho del criterio de cada uno. Y a mí hay animales que me parecen preciosos.
Los tres tienen sus peculiaridades, pero además de un aspecto quizá menos atractivo, por no tener colores muy llamativos, los tres comparten también su capacidad para mimetizarse, para esconderse, para pasar un poco desapercibidos. Y ya, sin liarme más, vamos a empezar con el primero, que es quizá el más conocido, el gallipato. El gallipato es un anfibio, un urodelo concretamente. Su nombre científico es Pleurodeles Wold y pertenece a la familia de las salamandras.
Es el más grande de Europa y con más grande quiero decir que alcanza unos 30 centímetros, aunque para que os voy a engañar, la mitad es toda cola. Este lo podemos encontrar en España, en la mitad sur de la península, en las zonas húmedas, que ya sé que son pocas en la mitad sur. Viven en las zonas acuáticas de los bosques mediterráneos y hacen vida dentro y fuera del agua. Su piel puede variar bastante de color, pero lo que a mí siempre me ha llamado la atención es el
aspecto aparentemente rugoso. En los laterales, además, tienen una especie de protuberancias, que es una de sus características principales. Cuando se asustan, sacan las puntas de sus costillas por esas protuberancias y además salen cubiertas de un liquidillo tóxico. Más allá de lo que os podáis imaginar, os aseguro que es una imagen muy chunga y a mí no me apetecería especialmente
echarles la mano. Son animales de vida especialmente nocturna, escondiéndose durante el día, lo que hace más difícil su análisis en un acuario, en el que les va a molestar todo ser vivo cercano, por mucho que se regule la luz. Son carnívoros, así que se comen bichos más pequeños y curiosamente sobreviven relativamente bien en aguas con calidad regular. Esto en parte les da una ventaja, ya que por eso siguen existiendo en la península. De todas formas, se ha incluido en
los listados de especies que requieren protección y se considera vulnerable en algunas zonas. Más allá de que cualquier especie merece ser conservada, en este caso, dadas sus peculiaridades merece un especial interés. Además del rollo ese de las costillas, que puede generar más de una pesadilla, también tienen capacidad de regeneración como otras especies cercanas, que se ha estudiado y se seguirá estudiando para intentar trasladar parte de su capacidad a la regeneración o
integración de estructuras externas en los humanos. Es una especie con dimorfismo sexual, lo que viene queriendo decir que los machos y las hembras tienen una forma ligeramente diferente. Las hembras pueden poner más de mil huevos y el ciclo de vida es similar al de otras especies parecidas, tardando varios meses en desarrollarse y alcanzando la madurez tras un
año. Tienen cierto parecido con los ajolotes, pero mientras los ajolotes se consideran unos bichillos súper bonitos y majos, los gallipatos se suelen considerar feos, supongo que por su color, aunque muchos ajolotes tienen el mismo tono marrón. A mí personalmente me hacen muchísima
gracias sus patitas. Y si hablamos de su importancia en el medio ambiente tenemos que destacar que son fundamentales para mantener a raya muchos insectos y que si desaparecen es un indicador de que la calidad del agua en esa zona es excesivamente mala, por lo que si hay gallipato hay esperanza. Además su carita también parece sonriente en muchos casos. No pongáis al gallipato triste, dejemos que viva feliz. Un gallipato feliz indica una charca feliz, cuidemos a los gallipatos.
Y antes de que se me vaya la olla del todo hablando de gallipatos felices vamos a avanzar, porque yo he prometido aquí tres bichos. Y quizá los otros dos que quedan os resulten un poco menos familiares. Tengo que decir que lamentablemente estos ya no sonríen, al menos a ojos humanos. Nuestro siguiente bicho invitado de hoy es el Rani sapo. Aquí no voy a incluir a
una única especie porque hay varios bichillos que se conocen con este nombre. Pertenecen a la familia Antenaride y esto es porque tienen una antena, una espina dorsal modificada que les sirve para traer presas, una forma muy peculiar de caza. Además de por su forma de caza se le reconoce
por no reconocerlos, y es que se camuflan de maravilla. Son peces y además de cómo Rani sapos se les conoce también como peje sapo y probablemente como veinte cosas más según a quien le preguntemos, porque se distribuyen por medio mundo, en toda la zona tropical y subtropical. Su aspecto se define muchas veces como grotesco, pero a mí me parecen preciosos. Su cuerpo es como un globito del que salen una especie de verrugas en lugar de las típicas escamas. Cada especie
tiene un tamaño distinto, pero pueden llegar a medir más que los gallipatos de antes. Para camuflarse cambian de color y se meten en cualquier lado, desde una zona rocosa a un arrecife de coral. Pero vamos con lo curioso, lo de la caza. Con la espina esa lo que hacen es simular que hay un pececillo pequeño dispuesto a ser comido. Cuando algún otro bicho se acerca para comérselo, el Rani sapo abre su boca, la abre mucho, hasta diez veces su tamaño previo y se jala su presa.
Venga, ahora a todos a tener pesadillas después de que os haya dicho que este bicho puede medir más de 30 centímetros. Pese a todo eso, que no cunda el pánico, porque no os lo vais a encontrar accidentalmente, dado que no son tan frecuentes como deberían ser, pese a que tienen un papel fundamental en el mantenimiento del ecosistema. Y antes de pasar a nuestro siguiente invitado, sí querría hacer una especial mención a una especie de Rani sapo, el Istrio Istrio,
que en lugar de esconderse en el fondo, como lo hacen otros, flota sobre el sargazo. Se le conoce con un nombre muy original, como pez de los sargazos. Llega a medir 20 centímetros y tiene su cuerpo cubierto de apéndices que simulan hojas, mimetizándose muy bien con el sargazo, y por lo tanto, pudiendo aprovecharse de ello para poder cazar. Ahí se quedan quietos disimulando hasta que abran su boca. Por último, damos la bienvenida al pez hoja, que conocemos científicamente
como Monocyrus boleacanthus. En sí, para mantener el rigor, tendríamos que llamarlo pez hoja del Amazonas, porque también hay otros falsos peces hoja, que se parecen mucho pero que son otra especie, aunque de la misma familia. Sin duda, el pez hoja se lleva la palma en esto de mimetizarse,
de camuflarse, porque realmente parece una hoja. Os lo digo yo, que tengo el ojo entrenado a esto, y llega a resultarme difícil identificarlo como se arrime a unas cuantas hojas de verdad, porque todos creeríamos que es una hojilla que ha caído al agua y está ahí disimulando. Para que os lo podáis imaginar, pensad en una hoja un poco seca, marroncilla, pues la punta de la hoja es su cola, y lo que sería el pedúnculo de la hoja, o sea la base por
lo que se une al tallo, es realmente la boca del pez. También los hay más verdosos, dependiendo de las hojas con las que se esté mimetizando. Y de tamaño, bueno, pues tamaño hoja, unos 8 centímetros. Es un pez de agua dulce, obvio si pensamos que viene del Amazonas,
aunque vive en toda su cuenca. Decía que no se debe confundir con el falso pez hoja, que se parece pero que vive en otros ríos, pero tampoco con otros peces con formas parecidas que si viven en los océanos, e incluso a grandes profundidades, donde no sé yo cómo de bien colar a eso de parecerse a una hoja. Cabe destacar en este caso, por cierto, que es común en acuarios por tener una forma tan llamativa, pero su cría no es nada fácil.
Y poco más os puedo decir, que caza y se reproduce, y que tenemos que protegerlo como al resto. Y con esa idea era con la que quería acabar. Los acuarios, al igual que los zoos, son lugares que me generan cierto dilema moral. Por una parte, me consta que realizan una labor importante, pero por otra parte no dejo de ver animales encerrados que no viven felices en libertad. Por eso creo que es fundamental que ambos centren sus labores en el estudio y
la conservación, y no exclusivamente en la exposición. En algunos casos, los animales que allí residen no pueden incorporarse en el medio natural por la razón que sea, porque pasar de la cautividad al medio natural no siempre es fácil. Otras veces están llevando a cabo labores de cría para poder reintroducir especies, cosa que tampoco es nada fácil. Además de acuarios y zoos, hay muchas asociaciones que se dedican a la recuperación y reintroducción
de animales, y que tienen que tener sí o sí animales en cautividad. Esto es muy visible en el caso de la recuperación de aves, ya que en los centros viven aquellas que no pueden volar o que no pueden alimentarse a su aire. Incluso cuando se reintroducen en el medio, muchas veces es necesario ayudar a su alimentación hasta que son capaces de hacerlo sin apoyo.
Y sí, lo natural sería dejarlas y que se busquen la vida, pero si nosotros nos hemos cargado su casa, tendremos que echar una mano para que las recuperen. Por estas razones, cuando visito un acuario presto especial atención a qué programas tiene más allá de enseñar bichos a un montón de críos que se pecan a un cristal. Que por cierto, esto también es importante. Si todos mantuviésemos el interés que teníamos de pequeños por la naturaleza, quizá la vida sería de otra forma.
Yo no sé en qué momento nos damos el golpe en la cabeza. Cuando pasamos de flipar mirando a un pececillo pasar por el cristal y quedarnos con la boca abierta a querer matar todo bicho viviente que nos cruzamos. Cuando pasamos de pensar que el campo hay que cuidarlo y estar traumatizados con la contaminación a considerar que una zona protegida es ideal para hacer carreras de coches. Yo no lo puedo entender porque yo no me he dado ese golpe
en la cabeza. Yo soy de las que deja el coche en la zona apartada habilitada y camina lo que haga falta. La que no deja basura, pero además se lleva la basura que han dejado los otros. La que no puede matar a otro ser vivo si no es para comérselo, a excepción de los mosquitos, pero eso es tema de supervivencia. Pero claro, yo también me sigo quedando pegada
al cristal del acuario. Con los dos me resulta más complicado, no lo voy a negar. Me genera mucho trauma ver a los animales encerrados y solo soporto aquellos lugares en los que, dentro de estar en cautividad, tienen una cantidad de espacio razonable. No suficiente ni el necesario, pero una cantidad de espacio y de cuidados razonable. Y eso es muy raro. Recuerdo que de pequeña tenía un libro sobre la contaminación, sobre la polución,
que en aquel momento se hablaba de polución. No me preguntéis de qué iba, ni quién era el protagonista, pero tengo grabada a fuego en mi cerebro una imagen de un río con un montón de basura, con el humo de una central térmica al fondo. No recuerdo nada más, pero recuerdo lo fundamental. Y ahí está el trauma, y ahí sigue presente, y ahí estoy siempre pensando en lo que hago dos veces para buscar un equilibrio entre la vida actual
y mi conciencia. ¿Vosotros tenéis algún recuerdo similar? Seguro que alguno recuerda también lo de pegarse al cristal del acuario, que por cierto, no hay que pegarse, es una forma de hablar, y mucho menos hay que golpearlo, que casi tenemos allí una desgracia cuando un padre empezó a querer vacilar a un pez y yo soy de las que no es capaz de callarse
así a la ligera. Los que tenéis hijos seguro que veis en ellos esa actitud, ese interés, pues yo hoy os he intentado traer de vueltas ese interés, para recordar que hay animales más allá de los que siempre tenemos presentes, que tenemos que prestar la atención a todos, que son muy importantes para el ecosistema, pero sobre todo para intentar volver a despertar un poco esa conciencia de ese jovencito preocupado por la naturaleza, que seguro que sigue en
vuestro interior. Mientras esperáis el próximo capítulo, podéis leerme en cgdoval.es, desde donde también os podéis suscribir a Minusletter. Gracias por el tiempo que habéis dedicado a escucharme, espero que os haya resultado entretenido y de utilidad. Toda la información de este capítulo la encontraréis en emilcar.fm/bacteriofagos, donde también podéis
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