Un hombre afroamericano es acusado de haber violado a una mujer blanca. Las pruebas son escasas, casi nulas. La palabra de blancos contra negros. Pero estamos en los años 50 y al parecer el color de piel agrega veracidad a tus palabras. La silla eléctrica será la pena para este hombre si es acusado culpable. Para su defensa se tiene el abogado Atticus Finch, un hombre respetado por muchos debido a su integridad y sagacidad. Pero ahora estará en el bando contrario.
en contra de los suyos, aquellos que comparten sus privilegios, costumbres y color de piel. Jamás un hombre de raza negra ha ganado ante las acusaciones de los blancos, así que Atticus Finch intentará hacer lo imposible posible. Toda esta historia será contada por su hija Jen Louise Scott. Ella, junto a su hermano Jen Finch, se adentrarán en la vida de su padre para comprender los reveses de la vida y la dureza de una sociedad intransigente e indolente
para quienes no son como ellos. Pero Scott y Jen tienen sus propios problemas. A pocas casas de la suya habita una leyenda, la leyenda de un hombre que aparece en sus peores pesadillas. Su nombre es Boo Radley. Aunque los niños jamás lo han visto, se decía que este medía más de dos metros, tenía dientes amarillentos y podridos, ojos altones y que comía animales crudos. Se cuenta que una vez apuñaló a su padre como si esto fuese
rutina y siguió el día sin más. Desde ahí ya nadie lo ha visto, pero si algo atroz ocurre en el pueblo, se sabe que Boo Radley ha estado detrás de todo. Scott, Jen y Dill, su amigo de veranos, han decidido desvelar la leyenda de Boo y para eso se adentrarán en la oscura casa de los Radley. La noche llena de silencio permite que cada paso que estos dan en la entrada de la casa sea escuchado por el mundo entero. Jen, el hermano mayor de Scott, armado de valor, llega hasta la puerta, pero en eso se
escucha que alguien se mueve dentro de la casa. Y se confunden sombras de humanos con las de árboles, que por el viento se mueven cada vez con mayor violencia. Y cuando el silencio parece volver al pueblo, un disparo ensordece a los tres y hace que corran despavoridos. La suerte no juega a favor de Jen y sus pantalones quedan atorados en la cerca. Ya puede sentir los pasos
de Boo tras él. Imagina que ese monstruo de dos metros con tijeras en mano viene por él, así que se libera de los pantalones y corre sin voltear atrás, esperando el letal disparo en cualquier momento. Pero ya ha llegado a casa y al parecer sigue entero, aunque sin pantalones. La noche llega, pero el sueño no. Este es esquivo. Los recuerdos del día, las imágenes de Boo atormentan a Jen y no desea vivir con temor toda su vida. Así que irá de vuelta por aquello que le pertenece,
unos pantalones olvidados en la cerca de Boo Ratley. Y en el frío de la madrugada los encuentra doblados, ya no atorados en la cerca, sino doblados y remendados. Alguien le está jugando una mala broma, o es un aviso de Boo para hacerle saber que sabe quién es y que seguro irá por venganza. Ambos hermanos divagan con todo lo que esto puede significar.¿ Es hora de contarle todo a su padre Atticus? No, será mejor no distraerlo, ya tiene mucho entre manos con el juicio de Tom Robinson,
el afromedicano acusado de violación. Camino a la escuela, comienzan a encontrar en un agujero de uno de los árboles cercanos a la casa de Boo diferentes objetos, como un reloj de bolsillo, una navaja, pero lo más asombroso son unas figuras de jabón que son idénticas a ellos. No hay duda que alguien los observa. Cuando deciden dejar una nota para agradecer todos estos objetos, ven al hermano de
Boo sellando con cemento el agujero del árbol. El canal de comunicación entre aquel misterioso benefactor y los niños ha acabado. Los días en la escuela son extraños para Scott. Ella sabe leer desde que tiene uso de razón, pero a la profesora eso le parece un total desacierto.« Dile a tu padre que deje enseñarte», dijo Miss Caroline.«¿ Enseñarme?», exclamó sorprendida.« Mi padre no me ha enseñado nada. Jan dice que sé leer desde que nací». Miss Caroline pensó que mentía. No,
no nos dejemos arrastrar por la imaginación, querida mía. Y ahora dile a tu padre que no te enseñe más. Dile que de ahora en adelante me encargo yo y trataré de corregir el mal. Pero esto no es lo único extraño. Hay niños que tan solo van el primer día de clases y después no se les ve más. Sus padres se basan en lo siguiente. Mandar a los niños a la escuela es una ley, pero nada se dice sobre ir todos los días. Los días pasan y el pueblo se entera que Atticus Finch será el abogado
defensor de Tom Robinson. Y la reprobación llega de todas partes, hasta tocar a Scott y Jen. Por ahí, se escucha que su padre es un ama negros. Al llegar a casa, Scott habla con Atticus y le dice,« Atticus, cosas horribles se dicen de ti. Llego golpeado a muchos por eso». Scott no es una niña convencional. Pero lo que más dicen es que eres un ama negros.¿ Es eso cierto? Claro que lo soy. Hago lo que puedo por amar a todo el mundo, le respondió él. A veces me
encuentro en una situación difícil. Niña, no es un insulto que a uno le den un nombre que a otro le parece malo. Ello le demuestra a uno lo mísera que es aquella persona. La gente tiene muchos problemas y de esta forma se desquitan. No le des más importancia. El momento del juicio se acerca y Tom Robinson es trasladado a la prisión del condado. Atticus sabe que la ciudad no se quedará tranquila y decide hacer guardia en la puerta de la prisión. En eso aparecen muchos camiones.
Vienen a tomar justicia con sus propias manos.¿ Está ahí dentro Finch? Dijo uno. Sí, está, contestó Atticus. Y está durmiendo. No lo despierten.« Ya sabes lo que queremos», dijo otro.« Apártese de la puerta, Mr. Finch». Los niños habían seguido a su padre y presenciaban ahora esta escena. En eso, Scott corre al lado de él. Atticus pierde el control y comienza a temer ya no por su integridad, sino por la de sus hijos.« Vete a casa, Jen», dijo.« Llévate a Scott». Pero por la actitud de Jen, se
veía que no pensaba moverse. Vete a casa, digo. Jen movió la cabeza, negándose. Ya basta, Mr. Finch. Sáquelos de aquí, refunfuñó uno. Tiene 15 segundos para echarles de aquí.¿ De pie? En medio de aquella extraña reunión, Atticus intentaba conseguir que Jen lo obedeciese. No miré. Fue la firme respuesta que dio Jen a las amenazas, los requerimientos y, por último, a él. Por favor, Jen, llévalos a casa. De Atticus. Entre todos los hombres, Scott pudo ver al señor Cunningham,
padre de uno de sus compañeros de colegio. Comenzó a hablar de su hijo, de lo bueno que era él, de lo malo que seguro ellos la pasaban con la amortización, sin entender exactamente qué era eso.¿ Le puede hacer llegar mis saludos a su hijo? No respondía, pero en eso se puso en cuclillas y la cogió por ambos hombros. Le diré que me has dicho hola, damita, prometió. Luego se levantó y gritó, vámonos muchachos, no hay nada más que hacer acá. A veces es necesario que hable una
pequeña niña. para apaciguar los ánimos de venganza de una decena de hombres. El día del juicio había llegado. El primer testigo sería el sheriff de la ciudad. Contó cómo es que él llegó a la casa de los Ewell y encontró a la joven golpeada y asustada. Tenía un ojo claramente golpeado. El ojo derecho estaba hinchado. Eso y otras heridas. Cuando le preguntó a los Ewell si sabía quién había sido el responsable, dijeron que había sido Tom Robinson.
El segundo testigo fue Robert Ewell, padre de la víctima. Corroboró la historia del sheriff en todo aspecto. Entonces Atticus le preguntó si sabía escribir. Ofendido, Robert Ewell dijo que sí. Entonces,¿ podría escribir su nombre en esta hoja, señor Ewell? Le preguntó Atticus mientras le extendía la hoja y un bolígrafo. Así lo hizo. Escribió su nombre sin titubear e impaciente por saber qué tenía que ver esto con el juicio.
Escuchó a Atticus decir... Ya pueden ver, señores del jurado, que el señor Ewell es zurdo.¿ Y saben qué ojo golpea a alguien que es zurdo? El derecho, señores del jurado. Eso era todo. La siguiente testigo fue la víctima, Mayela Ewell. Repitió la historia que ya habían contado, agregando cómo es que Tom Robinson había ingresado a su casa. Ella le había pedido ayuda con un mueble del hogar y él,
al entrar, se había abalanzado y abusado de ella. Atticus sabía por dónde llevar el interrogatorio.¿ Es su padre un hombre violento? Preguntó.¿ Lo es cuando está ebrio? Mayela no asintió, pero tampoco negó. Todo el pueblo sabía que su padre era un alcohólico y que cuando un hombre se pone en manos del alcohol hasta que éste lo domine por completo, lo peor de cada quien aflora. puede señalar al hombre que lo atacó? Preguntó Atticus. Esta señaló a Tom Rawinson.
Este se puso de pie por solicitud de Atticus y se pudo ver cómo su brazo izquierdo caía pesadamente, sin control alguno. Todos sus músculos se habían desgarrado de pequeño.¿ Cómo era posible que este hombre, que solo tenía control sobre su brazo derecho, golpeara el lado contrario del rostro?
Era suficiente. El último testigo fue Tom Robinson, quien dijo que había ingresado a la casa de Ewell para arreglar una puerta a petición de Mayela, pero que al llegar, la puerta estaba en perfecto estado.«¿ Y qué hiciste entonces?», preguntó Atticus. Bien, yo dije que sería mejor que continuase mi camino, que no podía serle útil, pero ella dijo que sí. Yo le pregunté en qué y ella me dijo que subiese en aquella silla de allá y alcanzase
una caja que había encima del armario. Así pues hice lo que me pedía y estaba levantando el brazo para alcanzar la caja cuando, sin que me hubiera dado cuenta, se me había abrazado a las piernas Mr. Finch. Me asusté tanto que bajé de un salto y tumbé la silla. Aquella fue la única cosa, el único mueble que quedó fuera de sitio en el cuarto cuando me marché Mr. Finch. Lo juro ante Dios.¿ Qué pasó luego de que usted volcó la silla? Mr. Finch, al saltar de la silla
me volví y ella se me echó encima. Me abrazó por la cintura.¿ Qué hizo luego la muchacha? El testigo estiró el cuello con dificultad. Se puso de puntillas y me besó en un lado de la cara. Dijo que no había besado nunca a un hombre adulto y que lo mismo daba que besase a un negro. Dijo que lo que hiciese su padre no importaba. Dijo,« Devuélveme el beso, negro». Yo dije,« Mis Mayela, déjeme salir por aquí». Y probé de echar de correr, pero ella se apuntalaba de espaldas
a la puerta y habría tenido que empujarla. No tenía intención de hacerle ningún daño, Mr. Finch. Y le dije que me dejase pasar, pero en el momento en el que se lo decía, Mr. Ewell se puso a gritar por la ventana, que dijo,« Eres una cualquiera, te mataré».¿ Qué pasó entonces?« Mr. Finch, yo corrí tan deprisa que no sé lo que pasó».«¿ Por qué corrió?»« Tenía miedo, señor».«¿ Por qué tenía miedo?»« Mr. Finch, si usted fuese negro como yo, también lo habría tenido».« Se ha dicho todo
lo necesario. La vida de un hombre negro será decidida por el jurado de este juicio, un puñado de hombres blancos. Pero antes, Atticus dará su alegato final». La acusación no ha presentado ni la más mínima prueba médica de que el crimen que se atribuye a Tom Robinson tuviera lugar jamás. No tengo en el corazón otra cosa que pena por la testigo principal de la acusación, pero mi piedad no llega hasta el punto de admitir que ponga en juego la vida de un hombre, cosa que ella ha hecho
en un esfuerzo por librarse de su propia culpa. La testigo no ha cometido ningún delito. Simplemente ha roto un código de nuestra sociedad, rígido y sancionado por el tiempo. Un código tan severo que todo el que lo desprecia es expulsado de nuestro medio como inadecuado para vivir en nuestra compañía. Ella conocía bien la enormidad de su delito, pero como sus deseos eran más fuertes que el código
que estaba rompiendo, persistió en ello. Persistió y su reacción subsiguiente pertenece a una especie que todos hemos visto en una u otra ocasión. Hizo una cosa que todos los niños han hecho, trató de apartar de sí la prueba de su delito. Pero en este caso no se trataba de un niño escondiendo las galletas comidas. Quiso herir a su víctima. Sentía la necesidad de apartarlo de sí. Había que quitarlo de su presencia, de este mundo. Ella tenía que destruir la prueba de su crimen.¿ Cuál era la
prueba de su crimen? Tom Robinson, un ser humano. La testigo había de alejar de sí a Tom Robinson. Tom Robinson le recordaría todos los días lo que había hecho. Pero,¿ qué hizo? tentar a un negro. Ella es blanca y tentó a un negro. Hizo una cosa que en nuestra sociedad no tiene explicación. Besó a un hombre negro. no a un tío anciano, sino a un hombre negro, joven y vigoroso.¿ Su padre lo vio?¿ Y qué hizo su padre?
No lo sabemos, pero hay pruebas circunstanciales que indican que Mayela Ewell fue golpeada salvajemente por una persona que pegaba casi exclusivamente con la izquierda. Y aquí está Tom Robinson, sentado ante ustedes. Ha prestado juramento con la única mano
buena que posee, la derecha. Los testigos de la acusación se han presentado ante ustedes, caballeros, ante este tribunal, con la cínica confianza de que nadie dudaría de su testimonio, confiados en que ustedes, caballeros, compartirían con ellos la presunción, la maldita presunción, de que todos los negros mienten, de que todos los negros son fundamentalmente inmorales, de que no se puede dejar con el espíritu tranquilo a un negro cerca de nuestras mujeres. Una presunción que uno asocia con
mentes de su calibre, lo dijo señalándolos Ewell. lo cual es una burda mentira. Ustedes saben la verdad, y la verdad es que algunos negros mienten, algunos negros son inmorales, pero esta es una verdad que se aplica a toda la especie humana, y no a una raza en particular de hombres. No hay en esta sala una sola persona que jamás haya mentido, que nunca haya cometido una acción inmoral, y no hay un hombre vivo que siempre haya mirado
a una mujer sin deseo. Una cosa más, caballeros. Antes de que termine, Thomas Jefferson dijo una vez que todos los hombres son creados iguales. Tristemente, sabemos que todos los hombres no son creados iguales en el sentido que algunas personas querrían hacernos creer. Unos son más listos que otros, unos tienen mayores oportunidades porque les vienen de nacimiento, unos hombres ganan más dinero que otros, unas mujeres guisan mejor que otras, algunas personas nacen mucho mejor dotadas que el
término medio de los seres humanos. Pero hay una cosa en este país ante la cual todos los hombres son creados iguales. Hay una institución humana que hace a un pobre igual a un Rockefeller y a un estúpido el igual de un Einstein. Esta institución, caballeros, es un tribunal. Nuestros tribunales tienen sus defectos, como los tienen todas las instituciones humanas. Pero en este país, nuestros tribunales son los grandes niveladores. Y para nuestros tribunales, todos los hombres han
nacido iguales. Confío en que ustedes, caballeros, repasarán sin pasión las declaraciones que han escuchado, tomarán una decisión y volverán a este hombre, a su familia. En nombre de Dios, cumplan con su deber. En nombre de Dios, créanle. Al terminar con estas palabras, el sudor corría por su frente, el temblor de unas manos hace unos minutos firmes aparecía, y el cansancio lo invadía. Pasarían algunas horas para que el jurado volviese y presentara su decisión. El silencio reinó
por unos segundos. Y aunque hubieron muchas palabras más pronunciadas, lo único que Atticus y Tom Robinson llegaron a entender fue culpable. No cambiaría la historia. La mano de un jurado sesgado por los estragos de racismo se cerraría sin piedad frente a los ojos de Tom Robinson. Atticus intentó animarlo.« Apelaré», le dijo.« Tenemos buenas chances de ganar», le dijo. pero no sirvió de nada. De repente, unos días después, Atticus llegó a casa con la mirada extraviada. Algo había pasado.
Decían que Tom Robinson había intentado huir, decían que había corrido, que le habían pedido que parara, y entonces se le había disparado con la intención de herirlo simplemente, pero el disparo falló y acabó con su vida. Aunque no se podría explicar por qué entonces encontraron 18 balas en su cuerpo.« Tenemos buenas probabilidades de ganar», le había dicho Atticus a Tom Robinson.« Que no se desanimara». Habían sido las últimas palabras. Pero él no contaba con que el veredicto final se
daría fuera de un juzgado. Ya cuando todo parecía volver a la normalidad y el juicio de un negro acusado de violación dejaba de ser noticia entre los habitantes de este pueblo, Scott y Jen, camino a casa tras una obra de teatro, se encontraron a Robert Ewell, el padre de la supuesta víctima. Este no había superado los rencores asiáticos. Aún sentía la vergüenza por la que este había hecho
pasar a toda su familia. Arremetió contra ambos niños. Fue Jen quien, procurando defender a Scott, salió gravemente golpeado y en un momento cayó inconsciente. Cuando Scott se dio cuenta de que estaba sola ante el agresor, sintió que alguien más ingresaba en escena. Todo fue muy rápido, pues cuando Scott levantó la vista, solo pudo ver a esta figura borrosa corriendo en dirección a su casa con Jen en brazos.
Al llegar, vio a su hermano en cama y a su padre preguntando si ella estaba bien, qué había pasado y quién era el hombre que había traído a Jen. No lo sé, dijo ella. Ahí está.¿ Por qué no se lo preguntas tú? Detrás de la puerta de la habitación se le pudo ver, inmóvil, atemorizado. Solo una idea pasó por la mente de Scott, y en eso dijo... Hola, Boo. Como si se conocieran hace años. Ella se acercó a él sin temores ya. No era el monstruo que había imaginado.
No habían tijeras en sus manos. No había que temer a Boo Radley. Simplemente era un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Y eso Scott lo había entendido al primer vistazo. Su verdadero nombre es Arthur Radley. El señor Robert Ewell fue hallado muerto. El sheriff y Atticus tenían claro quién había sido el responsable, pero no sabían cómo conllevar la situación. Así que el sheriff dijo,« No hay nada que aclarar, señor Finch. Robert Ewell cayó sobre
su cuchillo. Eso está claro. Ya es hora que dejemos que los muertos entierren a los muertos». Atticus permaneció sentado largo rato, con la mirada fija en el suelo. Finalmente levantó la cabeza. Scott dijo,« Mr. Ewell se ha caído sobre su propio cuchillo.¿ Eres capaz de comprenderlo?»« Sí, señor,
lo comprendo», le respondió Scott. Ella ya estaba cansada de tantas injusticias y recordó que una vez su padre le había hablado de armas y que éstas no debían utilizarse para dañar lo bello de este mundo, como un ruiseñor, que solo están aquí para mejorar nuestra existencia. Ella comprendía que su respuesta en ese momento era un arma, así que repitió,« Lo entiendo, señor. Si no, sería algo así como matar a un ruiseñor». Atticus afirmó lentamente, con una
sonrisa en los labios. Así que se acercó al ruiseñor de esa noche y dijo, gracias Arthur, gracias por mis hijos. Aunque ya todo había acabado, la noche fue larga, con Jen durmiendo un sueño interminable y con Scott entendiendo que la mayoría de las personas son realmente buenas cuando con tiempo y atención te entregas a la labor de observarlas detenidamente. Fin.
