Auviblio presenta El pescador y su alma Escrito por Oscar Wilde Cada tarde, el joven pescador iba al mar y lanzaba sus redes al agua. Cuando el viento soplaba desde la tierra, no pescaba nada, o en el mejor de los casos, muy poco, pues un viento áspero y violento levantaba y producía olas embravecidas. Cuando el viento soplaba desde la costa, en cambio, los peces subían desde las profundidades y se metían en sus redes, y él podía llevarlos al mercado y venderlos. Todas las tardes salía al mar.
Una noche, la red pesaba tanto que apenas pudo subirla a la barca. Entusiasmado, se dijo a sí mismo,« He pescado todo un ejército de peces o he atrapado a un monstruo marino que incluso la reina deseará ver». Tiró con todas sus fuerzas y sus venas, como las líneas azules en las jarras de bronce, se levantaron en sus brazos. Poco a poco fue acercándose al círculo de corchos de la red, que por fin se se elevó hasta la superficie del agua. Pero allí no había ningún pez ni monstruo,
sino una sirenita que dormía profundamente. Su cabellera era un ensortijado de oro mojado, formado por delicadas y finas hebras doradas. Su cuerpo era blanco como el más puro marfil, y su cola era de plata y nácar. por donde el mar se enroscaba en tirabuzones. Sus orejitas eran como conchas marinas y sus labios, perfilados y robustos, auténticos corales marinos. Las olas golpeaban en sus senos ondulados y fríos, y la sal resplandecía sobre sus párpados. Era tan hermosa que,
al verla, el pescador quedó absorto. Luego de acercar la red, se inclinó sobre la borda y la atrajo a sus brazos. Pero no bien la tocó, ella se echó a gritar como una gaviota asustada. Estaba despierta y lo miraba con sus ojos color malva, completamente aterrorizada. Forsajó para escapar, pero él la abrazó y no la dejó marchar. Al verse prisionera del pescador, La sirenita se echó a llorar y dijo,« Déjame ir, te lo ruego. Soy la única hija del
rey que es anciano y está solo». El joven respondió,« Te dejaré marchar con una sola condición. Siempre que te llame, vendrás a cantarme. A los peces les encanta escuchar las canciones marinas». Y así mis redes estarán llenas.¿ Juras que me soltarás si te hago esa promesa? Preguntó la sirena. Sí, te dejaré ir, dijo el joven pescador. Entonces ella hizo la promesa. Quedó pactada con el antiguo juramento de los hijos del mar. Él le soltó los brazos y ella
se sumergió en el agua. presa de un extraño temor. Cada tarde, el pescador iba a mar adentro y llamaba a la sirena, que salía del agua y cantaba para él. Los delfines nadaban a su alrededor y las gaviotas giraban sobre su cabeza. Sus canciones eran maravillosas. Estas contaban las historias de los hombres de mar, que llevaban sus rebaños de cueva en cueva, de gruta en gruta, cargando sus
pequeños animales. También hablaba sobre los tritones, que tienen largas barbas verdes y pechos peludos, y soplan caracolas retorcidas cuando pasa el rey. Sobre el palacio del rey, que está hecho de ámbar y cuyo techo y pavimento son de esmeralda clara. Y cantaba cerca de los jardines del mar, donde los grandes abanicos de coral se balancean el día entero y los peces vuelan como pájaros. Las anémonas cubren las rocas y en la arena amarilla florecen corolas rojas.
Cantó acerca de las grandes ballenas, cuyas inmensas aletas y afilados colmillos descienden desde los mares del norte. De las sirenas, cuyos sensuales cantos perturban tanto a los marineros que, por temor a saltar al agua y ahogarse, tienen que taparse
los oídos con cera. De los barcos hundidos con sus altos mástiles, de los marineros petrificados en los cordeles y jarcias, de las sardinas entrando y saliendo por los cascos abiertos, de los percebes, esos pequeños crustáceos que son auténticos viajeros, pues se aferran a las quillas de los barcos y dan vueltas por el mundo. Y cantó de las sepias, que viven en los acantilados y logran que la noche llegue cuando se les antoja, pues extienden sus largos tentáculos
como sábanas negras. Habló de los náutilos, a quienes el mar otorgó barquillos propios, tallados con ópalo y seda. de los grandes leones marinos con sus colmillos curvados y de los hipocampos de graciosos cuerpos y crines flotantes. Y mientras cantaba, los atunes subían desde las profundidades para escucharla. El pescador echaba sus redes y los atrapaba o los atravesaba con un arpón cuando eran muy grandes. y cuando la barca estaba repleta, la sirena se hundía nuevamente en el reino
de su padre. Sin embargo, no volvió a permitir que el pescador la tocara. Se mantenía alejada, al margen del barco. A menudo él la llamaba y le suplicaba, pero ella se negaba. Y cuando intentaba capturarla, ella se zambullía en el agua y él no volvía a verla en todo el día. Era tan dulce la voz de la sirena que a veces olvidaba sus redes e incluso su embarcación. Los atunes pasaban en bancos, pero él no les prestaba atención. Su arpón se volvió inútil y sus cestas de mimbre
estaban vacías. Boqueabierto y con los ojos maravillados, el pescador se sentaba ocioso en su barco y escuchaba y escuchaba. que las brumas se deslizaban a su alrededor y la luna teñía de plata su cuerpo moreno. Una noche la llamó y le dijo,« Cirena, te amo. Seamos novios». Pero ella negó con la cabeza.« Tienes un alma humana», respondió. Sólo podría ser tuya si te desprendieras de tu alma». El joven pescador pensó,«¿ De qué me sirve mi alma?
No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco. Puedo despedirme de ella y ser feliz». Y de sus labios brotó un grito de alegría. Poniéndose de pie, tendió los brazos a la sirena.«¡ Renuncio a mi alma!» Dijo, serás mía y yo tuyo. Viviremos juntos en las profundidades del mar y me mostrarás esas maravillas que mencionas en tus canciones. Yo haré todo lo que desees y nuestras vidas nunca se dividirán. La sirenita rió alegremente, escondiendo el rostro entre
las manos. Pero,¿ cómo podré desprenderme de mi alma? preguntó el joven pescador. Dime qué debo hacer y lo haré. No lo sé, sollozó la sirenita. Los hijos del mar no tenemos alma. Y mirándolo con nostalgia, se hundió en lo profundo.
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A la mañana siguiente, cuando el sol todavía no se alzaba sobre la colina, el pescador fue a la parroquia y llamó tres veces a la puerta. El monaguillo miró a través del postigo. Al ver de quién se trataba, descorrió el pestillo y le dijo,« Entra». Entró y se arrojó en el suelo y miró al sacerdote, que estaba leyendo la Biblia. Padre, dijo,
estoy enamorado de una hija del mar. Mi alma me impide tenerla conmigo.¿ Cómo puedo desprenderme de ella porque ya no la necesito?¿ Qué valor tiene mi alma para mí? No puedo verla, ni tocarla, y
tampoco la conozco. Y el sacerdote, golpeándose el pecho, respondió,¿ Estás loco o has comido alguna hierba venenosa? El alma es la parte más bella del hombre, y nos fue dada por Dios para usarla noblemente. No hay cosa más preciosa que un alma humana, ni objeto terrenal que pueda compararse con ella. Vale más que todo el oro del mundo, y es más preciosa que los rubíes. Por lo tanto, hijo mío, aparte ese pensamiento de tu cabeza, porque el
solo hecho de considerarlo lo hace un pecado». En cuanto a los hijos del mar y los que hacen negocios con ellos, están perdidos. Son como las bestias del campo, no distinguen entre el bien y el mal. Por ellos no murió nuestro Señor Jesucristo. Al oír estas amargas palabras, los ojos del joven pescador se llenaron de lágrimas. Se levantó y dijo, Padre, Los faunos viven en el bosque y son felices. Los leones del mar reposan en las
rocas de los acantilados. Déjeme ser como ellos, se los suplico, porque sus días son como los días de las flores. En cuanto a mi alma,¿ de qué me sirve si me impide estar con el ser que amo? El amor físico es vil. exclamó el sacerdote frunciendo el ceño.« Y los seres paganos que Dios permite que vaguen por el mundo también son viles y maléficos. Malditos sean los faunos del bosque. Los he oído a veces por la noche, intentando distraerme de mi rosario. Golpean a mi ventana y
se mofan. Susurran a mis oídos sus asquerosas alegrías. Me tientan con sus proposiciones». y cuando quiero rezar me hacen muecas. Están perdidos, perdidos. Para ellos no hay cielo, y nunca podrán alabar el nombre de Cristo.— Padre— dijo el pescador—, no sabe lo que dice. Yo atrapé en mis redes a la hija del rey del mar. Es más hermosa que el lucero del alba, y más blanca que la luna. Por su cuerpo daría mi alma, y por su amor
renunciaría al cielo. Conteste mis preguntas y déjeme ir en paz.—¡ Largo de aquí!— exclamó el sacerdote babeante de ira.—¡ Esa muchacha está perdida, y tú te perderás con ella! Y en lugar de la bendición, Lo expulsó a gritos de la parroquia. El pescador bajó a la plaza. Caminaba despacio y con la cabeza inclinada, afligido. Cuando los comerciantes lo vieron llegar y empezaron a cuchichear. Uno de ellos salió a su encuentro, lo llamó por su nombre y le dijo,«
Es cierto que tienes algo para ofrecer». Vendo mi alma, respondió. Te ruego que la compres. Estoy cansado de ella.¿ De qué me sirve? No puedo verla, tocarla ni conocerla. Los comerciantes se burlaron de él.
De qué nos va a servir el alma de un pescador? Dijeron. No vale ni un cobre. Si quieres podemos comprar tu cuerpo como esclavo. te vestiremos de púrpura y te pondremos un anillo en el dedo. Serás el siervo favorito de la reina.
Pero no menciones el alma. Para nosotros no significa nada ni tiene valor alguno. Y el joven pescador se dijo, qué extraño. El sacerdote dice que el alma vale más que todo el oro del mundo, pero los mercaderes dicen que no vale ni un cobre. Bajó a la orilla del mar y reflexionó sobre lo que debía hacer. Recordó a la vez que uno de sus compañeros le habló de cierta bruja joven, quien habitaba en una caverna al extremo de la bahía. Ansioso, se echó a correr en
dirección de la caverna. Así de desesperado estaba por deshacerse de su alma. Una nube de polvo lo siguió mientras corría alrededor de la arena. La bruja joven adivinó la llegada del pescador por una picazón en la palma de la mano. Liberó entonces su frondosa cabellera roja y se paró en la entrada de la cueva, con una rama de cicuta entre las manos.—¿ Qué necesitas?— dijo ella cuando vio al pescador subiendo por el acantilado.—¿ Quieres peces para tu red a pesar de tener el viento en contra?
Tengo una caña de pescar. Cuando la soplo, las sardinas se aglomeran en la bahía. Pero tiene su precio, joven apuesto, tiene su precio.¿ Qué necesitas?¿ Quieres una tormenta que haga naufragar a los barcos mercantes, para que te quedes con sus tesoros? Tengo más huracanes que el tiempo, porque mi amo es más fuerte que el tiempo. Con un cubo de agua puedo enviar una flota de carabelas al fondo del mar. Pero tiene su precio, muñeco. Tiene su precio.¿
Qué necesitas?¿ Qué te falta? Conozco una flor que crece en el valle. Nadie, excepto yo, la conoce. Es púrpura. Tiene una estrella en el corazón y su jugo es tan blanco como la leche. Si rozas los labios de la reina con esa flor, ella se rendirá a tus pies. Pero tiene su precio, chico bonito. Tiene su precio.¿ Qué necesitas? Puedo machacar a un sapo y hacer sopa con él, removiéndolo con la mano de un muerto. Si le das a beber esta sopa a tu enemigo, se convertirá en
una víbora ponzoñosa. Y su propia madre lo matará.¿ Qué necesitas?¿ Qué te falta? Dime tu deseo y te lo daré.
Pero me tendrás que pagar su precio, galán. Me tendrás que pagar su precio.
Mi deseo es muy sencillo, dijo el joven pescador. Pero hizo enfurecer al sacerdote de la parroquia. Es muy simple, pero los mercaderes se burlaron de mí y me lo negaron. Por eso vengo a conversar contigo, a pesar de que todos dicen que eres malvada. Cualquiera sea tu precio, te lo pagaré. Entonces dime,¿ qué quieres? Preguntó la bruja. Quiero desprenderme de mi alma, respondió el pescador. La bruja palideció y ocultó su rostro en su manto azul.« Hermoso joven», dijo.«
Eso es algo terrible». Pero él sacudió los hombros y se echó a reír.«¿ De qué me sirve mi alma?», respondió.« No puedo verla, no puedo tocarla y no la conozco».«¿ Qué me darás a cambio?», preguntó la bruja mirándolo con sus seductores ojos.« Tengo cinco monedas de oro», dijo él,« y también mis redes, la casa donde vivo y el barco en el que navego. Solo dime cómo desprenderme de
mi alma y te daré todo lo que poseo». Ella se rió burlonamente de él y, golpeándolo con el ramo de cicuta, le dijo,« Puedo convertir las hojas secas en oro. Si quiero». Puedo convertir los rayos de la luna en plata. Mi amo es más rico que todos los reyes del mundo. Si no quieres oro ni plata, dijo el pescador,¿ con qué puedo pagarte? La bruja le acarició el cabello con sus manos blancas y finas. Tendrás que bailar conmigo, muñeco.
murmuró sonriéndole coquetamente.— Sólo bailar contigo— dijo el joven asombrado.— Sólo eso— dijo la bruja. Él respondió.— En cuanto se ponga el sol, donde nadie nos vea, bailaremos juntos. Después de haber bailado, me dirás lo que quiero saber. Ella negó con la cabeza. Cuando salga la luna. Cuando salga la luna. Entonces miró a su alrededor y se puso a escuchar. Un pájaro azul salió chillando desde su nido
y voló en circuito sobre las dunas. La bruja extendió la mano, lo atrajo hacia sí y acercando sus labios le susurró al oído.« Esta noche vendrás a la cima de la colina. Es sábado y mi amo estará allí». El pescador se sobresaltó, la miró y ella mostraba los dientes. Se echó a reír.«¿ Quién es tu amo?», dijo.« Eso no debe importarte», respondió la bruja.« Ven esta noche». y espérame a la sombra del espino blanco. Si intenta morderte un perro negro, golpealo con una vara de sauce y
se irá. Si te habla un búho, no le respondas. Estaré contigo cuando la luna llegue al cenit, y bailaremos juntos sobre la hierba.— Pero,¿ juras decirme cómo podré desprenderme de mi alma?— preguntó. Ella se puso al sol y el viento agitó sus cabellos rojos.« Lo
juro por las pezuñas de la cabra»,
dijo.« Eres la mejor de las brujas», exclamó el pescador.« Esta noche bailaré contigo en la cima de la colina. Hubiera preferido darte oro o plata, pero por poco que sea tu precio, lo tendrás». Se quitó la gorra hizo una reverencia y salió corriendo hacia la ciudad, exultante de alegría. La bruja lo observó mientras se iba. Cuando desapareció de su vista, entró en su cueva. Sacó un espejo de una caja de cedro tallado, lo colocó sobre un marco
y quemó un manojo de hierbas sobre carbón encendido. Miró a través de las espirales del humo. Al cabo de un rato, apretó las manos con rabia y se dijo,« Debió entregarse a mí. Soy tan hermosa como ella». Y aquella tarde, cuando salió la luna, el pescador subió a la cima de la colina y se detuvo bajo la sombra del espino. El mar se extendía a sus pies como una brea de mar pulido, y las sombras de
los barcos pesqueros parpadeaban en la pequeña bahía. Un gran búho, de ojos afiebrados y sulfurosos, lo llamó por su nombre, pero él no le respondió. Un perro negro le gruñó y quiso morderlo, pero él lo golpeó con una vara de sauce y huyó gimoteando. A medianoche, las brujas volaron por los aires como murciélagos.«¡ Aquí hay alguien que no conocemos!» gritaban.—¡ Alguien nuevo! Olfatearon y charlaron entre sí. La última en llegar fue la joven bruja, con sus cabellos rojos al viento.
Llevaba un vestido dorado, bordado con ojos de pavo real, y en la cabeza un gorro de terciopelo verde.—¿ Dónde está?¿ Dónde está?— gritaron las brujas al verla. Ella se limitó a reír, Corrió hacia el árbol y sujetando al pescador de la mano, lo llevó a bailar a la luz de la luna. Dieron vueltas y vueltas. La joven bruja saltaba tan alto que el pescador podía ver los tacones escarlata de sus zapatos. Entonces, por encima del tumulto de
sus pisadas, se escuchó galopar un caballo. El joven pescador sintió miedo pues no vio ningún caballo.—¡ Más rápido!— gritó la bruja, abrazándolo por el cuello y bañando su rostro con su cálido aliento.—¡ Más rápido!¡ Más rápido!— gritó, y la tierra pareció girar bajo los pies del pescador. Su cerebro daba vueltas y un gran terror se apoderó de él, como si lo estuviera observando algo maligno. Por fin advirtió que al pie de una roca Había una figura que
antes no estaba allí. Era un hombre vestido con un traje de terciopelo negro, a la manera española. Su rostro era pálido, pero sus labios parecían una orgullosa flor roja. Parecía cansado. Estaba apoyado en la roca, manipulando el pomo de su daga. A sus pies, en la hierba, había un sombrero emplumado y y un par de guantes de montar, bordados con hilos de oro. Un abrigo de pieles colgaba de sus hombros y sus delicadas manos estaban adornadas con anillos.
Los pesados párpados caían sobre sus ojos. El joven pescador no podía dejar de observarlo, como si estuviera hechizado por esa figura. Al fin se encontraron sus ojos. que parecían seguirlo mientras bailaba. Oyó que la bruja reía, y entonces la sujetó por la cintura y la hizo girar. Un perro aulló en el bosque y las brujas se detuvieron. Subieron de dos en dos para arrodillarse y besar las manos del hombre. Este la recibía con una sonrisa cansada, quebrada,
como el ala de un ave herida. Había desdén en ella. Sus ojos seguían fijos en el joven pescador.«¡ Ven!¡ Vamos a adorarlo!», susurró la bruja, y lo condujo hacia la roca. El pescador sintió un gran deseo de hacer lo que le pedía y la siguió. Pero cuando estuvo cerca del hombre, sin saber por qué, hizo la señal de la cruz e invocó a Cristo. Apenas lo hizo, las brujas chillaron como halcones y se echaron a volar. Y el hombre de pálido rostro se contrajo con un espasmo de dolor.
De inmediato se internó en el bosquecillo y silbó. Un corcel plateado salió a su encuentro. Cuando saltó a la silla, se volvió y miró tristemente al joven pescador. La bruja pelirroja también trató de huir, pero el pescador la sujetó de las muñecas y la retuvo.—¡ Suéltame!— gritó.—¡ Déjame ir! Has nombrado lo que no debe ser nombrado y has hecho el signo que no debe hacerse.— No— respondió él—, no te dejaré ir hasta que me hayas dicho el secreto.—¿
Qué secreto? dijo la bruja forcejeando como un gato salvaje. Lo sabes muy bien, dijo el pescador. Pídeme cualquier cosa menos eso, dijo ella. La sujetó con más fuerza y al ver que no podía liberarse, la bruja susurró.¿ Acaso no soy tan bella como las hijas del mar? tan seductora como las que viven bajo las aguas azules. Él la empujó y dijo, Si no cumples tu promesa, te mataré por ser una bruja falsa y mentirosa. Ella adquirió el color de una hoja seca y se estremeció.
De acuerdo,
dijo. Es tu alma y no la mía. Haz con ella lo que quieras. y sacó de su vestido un pequeño cuchillo, cuyo mango era de piel de víbora. Lo puso en sus manos.—¿ Para qué me servirá esto?— le preguntó. Guardó silencio unos instantes y una expresión de terror se dibujó en su rostro.— Lo que los hombres llaman la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Ve a la orilla del mar, dale la espalda a la luna y con este cuchillo
corta desde tus pies tu sombra. Así te desprenderás de tu alma. Debes ordenarle que se vaya y así lo hará. El pescador se alegró. Es verdad lo que me dices, dijo. Es verdad, dijo la bruja. y ojalá nunca te lo hubiera contado. Se aferró a sus rodillas y comenzó a llorar. Él la apartó y la dejó recostada en la hierba. Se guardó el cuchillo en el cinturón y comenzó a descender. Entonces su alma, que estaba dentro de él, lo llamó y le dijo, He morado contigo todos estos años y
he sido tu siervo. No me alejes ahora de ti.¡ Qué mal te he hecho! El joven pescador se echó a reír. No me has hecho ningún mal, pero ya no te necesito, respondió. El mundo es ancho, hay cielo e infierno, y esta enorme casa crepuscular en medio. Ve a donde quieras, pero no me molestes, porque mi amor me está llamando. Su alma volvió a suplicarle, pero él no le hizo caso. Saltó de peñasco en peñasco como una cabra salvaje y llegó a la orilla amarilla del mar.
Erguido y bronceado, como una estatua griega, se paró sobre la arena mojada, de espaldas a la luna. De la espuma surgían brazos blancos que le hacían señas y de las olas surgían formas indecisas. Delante de su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detrás de él, en el aire, colgaba una luna color miel. Su alma le dijo,« Si en verdad vas a desprenderte de mí, no me quites el corazón. El mundo es cruel. Dame
tu corazón para que me lo lleve conmigo». El pescador la dio la cabeza y sonrió.¿ Con qué voy a amar a mi amor si te doy mi corazón? Dijo. Ten piedad, dijo su alma. El mundo es muy cruel y tengo miedo. Mi corazón le pertenece a ella, respondió. Es hora de que te vayas.¿ Y acaso yo no tengo derecho a amar? preguntó su alma.—¡ Vete ya!— gritó él.—¡ No te necesito más! Entonces empuñó el cuchillo y cortó la sombra alrededor de sus pies. La sombra, como un
pedazo de tela, se levantó. Era idéntica a él. Dando un paso atrás, el pescador volvió a guardar el cuchillo en el cinturón. Un profundo temor invadió las comisuras de su ser.« Vete, por favor», susurró.« No quiero ver tu rostro nuevamente».« Lo siento, pero tendremos que volver a vernos», dijo su alma. Su voz era grave y llorosa y sus labios apenas se movían.«¿ Por qué tendríamos que encontrarnos de nuevo?» dijo el pescador.¿ Me seguirás a las profundidades
del mar? Todos estos años vendré a este mismo lugar y te llamaré, dijo el alma. Puede ser que me necesites.¿ Para qué te necesitaría? protestó el joven pescador. En fin, haz lo que quieras. Y se zambulló en las aguas. Los tritones hicieron sonar sus cuernos y la sirenita salió a su encuentro. Lo envolvió con sus brazos y unió sus labios con los del pescador. Y el alma se detuvo en la playa solitaria y los observó. Y cuando
se hundieron en el mar, se alejó llorando. Pasado un año, el alma bajó a la orilla y llamó al joven pescador, quien emergió de las profundidades.¿ por qué me llamas? Dijo. Y el alma respondió, deseo hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas. Se acercó, se recostó en el agua, apoyó la cabeza y escuchó. Y el alma entonces le dijo, cuando me dejaste, busqué el oriente y viajé. Del oriente viene toda la sabiduría. Viajé seis días y en la mañana del séptimo día llegué a una colina, en el
país de los tártaros. Me senté en la sombra de un árbol. La tierra estaba seca y sometida por el calor. La gente iba y venía por la llanura, y parecían moscas dando vueltas sobre un disco de cobre. A mediodía, una nube de polvo rojo se levantó de la llanura. Al verla, Los tártaros tensaron sus arcos y montaron sus caballos, salieron al galope. Las mujeres huyeron gritando y se escondieron tras las cortinas de fieltro de sus casas. Los tártaros
regresaron al anochecer. Estaban heridos y cinco de ellos murieron. Alistaron sus caballos y se alejaron a toda prisa. Tres chacales salieron de una cueva y los miraron. Luego alfatearon el aire y trotaron en dirección opuesta. Cuando salió la luna, una hoguera brillaba en la llanura. Me dirigí hacia ella. Unos comerciantes estaban sentados sobre largas alfombras. Sus camellos rumiaban detrás de ellos y sus esclavos negros estaban levantando tiendas
sobre la arena. Al acercarme, El jefe de los comerciantes se levantó, desvainó su espada y me preguntó por mis negocios. Le conté que era un príncipe que había escapado de los tártaros, que estuvieron a punto de convertirme en su esclavo. El hombre sonrió y me mostró cinco cabezas amarradas a unas cañas de bambú. Me preguntó quién era el verdadero profeta de Dios, y yo le respondí que Mahoma. Cuando oyó el nombre, se inclinó, tomó mi mano y me sentó a su lado. Luego un esclavo me trajo leche
de yegua y un trozo de cordero asado. Emprendimos nuestro viaje al amanecer. Yo cabalgaba en un caballo al lado del jefe, al frente de una larga caravana. Los hombres llevaban espadas y las mulas cargaban la mercancía. Había cuarenta camellos y el doble de mulas. Del país de los tártaros pasamos al misterioso país de los que maldicen la luna. Vimos peludos grifos guardando su oro en las rocas blancas.
Ya dragones escamosos durmiendo en sus cavernas. Ascendimos por las montañas conteniendo la respiración por si la nieve se desmoronaba sobre nosotros. Al cruzar los valles, los pigmeos nos bañaron con sus flechas desde los árboles y por la noche oímos el febril candor de los salvajes. Llegamos a la tierra de los monos y al ofrecerles fruta y otros regalos, nos dejaron pasar. Cuando llegamos a la tierra de las serpientes, les dimos leche y sangre caliente en vasijas de bronce
y también nos dejaron pasar. Tres veces llegamos a orillas del Oxus. Lo cruzamos en balsas de madera y piel curtida, mientras los caballos del río trataban de matarnos. Igual que los camellos, temblamos y apuramos el paso. Los reyes de cada ciudad nos cobraban peaje, pero nunca nos abrían sus puertas principales. Nos arrojaban pan por encima de las murallas, maíz cocido con miel, y dátiles rellenos de centeno. Cuando los aldeanos nos veían llegar, envenenaban los pozos y huían
a las colinas. Luchamos contra los magdenses, que nacen ancianos y cada año se hacen más jóvenes, hasta morir con la apariencia de bebés recién alumbrados. Contra los lactros, que dicen ser hijos de tigres y pintan sus cuerpos de amarillo y negro. contra los aurantes, que entierran a sus muertos en las copas de los árboles y viven en las sombras para que el sol, su dios, no los asesine. Y luchamos contra los crimans, que adoran a los cocodrilos,
a quienes alimentan con mantequilla y jarabes verdes. Un tercio de nuestra caravana murió luchando, y otro tercio murió de hambre. El resto murmuraba en mi contra y decían que les había traído mala suerte. Cogí una víbora cascabel de debajo de una piedra y dejé que me mordiera. Cuando vieron que no me pasaba nada, comenzaron a temerme. Tras cuatro meses de viaje, llegamos a la ciudad de Hillel. Era
una noche cerrada y el aire ardía. Cogimos las granadas maduras de un árbol, Las rompimos y bebimos sus dulces jugos. Luego nos tumbamos y esperamos el amanecer. Nos levantamos y llamamos a los portones de la ciudad. Eran de bronce y tenían tallados unos dragones marinos. Los guardias nos miraron desde las murallas y preguntaron qué queríamos. Respondimos que veníamos desde la isla de Siria y traíamos ricas mercancías. Ellos
dijeron que nos abrirían la puerta a mediodía. A la hora pactada, abrieron la puerta y la gente salió en tropel para vernos entrar. Un pregonero recorrió la ciudad anunciando nuestra llegada. Nos detuvimos en el mercado, mientras los esclavos
desanudaban los fardos de telas y abrían los cofres. Cuando terminaron su tarea, Expusimos nuestras extrañas mercancías, lino encerado de Egipto, pinturas y telas etíopes, esponjas púrpuras de tiro, azules correas de sidón y copas de ámbar frío y fina arcilla quemada. Un grupo de mujeres nos observaba desde los tejados, detrás de sus máscaras de cuero dorado. Primero vinieron los sacerdotes. quienes nos compraron muchas mercancías. Luego vinieron los nobles y
finalmente los esclavos. Esta era la costumbre con todos los mercaderes que visitaban la ciudad. Permanecimos allí toda una luna. Cuando esta menguaba, me cansé y deambulé por las calles de la ciudad. Llegué entonces al jardín de su Dios. Los sacerdotes, envueltos en sus túnicas amarillas, pululaban entre los árboles alrededor de una casa rosada. Sus puertas eran de áurea laca, con grabados de toros y pavos reales. El tejado de verde porcelana marina y en los aleros tintineaban
frágiles campanillas. Cuando las palomas pasaban volando, rozaban las campanillas y las hacían tintinear dulcemente. Uno de los sacerdotes me preguntó qué deseaba. Le respondí que quería ver al Dios.« El Dios se ha ido de cacería», dijo el sacerdote.« Dime a qué bosque se ha ido», repuse,« pues quiero cabalgar con él». El sacerdote alisó su túnica con las uñas y respondió,« El Dios está durmiendo». Dime dónde y velaré su sueño. Respondí. El dios está en una fiesta,
dijo el sacerdote. Si el vino es dulce, beberé con él, respondí. Y si es amargo, también lo haré. El sacerdote asombrado tomó mi mano y me condujo al templo. En la primera cámara había un ídolo sentado en un trono. Estaba tallado en ébano y tenía el tamaño de un hombre. Un rubí brillaba en su frente, y a sus pies, que estaban enrojecidos por la sangre, había un cordero recién degollado. Le pregunté al sacerdote,«¿ Este es el Dios?». Él me respondió,«
Este es el Dios». Enséñame al verdadero Dios, grité, o te mataré. Y toqué sus ojos, que quedaron ciegos de inmediato. El sacerdote imploró, Cúbreme, mi señor, y le mostraré al Dios. Le soplé los ojos y recobró la vista. Temblando de pavor, el sacerdote me llevó a una tercera estancia. Allí, para mi sorpresa, No había ídolo ni imagen alguna, sino solamente un espejo redondo, un espejo de metal, colocado encima de un altar de piedra. Y le dije al sacerdote,¿ dónde
está el Dios? Y él me respondió, no hay más Dios que este espejo. Este es el espejo de la sabiduría, que refleja todas las cosas que están en el cielo y en la tierra, excepto el rostro de quien se mira en él. No lo refleja para que el que mire se convierta en sabio. Hay muchos otros espejos, pero son espejos de la opinión. Sólo éste es el espejo de la sabiduría, y quienes lo poseen saben y ven todo. y no hay nada que se les oculte. Quienes no lo poseen no obtienen la sabiduría. Este es el Dios
al que adoramos. Miré el espejo, y era tal como me había dicho el sacerdote. Hice entonces una cosa extraña. No viene el caso que te lo diga, pero en un valle que está a solo un día de camino de aquí, escondí el espejo de la sabiduría. Permíteme entrar de nuevo en ti y ser tu siervo, y serás más sabio que todos los sabios. La sabiduría será tuya. El pescador joven se echó a reír. El amor es mejor que la sabiduría, dijo, y la sirena me ama. No hay nada mejor que la sabiduría, dijo el alma.
El amor es mejor, repitió el joven pescador y se sumergió en el agua. El alma se alejó llorando entre los pantanos. Al segundo año, el alma descendió a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Este emergió de las profundidades y dijo,¿ Por qué me llamas? Y el alma respondió, acércate. Quiero hablar contigo, pues he visto cosas maravillosas. El joven se acercó, se tumbó, y apoyando la cabeza en la mano, escuchó. Y el alma dijo entonces. Cuando me dejaste, busqué el sur y viajé. De allí
viene todo lo que es precioso. Recorrí los polvorientos caminos peregrinos y y llegué a la ciudad de Ashter. Al séptimo día alcé mis ojos, y la ciudad estaba a mis pies, en medio de un robusto valle. Hay nueve puertas en esta ciudad. Delante de cada puerta hay un caballo que relincha cuando los beduinos bajan de las montañas. Las murallas están revestidas de cobre y las torres de bronce. En cada torre hay un arquero armado. Al amanecer golpea
un gong y al atardecer sopla un cuerno. Cuando quise entrar, los guardias me detuvieron y me preguntaron quién era. Respondí que me dirigía a la Meca, donde estaba el velo verde en el que los ángeles bordaron las letras plateadas del Corán. Se quedaron maravillados y me rogaron que pasara. Dentro de esta ciudad todo es un bazar. Debiste haber estado conmigo. En las callejuelas, los farolitos de papel revoloteaban como grandes mariposas. Cuando el viento sopla sobre los tejados,
las mariposas suben y bajan como burbujas pintadas. Los mercaderes se sientan sobre alfombras de seda, llevan barbas negras y sus turbantes están cubiertos de lentejuelas doradas. hilos de ámbar y piedras de melocotón. Algunos vendían gálbano y nardo, y otros ofrecían curiosos perfumes provenientes del mar Índico. Cuando uno se detiene a hablarles, arrojan pizcas de incienso sobre un bracero y dulcifican el aire. Vi a un sirio que
sostenía una vara delgada. De ella salían hilos grises de humo, y su olor, al arder, Era como el de la almendra rosada. Otros vendían brazaletes de plata con turquesas incrustadas, tobilleras bordeadas de perlitas, garras de tigre engastadas en oro, pendientes de esmeralda y anillos de jade. De los fumaderos de opio llega el sonido de las mandolinas y los clientes pálidos y sonrientes miran arrobados a los transeúntes. debiste
haber estado conmigo. Los vendedores de vino se abren paso entre las multitudes, llevando en los hombros inmensos odres repletos. La mayoría vende vino de chirás, que es dulce como la miel. Lo sirven en copas de metal y lo cubren con rosas. En la plaza del mercado están los fruteros, que venden toda clase de manjares. Higos de carne morada y magullada, sidras y manzanas brillantes, racimos de uvas blancas y naranjas de oro rojo. Una vez vi pasar un elefante.
Tenía la trompa pintada de vermelón y sobre las orejas llevaba una red de seda carmesí. Se detuvo frente a una de las tiendas y empezó a comerse las naranjas. Y el dueño no hizo más que reírse.¡ Qué gente tan curiosa! Cuando están contentos, compran un pájaro enjaulado y lo liberan para sentirse más alegres. Cuando están tristes, compran espinas y se azotan para sentir más dolor. Una noche
vi que unos esclavos llevaban una litera en andas. Estaba hecha de bambú y los mástiles eran de laca dorada. En la ventana colgaban finas cortinas de muselina. bordadas con diminutas perlas de semilla. Al pasar delante de mí, alguien se asomó entre las cortinas y me sonrió. Lo seguí, y los esclavos, frunciendo el seño, apresuraron sus pasos, pero no me importó. Sentía una gran curiosidad. Se detuvieron ante una casa blanca. No tenía ventanas, solo una puerta pequeñísima.
Bajaron la litera y golpearon tres veces. Un armenio vestido con caftán de cuero se asomó a la mirilla y al verlos abrió la puerta. Extendió una alfombra en el suelo y entonces la persona salió. Antes de entrar volvió a sonreírme. Nunca había visto a nadie tan pálido. Al anochecer volví y busqué la casa, pero ya no estaba allí. Entonces supe quién era esa persona y por qué me había sonreído. Debiste haber estado conmigo. En la fiesta de la luna el emperador salió de su palacio y entró
en la mezquita. Llevaba el cabello y la barba teñidos de rosa y sus mejillas estaban empolvadas de polvo de oro. Salía de su palacio con un manto de plata y al regresar, de noche... Llevaba un manto de oro. Ante su presencia la gente se arrojaba al suelo y ocultaba sus rostros, pero yo me negué a hacerlo. Me quedé junto al puesto de un vendedor de dátiles y esperé. Cuando el emperador me vio, levantó sus cejas y se detuvo.
Yo permanecí inmóvil y no hice ninguna reverencia. La gente se sorprendió de mi osadía y me aconsejó escapar de la ciudad. No les hice caso. Fui a sentarme con los vendedores de imágenes y dioses extranjeros, que son abominados por su oficio. Cuando les conté lo que había hecho, cada uno me regaló un dios y me rogó que me alejara. Aquella noche, mientras descansaba en un fumadero de opio, Entraron los guardias del emperador y me condujeron a palacio.
Cuando entré cerraron las puertas con cadenas. Un gran patio de arcadas se extendió ante mis ojos. Las paredes eran de alabastro blanco salpicado de azulejos verdes. Los pilares eran de mármol y el pavimento de fina laja. Nunca había visto nada igual. Cuando atravesé el patio, dos mujeres se asomaron desde un balcón y me maldijeron. Los guardias avanzaron y sus lanzas resonaron sobre el piso. Abrieron una puerta de marfil y me encontré frente a un colorido jardín.
Estaba sembrado de tulipanes, belloritas y aloes plateados. Los cipreses parecían antorchas encendidas y en uno de ellos cantaba un ruiseñor. Al final del jardín había un pabellón. Cuando nos acercamos, doce hunucos salieron a nuestro encuentro. Sus gordos cuerpos se balanceaban al caminar y me miraban con curiosidad. Uno de ellos llamó al jefe de los guardias y le susurró algo en voz baja. El otro masticaba caramelos perfumados que
extraía de una caja de esmalte lila. Al cabo de un rato, El jefe de los guardias despidió a los soldados. Volvieron a palacio mientras los eunucos lo seguían. Antes de desaparecer, uno de ellos se volvió y me sonrió con maldad. Entonces el capitán de la guardia me señaló el pabellón. Caminé, aparté la pesada cortina y entré. El joven emperador estaba tumbado en un diván dorado. Tenía un águila posada en la muñeca. Detrás de él, un hermoso adolescente, desnudo hasta
la cintura y con pesados pendientes. Cargaba una botella de vino. Sobre una mesa junto al diván había una poderosa correa de acero. Cuando el emperador me vio, frunció el seño y me dijo,¿ Cómo te llamas?¿ No sabes que soy el emperador de esta ciudad? pero yo no respondí. Señaló la correa y el adolescente la cogió. Entonces la agitó con gran violencia sobre mí. La hoja me atravesó sin causarme ningún daño. El adolescente cayó desplomado al suelo y
cuando se levantó aún le temblaban los dientes. Se escondió detrás del sofá. El emperador se levantó de un salto, y cogiendo una lanza me la arrojó. La atrapé en su vuelo y la rompí en dos. Me disparó una flecha, pero levanté las manos y ésta se detuvo en el aire. Luego sacó una daga y apuñaló al adolescente para que éste no contara su deshonra. El joven se retorció como una serpiente y de sus labios brotó una espuma roja.
En cuanto murió, el emperador me miró y, secándose el sudor de la frente, me dijo,¿ Eres acaso un profeta al que no pueden herir las flechas ni lanzas? Te lo ruego, abandona mi ciudad esta misma noche. Mientras estés aquí, ya no soy su señor. Yo le respondí, dame la mitad de tu tesoro y me iré. Me tomó de la mano y me llevó al jardín. Al verme con vida, el capitán de la guardia se asombró. Cuando me vieron los eunucos, palidecieron y se echaron a temblar como puercos
en el matadero. Hay una cámara en el palacio, hecha a base de impermeable pórfido rojo. El emperador tocó una de las paredes y ésta se abrió al instante. Pasamos a un corredor iluminado con muchas antorchas. En cada lado había grandes tinajas repletas de plata. Cuando llegamos al centro del corredor, el emperador pronunció una palabra que no debe pronunciarse, y una puerta de granito se cerró tras nosotros. No
podía creer lo maravilloso que era ese lugar. Había enormes conchas de tortuga bañadas de perlas y piedras lunares apiladas con rubíes rojos. El oro se guardaba en cofres de piel de elefante y el polvo de oro en frascos de vidrio. Las esmeraldas verdes estaban dispuestas sobre finas placas de marfil y en una esquina había sacos de seda egipcia. Los cuernos de marfil estaban amontonados junto a las amatistas y calcedonias.¡ Era asombroso! Sin embargo, solo te he contado
una décima parte de lo que había allí. El emperador me dijo,« Este es mi tesoro. La mitad es tuyo, tal como te lo prometí. Te daré camellos y hombres». y ellos te ayudarán a llevar el tesoro a cualquier parte del mundo que elijas. Debes irte esta misma noche, pues no quiero que al salir la luz mi padre vea que hay un hombre más poderoso que yo». Yo le respondí,« Puedes quedarte con este gran tesoro, no lo necesito. No tomaré de ti más que el pequeño anillo que
llevas en la mano». Y el emperador frunció el ceño y dijo,« No es más que un anillo de cobre. No tiene ningún valor. Toma tu mitad del tesoro y vete de mi ciudad».« No», respondí.« Sólo me llevaré ese anillo de cobre. Sé lo que está escrito en él y con qué propósito». Temblando, el emperador se arrodilló y me dijo,« Toma todo y vete de mi ciudad. Mi
mitad ahora es tuya». Entonces hice algo extraño. No viene al caso que te lo diga, pero a escasa distancia de este lugar, en una cueva secreta, escondí el anillo de las riquezas.« Sólo espera tu llegada», Quien posee este anillo se volverá más rico que todos los reyes del mundo. Tómalo, y haz que todas las riquezas del mundo sean tuyas. Pero el joven pescador volvió a reírse. El amor es mejor que todas las riquezas, dijo. Y la sirenita me ama. No hay nada mejor que la riqueza, repuso el alma.
El amor es mejor, respondió el joven pescador y se sumergió en las profundidades. Entre lágrimas, el alma se alejó por los pantanos. Al tercer año, el alma volvió a descender a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Este emergió de las profundidades y dijo,¿ Por qué me llamas? Y el alma respondió, acércate, quiero hablar contigo, he visto cosas maravillosas. Se acercó, se tumbó en el agua y
apoyando la cabeza en la mano, escuchó. Entonces el alma le contó, hay una ciudad que conozco posada junto a un río. Me senté allí y junto a unos marineros que bebían vinos de diferentes colores, y comían pan de cebada y pejerreyes servidos en hojas de laurel con vinagre. Mientras estábamos sentados y nos divertíamos, entró un anciano. Llevaba una alfombra de cuero y una mandolina de ámbar. Extendió la alfombra en el piso y rasgó con una pluma
las cuerdas de su instrumento. Entonces una muchacha, cuyo rostro estaba oculto por un velo, entró corriendo y comenzó a bailar ante nosotros. Desnudos estaban sus pies y se movían sobre la alfombra como pequeñas palomas blancas. Nunca he visto nada tan maravilloso. La ciudad en la que baila está a un día de camino de aquí. Cuando el joven pescador oyó estas palabras, recordó que la sirena no tenía pies ni sabía bailar. Una gran ansiedad se apoderó de él. Pensó,«
Sólo está a un día de viaje. Luego podré volver con mi amor». Entonces se puso de pie y avanzó hacia la orilla. Cuando llegó a la arena seca, extendió los brazos a su alma. Esta dio un gran grito de júbilo y corrió a su encuentro. Entró en él y el joven pescador vio delante, sobre la arena, esa sombra saliendo de su cuerpo. Su alma le dijo,« Vayamos de inmediato, los hijos del mar son celosos y tienen monstruos que podrían herirnos». Se apresuraron y toda aquella noche
caminaron bajo la luna. Al día siguiente avanzaron bajo el sol y al atardecer llegaron a una ciudad. El joven pescador preguntó a su alma,«¿ Esta es la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?».« No esta ciudad, sino otra», dijo su alma.« Sin embargo, entremos». Entraron y recorrieron las calles. Al pasar por el barrio de los joyeros, el joven pescador vio una hermosa copa de plata expuesta en una vitrina. Su alma le dijo,« Toma esa copa
y escóndela». Así que tomó la copa y la escondió en su túnica. Salieron apresuradamente de la ciudad. Cuando se alejaron, el joven pescador frunció el ceño, arrojó la copa y dijo a su alma,¿ Por qué me dijiste que cogiera esta copa y la escondiera? Esa es una acción vil».« Tranquilo, tranquilo», respondió su alma. Al segundo día llegaron a una ciudad. El joven pescador dijo a su alma,«¿ Es esta la ciudad donde baila esa muchacha de la que me hablaste?».
Y su alma respondió,« No esta ciudad, sino otra». Sin embargo, entremos. Entraron y recorrieron las calles. Al pasar por el barrio de los vendedores de sandalias, el joven pescador vio a un niño junto a un cántaro de agua y su alma le dijo, golpea a ese niño. El pescador golpeó al niño y éste se echó a llorar. Luego salieron apresuradamente de la ciudad. Cuando se alejaron lo suficiente, el joven pescador se enfureció y dijo,¿ Por qué me dijiste que golpeara al niño?¡ Ese es un acto perverso! Su
alma le respondió, Tranquilo, tranquilo. Al tercer día, llegaron a una ciudad y el joven pescador dijo a su alma, Es esta la ciudad donde baila la muchacha de la que me hablaste. Y su alma le respondió. Puede ser que esté en esta ciudad. Entremos. Entraron y recorrieron las calles, pero el joven pescador no vio el río ni la posada de la que habló su alma. La gente lo miraba con curiosidad y él se sintió asustado. Vámonos de aquí. dijo a su alma. La muchacha de pies descalzos no
está aquí. Pero su alma respondió. No, esperemos. La noche es peligrosa y habrá ladrones en el camino. Así que se sentó en la plaza del mercado y descansó. Al cabo de un rato pasó por allí un mercader encapuchado. Llevaba una linterna adherida al extremo de una caña de bambú. El mercader le dijo,¿ por qué te sientas en la
plaza del mercado si las tiendas ya están cerradas? No encuentro posada en esta ciudad, respondió el pescador, y no tengo parientes que puedan albergarme.¿ Es que acaso no somos todos hermanos? respondió el mercader. No nos creo un mismo Dios. Acompáñame, tengo un cuarto para invitados. El joven pescador siguió al mercader hasta su casa. Atravesaron el jardín y el mercader le trajo para que se lavara las manos un plato con agua de rosas. A un costado colocó melones, arroz
y un trozo de cordero asado. Cuando terminó de comer, el mercader lo condujo al cuarto de invitados y le señaló una cama donde podría dormir. El joven pescador le dio las gracias, se recostó y se quedó dormido. Tres horas antes del amanecer, cuando aún estaba oscuro, su alma lo despertó y le dijo, Levántate y ve a la habitación del mercader. Mátalo y róbale su oro, porque lo necesitamos. El joven pescador se levantó. Se acercó a la habitación del mercader y vio que al lado de la cama,
en una bandeja, habían unas cuantas monedas de oro. Extendió la mano y tocó la espada. Pero el mercader se sobresaltó y despertó. Se levantó de un salto, sujetó la espada y gritó.—¡ Devuelves con sangre la bondad que te he ofrecido! Su alma le susurró.—¡ Golpéalo! y el pescador golpeó al mercader hasta dejarlo muerto. Tomó entonces las monedas de oro y huyó por el jardín. Cuando se alejaron de la ciudad, el pescador se golpeó el pecho y dijo a su alma,«¿ Por qué me has ordenado matar
al mercader y robarle su oro? Eres el ser más perverso que existe». Pero su alma le respondió,« Cálmate». Cálmate. No, gritó el joven pescador. No puedo tranquilizarme. Detesto todo lo que me has obligado a hacer y te detesto a ti. Quiero que me expliques por qué me has obligado a actuar de esta manera. Su alma respondió. Cuando te desprendiste
de mí, me dejaste sin corazón. Por eso... Aprendí a hacer estas cosas.—¿ Qué dices?— dijo el pescador.— Sabes a lo que me refiero— respondió su alma.— Lo sabes muy bien.—¿ Has olvidado que me dejaste sin corazón?— No te inquietes y no me inquietes a mí. Tranquilízate. No hay dolor que no puedas evitar. ni placer que no puedas conseguir».
Cuando el joven pescador oyó estas palabras, se puso a temblar.« Eres un ser perverso y malvado», dijo.« Me has seducido con tus tentaciones y has puesto mis pies en la senda del pecado». Su alma respondió.« Has olvidado que no tengo corazón».« Ven, vayamos a otra ciudad y disfrutemos del oro que hemos conseguido». Pero el pescador cogió las monedas y las arrojó al suelo.«¡ No!», gritó.« No quiero tener nada que ver contigo, ni viajaré más en tu compañía.
Así como te expulse antes, así te expulso ahora, pues no me has hecho ningún bien». Se volvió de espaldas a la luna. Sujetó el cuchillo que le dio la bruja y trató de recortar desde sus pies esa sombra del cuerpo. Sin embargo, su alma no se apartó de él ni obedeció su orden.« El hechizo de la bruja ya no te sirve», dijo.« Ya no puedo dejarte, ni tú puedes echarme».« Sólo una vez en la vida un hombre puede separarse de su alma», Aquel que la ha
recibido de nuevo tiene que conservarla consigo para siempre. Este es tu castigo y tu recompensa. El joven pescador apretó las manos y gritó.—¡ Esa era una bruja mentirosa!¡ Ella no me dijo eso!— No— respondió su alma. Pero ella era fiel a su amo. Cuando el joven pescador supo que ya no podía deshacerse de su alma, que ahora era maligna y despreciable, se echó a llorar amargamente. Cuando amaneció, el pescador se levantó y dijo,« Amarraré mis manos para
no cumplir tus órdenes. Cerraré mis labios para no pronunciar tus palabras. Luego volveré al lugar donde habita la mujer que amo». Volveré al mar, a la pequeña bahía donde suele cantar. La llamaré y le contaré mis pecados y los males que me has hecho.—¡ Qué cosa extraordinaria tiene tu amada!¿ Para qué quieres volver con ella?— dijo su alma.— Hay muchas mujeres en el mundo, mujeres más hermosas. Están las bailarinas de Samarís, quienes se mueven imitando a los cisnes.
Tienen pies finos y en las manos llevan cascabeles de cobre. Ríen mientras bailan y su risa es tan diáfana como el agua. Ven conmigo y te las mostraré.¿ Por qué te preocupas por esas cosas que consideras pecados?¿ Acaso la vida no está hecha para disfrutar los manjares de la naturaleza, Las bebidas dulces acaso son veneno. No te angusties y ven conmigo a otra ciudad. Hay una pequeña ciudad cerca de aquí, donde se extiende un hermoso jardín de tulipanes.
Y en este jardín habitan pavos reales blancos y azules. Sus colas se extienden al sol y son como discos de marfil. Y la muchacha que los alimenta baila con ellos. y algunas veces flota sobre sus pies. Lleva los ojos pintados y las aletas de su nariz parecen delicadas golondrinas. No te angusties más y acompáñame a esa ciudad. Pero el joven pescador no respondió. Cerró los labios y se ató las manos con un cordón. Entonces se aprestó a regresar al lugar de donde había salido. a la pequeña
bahía donde la sirena solía cantar. Aunque su alma lo intentó durante todo el camino, el joven pescador no escuchó ninguno de sus consejos. Así de grande era la fuerza de su amor. Cuando llegó a la orilla del mar, desajustó la cuerda de sus manos y llamó a la sirenita. Pero ella no acudió a su llamada. a pesar de que él suplicó durante todo el día. Su alma se burló de él y le dijo,« Poca es la alegría
que te procura tu amada. Eres como ese que, en tiempos de sequía, guarda su agua en un cántaro roto. Das lo que tienes y no recibes nada a cambio. Mejor ven conmigo». Yo sé dónde está el valle de los placeres y las cosas que pasan allí. Pero el joven pescador siguió sin responder. En una hendidura construyó una cabaña y allí permaneció durante un año. Cada mañana llamaba a la sirena y por la noche pronunciaba su nombre.
Sin embargo, ella nunca salió a su encuentro. Aunque la buscó en las aguas verdes y en las pozas de la marea, no pudo encontrarla. Y su alma, insistente, nunca dejó de tentarlo y de susurrarle cosas terribles. Pero no consiguió convencerlo. Así de grande era la fuerza de su amor. Cuando terminó el año, el alma pensó. He tentado a mi amo con el mal y su amor es más fuerte que yo. Ahora lo tentaré con el bien y puede ser que regrese conmigo. Se dirigió al pescador y
le dijo. Te he contado sobre los placeres del mundo y no me has hecho caso. Ahora, permíteme que te hable del dolor del mundo. Tal vez así me escuches. porque, en verdad, el dolor es el amo de este mundo. No hay nadie que escape de sus redes. Hay quienes carecen de todo, de vestido y de pan. Hay viudas que visten de seda y otras que visten harapos. Los mendigos suben y bajan por los pueblos sin nada que llevarse a la boca. Por las calles deambula el hambre
y la peste se sienta a sus puertas. Vamos, salgamos y arreglemos estas injusticias.¿ Por qué te quedas aquí llorando por tu amor si ella no acude a tu llamada?¿ Qué tanto valor tiene ese amor para que te olvides del mundo? Pero el joven pescador no respondió. Así de grande era la fuerza de su amor. Cada mañana llamaba a la sirena y por la noche... pronunciaba su nombre. Sin embargo, ella nunca salió a su encuentro. Aunque la buscó en las aguas verdes y en las pozas de
la marea, no pudo encontrarla. Y después de transcurrido el segundo año, el alma dijo al joven pescador,« Te he tentado con el mal y con el bien, pero tu amor es más fuerte que yo. Por eso, No te tentaré más. Te ruego que me permitas entrar en tu corazón para que seamos uno solo, como antes. Puedes entrar, dijo el joven pescador. Debiste sufrir mucho en los días que vivías sin corazón. Pobre de mí, exclamó su alma. No hay sitio para mí en tu corazón, pues está
repleto de amor. Quisiera poder ayudarte, dijo el joven pescador. En ese instante, un gran grito llegó del mar. Era del tipo de grito que escuchan los hombres cuando muere un hijo del mar. El pescador se levantó de un salto, abandonó su casa y corrió a la orilla. Las sombrías olas llegaron hasta la arena, llevando una carga más blanca que la plata. Era blanca como el oleaje y se agitaba como una flor. El oleaje la arrastró entre las olas,
la espuma la envolvió y la orilla la recibió. Entonces el joven pescador vio el cuerpo muerto de la sirenita. Lloró como si le hubieran asestado una puñalada. Se arrojó a la arena, la besó en los labios y jugueteó con el ámbar húmedo de su cabellera. La estrechó fuertemente entre sus brazos morenos. Salada era la miel de su cabello y, sin embargo, la saboreó con amarga alegría. Y habló con el cadáver. En las conchas de sus orejas vertió el amargo vino de su historia. Sujetó su cuello
y tocó el fino arco de su garganta. Amarga fue su alegría y su dolor se empapó de una extraña plenitud. El mar se balanceaba sobre ellos y la espuma gemía como un leproso. El agua se aferraba a la orilla con sus largas garras. Desde su palacio, el rey del mar soltó un grito de lamento, y los tritones soplaron roncamente sobre sus cuernos.«¡ Huye!» dijo su alma.« El mar se acerca, y si te quedas te matarán.¡ Huye!» Temo por ti. Tu corazón está cerrado para mí debido a
la grandeza de tu amor. Huye a un lugar seguro.¿ O es que quieres enviarme al otro mundo sin corazón? Pero el joven pescador no escuchó a su alma. Llamaba a la sirenita y le decía,« El amor es mejor que la sabiduría». Es más precioso que los tesoros del mundo, más hermosos que los pies de una bailarina. Los fuegos no pueden consumirlo ni las aguas apagarlo. Te llamé y no acudiste a mí. Oíste tu nombre, pero no hiciste caso. Te abandoné y vagué muy lejos de ti. Sin embargo,
tu amor siempre estuvo conmigo. Siempre fue fuerte y prevaleció, a pesar de que he mirado el mal y el bien del mundo. Ahora has muerto, y yo también moriré contigo. Su alma le rogó que huyera, pero él se negó. Así de grande era su amor. Entonces el mar lo cubrió con sus olas salvajes. Cuando supo que el fin estaba cerca, Besó los fríos labios de la sirena y su corazón terminó de romperse. Como el corazón se rompió por la plenitud de su amor, el alma encontró una
puerta y entró. Una vez más, como en el pasado, fue uno solo con el pescador. El mar terminó de cubrir al pescador con sus olas. Por la mañana... El sacerdote salió a bendecir el mar que estaba muy agitado. Iba con monjes y músicos, todos envueltos en una nube de inciensos y cánticos. Cuando el sacerdote llegó a la orilla, vio el cuerpo del joven pescador que yacía entre el oleaje.
En sus brazos estaba el cuerpo de la sirenita. Frunciendo el seño, se persignó y dijo en voz alta, No bendeciré el mar ni nada de lo que haya en él. Malditos sean los hijos del mar y todos los que hacen tratos con ellos. En cuanto a ese que abandonó a Dios por amor, recojan su cuerpo y el cuerpo de su amante impía y entiérrenlos al final del campo derretamos. No pongan ninguna marca sobre ellos ni señal de ningún tipo. para que nadie pueda saber el lugar de su descanso.
Si malditos fueron en vida, malditos serán en su muerte. Las personas del pueblo siguieron sus órdenes y en la esquina del campo derretamos, en un sitio donde no crecía hierba, cavaron una fosa y depositaron sus cuerpos. Al tercer año, durante un día de fiesta, El sacerdote subió a la capilla para hablarle al pueblo sobre las heridas del Señor y la ira de Dios. Después de vestirse, entró y
se inclinó ante el altar. Entonces vio que el lugar estaba cubierto de extrañas flores fragantes que nunca antes había visto. Eran flores muy singulares, y su rara belleza lo turbó. Su aroma era dulce y le traían recuerdos repletos de nostalgia. Se sintió alegre sin saber por qué. Y después de realizar las liturgias, echar incienso en la parroquia y comer la hostia divina, comenzó a hablar al pueblo. Se había propuesto hablar de la cólera divina, pero estaba turbado por
la belleza de las flores blancas. Y otras palabras vinieron a sus labios. No habló de la ira de Dios, sino del Dios cuyo nombre es amor.¿ Y por qué hablaba así? No lo sabía. Y cuando terminó de dar su prédica, el pueblo lloró y el sacerdote volvió a la sacristía. Sus ojos estaban inundados de lágrimas. Entraron los monaguillos y comenzaron a desvestirlo. Le quitaron todas las piezas
del traje, pero se mantenía estático. Cuando terminaron de desvestirlo, él los miró y les dijo,¿ Qué son esas flores que están sobre el altar?¿ De dónde vienen? Y ellos le respondieron, No sabemos qué flores son, pero provienen del campo de retamos. Temblando, El sacerdote retornó a su casa y oró. Y por la madrugada, cuando aún estaba amaneciendo, salió en compañía de monaguillos, músicos, incensarios y toda una gran muchedumbre. Llegó a la orilla del mar y bendijo
todas las cosas salvajes que habitan en él. Bendijo a los tritones, a las pequeñas criaturas que bailan en el bosque, y a los seres de ojos brillantes que espían desde las hojas. Bendijo todas las cosas del mundo, y la gente se llenó de alegría y asombro. Sin embargo, nunca más crecieron flores en ningún rincón del campo de retamos. El campo permaneció estéril como antes. Los hijos del mar tampoco volvieron a entrar en la bahía como acostumbraban. porque
decidieron trasladarse a un área más pura del océano. Soy Sol Montalbán. Esperamos que hayas disfrutado de esta producción de El pescador y su alma, de Oscar Wilde. Este audiolibro ha sido dirigido y producido por Matthew Ticona y Aaron Medina. Edición y revisión del texto Si deseas agregar este libro a tu biblioteca, dejaremos los enlaces en la descripción. También puedes seguir nuestro canal principal, AuBiblio. Gracias y nos vemos en la siguiente página.
