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Llámalo X

Jan 23, 202422 min
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¿O deberíamos decir Llámalos? Hoy os cuento la historia de Röntgen y de cómo descubrió algo que cambiaría el mundo, algo que presentó tal día como hoy, pero hace ya unos cuantos añitos.

Entre capítulo y capítulo de Bacteriófagos os podéis mantener al día en cgdoval.es donde también encontraréis diferentes formas de apoyar a esta podcaster.

Transcript

Bienvenidos a Bacteriófagos, un podcast de EmilcarFM capítulo 172 del 23 de enero de 2024. Muy buenas, yo soy Carmela García y esto es Bacteriófagos, un podcast de curiosidades biológicas y actualidad científica para todos los públicos. Ahora sí, yo estoy ya también aterrizada en 2024. Finalmente, aquella idea pasajera de diciembre por la que yo dejé grabado el primer capítulo del año, por si acaso, resultó ser buena idea.

Con el año nuevo fui una de esas personas que se quedó con uno de esos virus que circulaban por ahí. Concretamente, soy una de esas personas que empezó el año subiendo a más de 39 grados el día 1 de enero. Vamos a verlo por el lado positivo. A partir de ahí todo tiene que ser ir a mejor, ¿no? Bueno, no voy a decir eso muy alto, no vaya a ser. El caso es que hoy es un día especial, un día en el que tenemos que hablar de… de X.

Y no, no me he vuelto loca, ni me he quedado tocada después de esos días de fiebre. Pero es que, cuando yo apunté el tema, X solo hacía referencia en el imaginario común a una cosa. Y ahora resulta que ya no es así. Porque claro, una no publica un capítulo todos los años el 23 de enero. Por eso era un tema interesante hoy, justo hoy. Nuestra historia comienza y acaba en Alemania. Durante la historia pasaremos también un tiempo en Suiza, pero lo relevante es Alemania realmente.

Y como la historia empieza en Alemania y ocurre en lugares con nombres de esos que en castellano generan problemas, pues tengo que tomar una decisión antes de empezar a contar nada. Como quiero que se me entienda, voy a intentar pronunciar todos los nombres de ciudades a la española. Y también el nombre de nuestro protagonista. Es posible que en algún momento mi cabeza se vaya y diga algo en alemán, pero al menos voy a intentarlo. Nuestra historia comienza

en Leneb, Alemania, el 27 de marzo de 1845. Allí nació Wilhelm… Guillermo… Konrad Röntgen. Lease en alemán con esa O que se funde con una E y escríbase con diéresis. En las notas lo tenéis escrito si no me olvido. Pero a partir de ahora será Röntgen. Ah, y el aviso habitual cuando hablamos de estas épocas. Cuando digo Alemania quiero decir Prusia. Pero como no vamos a hacernos un lío, pues decimos Alemania y ya está. A lo que iba. Nuestro querido Röntgen era hijo de un comerciante

de telas y por cosas de la vida a los tres añitos se fue a vivir a los Países Bajos. Bueno, el idioma se parece mucho y su madre era de allí. Allí empezó a estudiar. Pero por una serie de cosas, pues aunque intentó ir a la universidad en Utrecht en 1865, pues no pudo. Resumiendo mucho, lo habían expulsado del insti por caricaturizar a un profe. Aunque él dijo que no lo había hecho. Aunque claro, ¿cómo era eso de que los chavales antes no hacían estas cosas?

Bueno, a lo que íbamos. Como allí no podía estudiar porque no tenía el papelito para poder matricularse, se fue a Zurich y se presentó a las pruebas de acceso libre al Instituto Federal Politécnico, lo que hoy en día es el ETH. En 1869 obtuvo un doctorado por la UZH, la Universidad de Zurich. Que a mí no me sale en las cuentas porque en cuatro años estudió la

carrera e hizo una tesis, pero bueno. De ahí se fue siguiendo a uno de sus profesores, inicialmente a Würzburg, pero luego a la Universidad de Estrasburgo, por un temita de una guerra y tal. Bueno, a una de las universidades de Estrasburgo, porque allí hay un lío tremendo montado que llega hasta la actualidad. En el 74 obtuvo un puesto propio de profesor, lo que llamaríamos adjunto en Estrasburgo. En el 75 en Hoegenheim, ya de profesor titular. En el 76 se vuelve a

Estrasburgo y en el 79 se va a Gießen y en el 88 se vuelve a Würzburgo. En el año 1900 se irá a Múnich, pero nuestra historia se va a centrar en sus años en Würzburgo. Me pregunto cuántos habréis llegado hasta aquí sin todavía saber por qué he llamado este capítulo eso de Llámalo X. Hasta ahora no os he dicho a qué se dedicaba nuestro querido Röntgen. Empezó estudiando ingeniería mecánica, pero se doctoró en física. Eso fue lo que hizo en Suiza. Bueno,

es hoy casarse con la hija de un tabernero suizo. Así que yo no sé, que en cuatro años estudió una carrera, hizo una tesis, se echó a novia y se comprometió. A mí siguen sin salirme las cuentas. Por cierto, el matrimonio fue una cosa complicada, por ser ella de una clase más baja. Pero eso lo dejamos para los podcast de cotilleos. Berta, su mujer, estuvo a su lado hasta que la muerte los separó. Concretamente la de ella, cuatro años antes que la de él. Y la mano de Berta es

una de las manos más famosas de la historia. Estoy segura de que casi todos habéis visto alguna vez una imagen de su mano. Y ni sabíais que se llamaba Berta. Pero antes de hablar de la mano de Berta, vamos a hablar de su estancia en Gießen. Allí Rodgen se hizo famosillo en esto de investigar, teniendo hasta su propio instituto de investigación. Que bueno, un instituto de investigación de la época. Pero los estudiantes más espabilados ya hacían allí experimentos. Y eso generó esa

familia que ayudó a que le ofreciese en el puesto en Würzburgo. El lugar que le dieron en Würzburgo molaba mucho más para hacer experimentos. Pero este señor era físico. Que yo no tengo nada en contra de los físicos. En sí, quizá por mi tiempo como cristalógrafa, y lo mucho que eso me acercó a la física, entiendo perfectamente el comportamiento de este hombre. Era un poco asocial. No le gustaban las grandes reuniones ni todos esos eventos sociales que rodean a parte de la

ciencia. Prefería estar a su aire. Y eso estaba empezando a ser algo problemático. Pero entonces llegó la noche del 8 de noviembre de 1895. Esa noche cambiaría la historia. La noche gracias a la cual más de uno de los que me escucháis estáis vivos. El caso es que no sabemos exactamente lo que ocurrió aquella noche. Porque al hombre se le iba un poco. Y con un poco me refiero a que pidió que se quemasen parte de sus pertenencias después de su muerte. Y alguien sin dos dedos de frente

dejó que se quemasen sus cuadernos. Y ahora no tenemos demasiados detalles de lo que ocurrió aquella noche. Pero vamos a avanzar un poco más. Luego ya volveremos al 8 de noviembre. El 15 de enero de 1896, y ya estamos muy cerca de la fecha que hoy os quería recordar, le dijo un colega suyo que, y cito textualmente, no había revelado nada a nadie sobre mi trabajo. Le dije a mi mujer que estaba haciendo algo que haría que la gente, cuando se enterara, dijera, Röntgen ha perdido la cabeza.

Lo que había descubierto llegaba a tal nivel que pasaron años sin que hubiesen más novedades en ese tema. El descubrimiento hizo que Röntgen fuese una superestrella de inmediato. Y el resto es más o menos historia. Pero vamos a volver un poquito atrás en el tiempo. Al 22 de diciembre de 1895. Ese día, Bertha, su mujer, se convirtió en el conejillo de Indias con el que demostrar que lo que él había visto el día 8 de noviembre podían verlo otros ojos. Ese día se tomó esa imagen que,

cuando Bertha vio, le hizo exclamar, «He visto mi propia muerte». Como si de una broma se tratase, el 28 de diciembre se publicó el artículo describiendo el descubrimiento. Y tal día como hoy, el 23 de enero de 1896, Röntgen dio la única presentación pública de este descubrimiento. El 23 de enero de 1896, Röntgen presentó al público lo que había descrito en su artículo

y que muchos quisieron llamar, y así se sigue llamando en alemán, los rayos Röntgen. En 1901, recibiría el Premio Nobel de Física, el primero, por el descubrimiento de los remarcables rayos que llevan su nombre. Tal día como hoy, Röntgen presentaba lo que en su artículo llamaba un nuevo tipo de rayos, y que él quiso llamar los rayos X. Volvamos ahora a 1895, aquel 8 de

noviembre en el que decía que no tenemos muy claro qué es lo que ocurrió exactamente. Unos días antes, y aquí voy a resumir todos los tecnicismos, mientras hacía experimentos con tubos de rayos catódicos, observó que, aunque la luz no pasaba por el cartón, se producía fluorescencia en una pantalla con platinociánurodevario. Que suena algo muy inmortal, pero cosas peores se podían hacer con el quimiceza, ¿eh? Aquel 8 de noviembre, como ya tenía la idea clara,

quería comprobar que no estaba loco, así que ya de tarde se puso a ello. Esto es importante, porque para comprobar su teoría necesitaba que la habitación estuviese a oscuras, y eso, en un país en el que todavía hoy no se sabe para qué sirven las persianas, es más fácil si es tarde ya tarde. Tenía una idea clara, y empezó paso por paso a hacer lo que consideraba correcto, pero de repente metió un bote, porque había una sombra en la placa de platinociánurodevario,

que todavía no había incluido en el experimento. Bueno, realmente parece que fueron varios saltos, porque tuvo que ver la sombra varias veces hasta darse cuenta de que venía de ahí. Aunque realmente no lo sabremos nunca, porque como os decía antes, sus notas de laboratorio fueron quemadas. El caso es que se formaban sombras, sombras regulares. Y por eso decidió que eran rayos.

Dado que era viernes y, bueno, todos los que hemos estado un viernes tarde noche en un laboratorio sabemos cómo acaba esto, pues el hombre siguió repitiendo aquello y se pasó días encerrado en el laboratorio, intentando aclarar la historia. Mientras intentaba ver qué propiedades tenían aquellos rayos, consideró oportuno llamarlos, de forma temporal, rayos X. Aunque, como os decía

antes, en muchos países se les conoce como rayos Röntgen. En algún momento de esos días locos se le ocurrió poner una placa de plomo y ese fue el día en el que hizo la primerísima radiografía, ya que accidentalmente recogió la imagen de su propio esqueleto. No mucho más tarde se hizo

la primera radiografía intencionada, la de la mano de su mujer Berta. Esa radiografía que están muchos libros de secundaria cuando se habla de los rayos X. Y aunque antes os dije que había sido tal día como hoy la única vez que había presentado el descubrimiento al público, también tengo que decir que hubo un par de artículos más y que su investigación continuó y que tomó muchas radiografías posteriormente. Los rayos X siguen siendo utilizados para hacer radiografías, pero esa no es su única

utilidad. Antes os decía que mi yo cristalógrafa entendía el comportamiento de este hombre, y es que la cristalografía es cristalografía de rayos X. Con esos rayos X podemos ver la estructura de moléculas. La doble hélice del ADN sabemos que tiene forma de doble hélice por los rayos X, pero tampoco todo es bueno. La exposición a rayos X supone un peligro y por eso es importante medir y minimizar la exposición. Que a nadie le va a pasar nada por hacerse una radiografía de vez en

cuando, pero tampoco vamos a hacerlas si no es necesario. Y por eso los técnicos se protegen, y por eso cuando trabajamos con ellos nos miden la cantidad de radiación a la que nos hemos expuesto. Ahora que ya os he contado qué pasó tal día como hoy, no puedo dejar la cosa así, porque antes de acabar este capítulo tendremos que saber qué pasó con este hombre después del descubrimiento. Y la controversia, porque siempre hay controversia.

Lo primero que os voy a desvelar es que hay dos manos, y no sólo una. Aunque una de las manos famosas es la de su mujer Berta, otra de las manos que aparece en muchas fotografías es la mano que fue radiografiada en la propia demostración del 23 de enero. Allí, en vivo y en directo, como si de un circo se tratase todo aquello. ¿Cómo saber qué mano es? Si la imagen es borrosa y sólo se intuye más o menos los huesos, es la de su mujer, en la que se diferencian los dedos y una

mancha que intuimos que es su anillo. Si los dedos se ven en detalle, se identifica la palma y hasta los detalles del anillo, entonces es la mano de su colega en la radiografía hecha el 23 de enero. Otro detalle importante a tener en cuenta es que Röntgen no quiso patentar el descubrimiento. En el momento consideró que la técnica no estaba preparada para usarla en medicina, pero que pronto lo estaría. Era consciente de que a partir de su descubrimiento se harían

grandes avances, pero no quiso hacerse rico con ello. Quería que todo el mundo se pudiese beneficiar de aquello, pobre inocente. Además del premio Nobel en 1901, recibió numerosos premios y medallas por su descubrimiento y de forma bastante inmediata. Pero es que además de no querer la patente, tampoco quiso el dinero. El dinero del Nobel lo donó a la universidad. Tampoco quiso títulos nobiliarios y aceptó lo que llamaríamos un título de doctor honoris causa,

casi a regañadientes. Después de la Primera Guerra Mundial, con los cambios que había en el mundo, se arruinó. Perder a su mujer también empeoró mucho su situación. En sus últimos años volvió a estar cerca de Munich y allí murió de cáncer a los 77 años. La ciencia va a su ritmo y en aquellos momentos el ritmo era bastante elevado. Sabemos que las consideraciones éticas no eran algo que se tuviesen en cuenta. Más para mal que para bien. Y para hacer experimentos con rayos X

no era necesario redactar un protocolo y solicitar permiso a un comité ético. Por eso, incluso antes de la presentación pública del descubrimiento, tan solo unos días después de la publicación del artículo, se hizo la primera radiografía médica. Se hizo en Inglaterra el 11 de enero. La hizo John Hall Edwards y la hizo para ver una aguja clavada en la mano de un compañero.

Un mes más tarde, el 14 de febrero, usaría la misma técnica como apoyo para una cirugía. El 3 de febrero se estaba ya usando también la técnica para hacer seguimiento de una muñeca

rotán Estados Unidos. Las cosas iban a toda velocidad. Todo suena a maravilloso. Pero en este mismo mes de febrero empezaron a verse también los efectos negativos de los rayos X. Pronto se descubrió que causaban quemaduras, cáncer, perdida de pelo, infertilidad… y es que además en aquellos tiempos las primeras radiografías no estaban optimizadas, como el propio Rondgen advertía por otra parte. Los tiempos de exposición eran muy largos y una

sola imagen podía salvarte la vida, pero podía ser fatal. Por último, tengo que decir que, aunque en general se acepta que el descubrimiento fue de Rondgen, esto tiene sus matices. Él se apoyó en los descubrimientos de otras muchas personas y, como no había patente, fueron muchos los que intentaron atribuir el descubrimiento a terceros o a ellos mismos. Lamentablemente,

esto generó muchas broncas en los últimos años de vida de este hombre. En España, aunque tampoco fue trabajo de una sola persona esto de introducir los rayos X, se considera que el primer radiólogo fue César Comas. Dedicó su vida a la técnica, al punto de que, sabiendo el peligro que suponían estos rayos, hizo un pacto con su primo y colaborador para que cada uno usase una mano en los experimentos y así no exponer la otra a los

rayos. Su primo murió antes, pero a César le tuvieron que amputar parte del brazo izquierdo, que era el que él exponía a los rayos. Esto fue en 1935 y él vivió hasta el 56, cuando murió con 82 años. Para sorpresa de pocos, no se le suele dar a este hombre el reconocimiento que merecería. Y finalmente llegamos aquí recordando lo poco que sabemos de aquel descubrimiento, que es lo que se contó aquel 23 de enero, porque no tenemos los cuadernos

de Röntgen, ni cartas, ni nada. Todo se quemó, como él quiso. Era un señor peculiar, no lo ponemos en duda, y quiso que su descubrimiento fuese libre, y tanto que lo fue. Actualmente esos rayos que él llamó X no se usan solo para radiografías. La investigación posterior ha permitido que,

ajustando parámetros varios, tengamos muchos más usos. Más allá de las radiografías clásicas, actualmente podemos hacer tomografías, lo que muchos conocéis como TAC, pero que debería llamarse siempre TC, que permite ver el cuerpo loncheado y hacer reconstrucciones tridimensionales. También tenemos angiografías, imágenes que permiten ver arterias y venas usando una solución que da contraste. Tenemos la radioterapia, en la que una radiación va dirigida y se puede utilizar

para tratar un tumor. Pero también tenemos otros usos que se nos olvidan, desde los controles de los aeropuertos, a la espectroscopía que analiza obras de arte, o lo que fue mi especialidad, la cristalografía de rayos X, para definir la estructura de una molécula, como decía antes, a partir de su patrón de distracción de rayos X. Por todo esto, tal día como hoy, quería recordar aquella presentación en la que la ciencia hizo acto de presencia en su forma más limpia, sin

patentes, sin dinero, enseñando lo que se había descubierto para el bien común, para que todos pudiesen usarlo, investigarlo, y que entre todos pudiesen mejorar la vida de las personas. Divulgando para todos los públicos, porque al ver aquella radiografía tomada en directo, todos los presentes entendieron el potencial de aquella nueva técnica. Parece mentira que, tras tantos años, seamos incapaces de reproducir un evento similar.

Mientras esperáis el próximo capítulo, podéis leerme en cgedobal.es, desde donde también os podéis suscribir a Minios Leter. Gracias por el tiempo que habéis dedicado a escucharme, espero que os haya resultado entretenido y de utilidad. Toda la información de este capítulo la encontraréis en emilcar.fm barra bacteriofagos, donde también podéis conocer

los otros programas de nuestra red. Espero vuestros comentarios en cualquier red social como cgedobal y en nuestro grupo de telegram en t.me barra bacteriófagos, en el que hablaremos de este capítulo y de otras muchas cosas más. Y recordad, la curiosidad no mató al gato.

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