Bienvenidos a Bacteriófagos, un podcast de EmilcarFM capítulo 175 del 5 de marzo de 2024. Muy buenas, yo soy Carmela García y esto es Bacteriófagos, un podcast de curiosidades biológicas y actualidad científica para todos los públicos. Cuando llueve todo lo que tendría que llover y es una idea que está en las cabezas de muchas personas en estos momentos. Y eso de que no llueve trae muchos problemas, pero hoy nos vamos a centrar en uno en concreto, en la contaminación del aire.
Porque cuando llueve, lo que sea que hay en suspensión en el aire se deposita y si pasa mucho tiempo sin que llueva, la calidad del aire es peor. La lluvia no resuelve todos los problemas de contaminación, pero retira parte de las partículas. Eso sí, las deposita en el suelo, no las hace desaparecer y pasan a otro punto en el ecosistema. Pero hoy vamos a centrarnos en lo que hay en el aire, en lo que se mide en el aire.
Este es un problema que valoramos en su momento para un tema de la taberna del Bigel, pero a mí me parecía demasiado rollo para allí. Así que os lo traigo aquí, que espero que no me quede demasiado rollo. Primero, antes de entrar en los detalles, vamos a resumir qué es lo que se suele medir. Eso se separa en dos grupos, las partículas y los gases. Dentro de las partículas, lo que medimos lo dividimos en dos grupos por su tamaño.
Esto seguramente lo habréis visto en los indicadores de contaminación de las ciudades, y suele llamarse PM por material particulado o partículas de material. Los dos grupos que dividimos son 2,5 y 10. Y por ahora lo vamos a dejar así, luego ya entraremos en los detalles. Por otra parte tenemos los gases. En los gases tenemos variedad.
En lugares interiores, si tenéis un sensor, solemos hablar mucho del dióxido de carbono, el CO2, pero en exteriores los que nos preocupan son fundamentalmente cuatro. El dióxido de azufre es CO2, el dióxido de nitrógeno, NO2, el ozono, O3 y el monóxido de carbono, CO. Este último también es importante tenerlo muy controlado en interiores, porque nos puede matar con mucha facilidad.
Pero las partículas, como los gases, se miden con diferentes tipos de sensores, que comentaremos pero sin entrar en detalles técnicos, que eso no es lo que nos está interesando hoy. La idea es que al acabar el capítulo de hoy os quede claro qué tipo de peligros puede haber en esos numeritos altos en las medidas de calidad de aire, y por qué es tan importante tomar ciertas medidas para reducir sus valores.
En sí, es fundamental reducir sus valores incluso cuando los medidores nos muestra un circulito verde, porque cuando estamos en un entorno urbano, eso solo quiere decir que está dentro de los límites que consideramos válidos. No implica necesariamente que sus valores sean los óptimos, simplemente que son razonables. Si ya la cosa se pone naranja, mal, y si se pone rojo es feo pero que muy feo. Vamos a empezar por los tipos de partículas, porque esos numeritos resultan ser muy importantes.
Os decía hace un momento que las partículas las dividimos en PM2,5 y PM10. Esto quiere decir que son partículas cuyo diámetro es de menos de 2,5 micras o de menos de 10 micras. Aunque ambas tienen su peligro, cuanto más pequeñas sean, más peligro van a suponer, porque es mucho más fácil que entren en nuestro cuerpo y que puedan afectar. Las partículas PM2,5 son, obviamente, invisibles para nuestros ojos.
No vamos a poder detectar que hay algo ahí por su minúsculo tamaño, pero eso no quiere decir que no hagan nada, al contrario. Son partículas tan pequeñas que además de poder entrar sin ningún problema a nuestros pulmones y llegar a los alvéolos, esa especie de bolsitas en las que se hace el intercambio de gases, pueden incluso llegar al torrente sanguíneo. Un inciso.
Los alvéolos son el punto en el que enérase una vez la vida, se vaciaban los saquitos de los protas y cambiaban las bolas de un color por las de otro. No sé si así queda un poco más claro para los que tenemos cierta edad. ¿Qué tienen dentro las partículas de menos de 2,5 micras? Pues pueden estar compuestas de casi cualquier cosa. Muchas son lo que vendríamos llamando polvo.
Pueden ser cenizas, polen, minúsculas partículas metálicas y diferentes compuestos químicos, de los que sueltan los tubos de escape de los coches o las chimeneas de las fábricas. Ni que decir que en la actualidad muchas de esas partículas tienen origen humano, aunque incluso en el entorno más natural que os podáis imaginar habrá partículas PM2,5 y van a estar en suspensión, porque el polen existe y porque los incendios naturales también existen.
Estas partículas tuvieron su momento de estrellato cuando lo de las emisiones de los coches diesel, que seguro que alguno recordará. Aunque ahí también había gases implicados y probablemente todavía no sabemos, o al menos no el público general, todos los detalles de aquello. Cuando inhalamos estas partículas, lo más inmediato son los problemas respiratorios. En sí se han asociado en muchos estudios con la aparición de asma, que es mucho más frecuente en las zonas urbanas que las zonas rurales.
De rebote pueden provocar enfermedades cardiovasculares. Esto no quiere decir que te vaya a dar un infarto y te vayas a morir, o sí, pero lo más frecuente es que te alteren el ritmo cardiaco. Por otra parte, provocan irritación en los ojos. Seguro que más de uno me puede confirmar que sus ojos están más secos en la ciudad que en el campo. Y, por último, lo que se dice siempre para todo lo malo, puede provocar cáncer.
Aunque la conexión no es tan sencilla, sí se han hecho estudios en los que su presencia correlaciona con un incremento de casos de cáncer de pulmón. Y también hay estudios que apuentan a una relación con los cánceres de vías urinarias. Todo esto ya de por sí es un problema. Es un problema mucho más grave si las personas son vulnerables, sean niños o ancianos, o personas que tienen otras enfermedades. Si ya tienes asma, respirar partículas no te va a ayudar nada.
Como las PM2,5 son tan pequeñitas, se desplazan grandes distancias con mucha facilidad. Las PM10, al ser un poco más grandes, tienen menos rango de movimiento. Pero tampoco nos las podemos tomar a la ligera. Todo lo que he dicho de las partículas de 2,5 aplica también a las partículas PM10, ya que las fuentes son similares, pero generando partículas de mayor tamaño, que además pueden ser más complejas y en su interior llevar más cosas.
Van a afectar al sistema respiratorio y al cardiovascular y cuanto más vulnerables seas, más notarás sus efectos. Además, como tienen un tamaño mayor, es más fácil que generen un problema de visibilidad. En España hemos vivido en los dos últimos años un par de episodios en los que es evidente su efecto. La calima que cubrió en marzo de 2022 y el volcán de La Palma.
En ambos casos hablamos de fenómenos naturales y extremos, aunque un canario me dirá que lo de la calima es la cosa más normal del mundo. Y lo único raro en aquella situación es que nos llegó mucho a los de la península. Seguramente muchos recordaréis aquellos días, aunque no los vivieseis en primera persona. Pues en muchas ciudades el aire está permanentemente así, por las partículas que se generan de la industria, de los coches, de no saber cuidar el aire.
Quizá la única parte positiva es que las PM10 son las que se van a depositar antes y también van a recorrer distancias menores. Antes de pasar para los gases, sí me gustaría hacer una aclaración. Esto es una convención y una aproximación. Esto quiere decir que una partícula de 11 micras no suponga un peligro, ni que todas las partículas de 3 micras vayan a ser más peligrosas que las de 6. Siempre dependerá del origen de las partículas y de su cantidad.
Pero esto es lo que tenemos para poder estimarlo de alguna forma, y por eso se llegó a ese acuerdo. En cualquier caso, nuestro objetivo debería ser reducir al máximo la concentración de partículas de origen humano, independientemente de su tamaño. Lo de los gases es otro tema. Para empezar, a veces pueden ir dentro de las partículas. Y no son malos de por sí, son malos cuando están fuera de sus niveles normales. Su presencia es necesaria, pero es necesaria hasta ciertos límites.
El dióxido de azufre, SO2, es un gas que se produce de forma natural, por ejemplo, volviendo al ejemplo de antes, en los volcanes. Pero la mayor parte del que liberamos a la atmósfera sale de la combustión, o sea, de los coches, de las calefacciones, de la industria y de cualquier cosa de esas que utilice un producto derivado del petróleo, aunque también puede tener otras fuentes. Se produce problemas respiratorios y cardiovasculares y facilita la formación de partículas PM2,5 y PM10.
Además, es uno de los precursores de la lluvia ácida, que además de acidificar el medio tiene efectos sobre nosotros. Si una escultura queda destrozada con la lluvia ácida, no queréis saber lo que nos pasa a nosotros si nos exponemos de forma constante. El dióxido de nitrógeno, NO2, puede proceder de fuentes naturales, pero el que nos preocupa es el que viene nuevamente de la quema de los combustibles fósiles.
Los problemas que produce siguen siendo los mismos, como en el caso del dióxido de azufre, que sí respiratorios y cardiovasculares, que sí favorece la formación de partículas y que sí la lluvia ácida. Además, nos conecta con nuestro tercer gas, el ozono, porque favorece su formación. El ozono, O3, se forma por la reacción entre los óxidos de nitrógeno y compuestos volátiles cuando les da el sol, así resumiendo mucho. Por eso aumenta cuando hay dióxido de nitrógeno.
Está más arriba o más abajo, y el de más arriba es el de la famosa capa de ozono, que vamos a dejarlo a un lado y nosotros hoy nos vamos a centrar en el de abajo. Además de los problemas de los otros gases, el ozono puede provocar dermatitis, urticaria y hacer que nos veamos más viejos. Menos cremas a entidad y más aire puro. Aquí quiero hacer un inciso para recordar aquella locura de la ozonización post pandémica.
El ozono mata bichos, sí, pero como conté en algún sitio en su momento, nosotros también somos bichos. No paséis por un arco de ozono. No os metáis en un coche que se acaba de higienizar con ozono, porque os irritará la piel, los ojos y los pulmones. Evitad la exposición al ozono en la medida de lo posible. Por último, el monóxido de carbono, CO. Este es el que se mide en las casas para que no te mueras.
Surge cuando se quema, y hay mucho cuando se quema mal, por eso lo de medirlo cuando hay calderas. Es un problemón, porque si entra en nuestro cuerpo se une a la hemoglobina de nuestra sangre mejor que el oxígeno, así que nos quedamos sin oxígeno y si no tenemos oxígeno nos morimos. La inhalación de monóxido de carbono produce rápidamente dolor de cabeza, que deberías ser siempre una señal para abrir las ventanas. Pero que es un problema cuando se está en el exterior y no podemos abrir nada.
Si se acumula mucho, produce náuseas, vómitos, te quedas sin aire, dejas de poder moverte, ves borroso y te mueres. Si no te mueres tampoco vas a quedar muy bien, porque los daños neurológicos no conocen eso de la reversibilidad. En el exterior las concentraciones, por suerte para nosotros, no son tan altas, pero son suficientes como para suponer un problema si además lo sumamos a la presencia de otros gases, porque nunca viene solo.
Como último apunte, el dióxido de carbono, el CO2, lo medimos en el interior como representación del oxígeno que tenemos disponible. Si en una habitación hay mucho CO2, es que hemos respirado mucho ahí y hay menos oxígeno. Y hay otras cosas en suspensión, como por ejemplo virus. Más allá de la idea pandémica, controlar el nivel de CO2 en interiores es importante para evitar dolores de cabeza. Pero no tenemos que volvernos locos con un numerito.
Lo que tenemos que hacer es ventilar las casas, diga lo que diga el sensor. Una vez soltado todo este rollo, podemos hablar muy brevemente de los medidores. Existen unas maquinitas que miden la cantidad de gases presentes. Existen medidores para las partículas. Existen cacharros que miden de todo. Las versiones domésticas son más sencillas y los que usan los ayuntamientos deberían ser más precisos, aunque no siempre es el caso.
Si entrásemos en la tecnología detrás de la medición, podríamos decir que algunos usan sensores ópticos o láser que permiten contar las partículas y también los gases, pero de forma un poco más regular. Para los gases también hay infrarrojón o dispersivo, que se puso muy de moda en la pandemia en los sensores de CO2, y sistemas electromecánicos o electroquímicos… y ahora ya os estoy perdiendo con todos estos palabras así que no voy a profundizar en ello.
Solo decir que hay muchos tipos y que no es fácil saber cuál es el mejor porque siempre va a depender de las circunstancias de qué es lo que queremos medir y dónde. Podríais tener un sensor en vuestra casa, en la terraza, al lado de la famosa maceta, pero no es necesario tenerlo, porque existe una red de sensores en las ciudades y si vivís en el campo no os hace falta medir nada. En el caso de las ciudades, a veces los sensores se ponen en lugares muy estratégicos.
Pueden ponerse en un punto crítico que se sepa más problemático para poder detectar cuáles son los fallos que hay en ese punto, o pueden ponerse en lugares más apartados que vayan a tener una medida más estable, aunque quizá nos acabe dando una referencia ligeramente incorrecta. En cualquier caso, si lo que queremos es una aproximación del nivel de riesgo, en teoría, todas las grandes ciudades deberían hacer sus mediciones públicas para que los ciudadanos conozcan los riesgos.
Más allá de ir a ver qué dice cada ayuntamiento, seguro que vuestra aplicación favorita del tiempo tiene datos sobre los niveles de contaminación, con más o menos detalle. En el caso de España, la propia E-Med tiene una web en la que se pueden comprobar todos los parámetros que mencioné antes, sumando también, por cierto, el monóxido de nitrógeno. Podéis ver los mapas de calidad de aire, los índices diarios de calidad de aire y los índices horarios.
Para detalles más allá de una perspectiva general, sí tendréis que ir a vuestra localización concreta en una aplicación específica. Quizá esto de la contaminación es algo que si no vemos con números, pasamos un poco por alto hasta que salta una alerta. Y no somos conscientes de la cantidad de días que estamos expuestos a un aire de calidad regular o incluso mala, sin que lleguen a activarse los protocolos, porque no ha sobrepasado unos límites un poco generosos de más.
Si le ponemos números, quizá nos empecemos a replantear algunas cosas. Quizá en ese momento empecemos a valorar lo importante que es el aire puro. Que no es un aire sin nada, pero es un aire con muchas menos cosas. Mientras esperáis el próximo capítulo, podéis leerme en cgdoval.es, desde donde también os podéis suscribir a mi newsletter. Gracias por el tiempo que habéis dedicado a escucharme. Espero que os haya resultado entretenido y de utilidad.
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