Bienvenidos a Bacteriófagos, un podcast de Milcar FM, capítulo 147 del 27 de diciembre de 2022. Muy buenas, yo soy Carmela García, y esto es Bacteriófagos, un podcast de curiosidades biológicas y actualidad científica para todos los públicos. Quizá no esperabais un capítulo navideño, o sí, quizá no sabéis que yo tengo cierto odio hacia la navidad. En años anteriores, por estas fechas, he hablado de planes, de árboles de navidad, e incluso hecho algún capítulo justo el día de los inocentes.
Y este año he venido a contaros un cuento de navidad. Si no habéis leído cuento de navidad de Dickens, estáis tardando, pero yo os voy a contar mi propio cuento de navidad. Porque yo también tengo mis propios fantasmas navideños. Mi odio hacia la navidad tiene fundamento. No se trata de que no me guste que la gente celebre o que odie los árboles y los velenes y esas cosas, que un poco también. Mi odio viene porque a lo largo de mi vida, antes de navidad, han pasado una serie de cosas malas.
Y dado el historial, pues arrastró cierto miedo a que se acerquen unas nuevas navidades. Este año he tenido varios sustos pre-navideños. Los sustos me han hecho llegar al punto de cambiar mi perspectiva y lanzarme a intentar dejar atrás todo ese odio y pensar que pase lo que pase lo importante es llegar a la navidad. Y que lleguemos todos juntos, que lleguemos bien y que podamos pensar en las siguientes navidades con esa misma idea.
Pero claro, no os voy a contar esa historia, porque esto no es un podcast de mis cosas, es de las cosas de todos. Así que lo de mi estrepitoso fracasos en los propósitos para este año, los giros que daban mis planes y todas esas cosas, eso se quedará para que lo cuente en otro sitio. Aquí vamos a hablar de un cuento de navidad que nos afecta a todos. Porque todos tenemos nuestros fantasmas y tenemos que enfrentarnos a ellos para cambiar nuestra navidad. Para cambiar nuestra vida.
Y así nuestro cuento de navidad tendrá sus tres actos. Tres actos que son bastante duros y que espero que hagan que reflexionemos sobre nuestra navidad ahora que estamos entre fiesta y fiesta, y que todavía podemos acabarla bien. Como cada uno tiene su historia y no quiero que esto acabe siendo una historia de nostalgia ochentera, que ya se yo que la mayoría os iríais por ahí a vuestras navidades de la infancia y no queremos bolas de árbol de cristal, ni espumillones de colores estrambóticos.
Nuestro fantasma de la navidad pasada va a ser un poco más reciente. Este será nuestro primer acto, el fantasma de la navidad pasada. Después nos vendremos a la actualidad, al fantasma de la navidad presente. Y por último el tercer acto será el fantasma de la navidad futura. Y dejaremos vuestras manos completar la historia con mátices personales, con los fantasmas de cada uno. Y pensaremos en cómo enfrentarnos a esos fantasmas. El fantasma de las navidades pasadas.
A nadie le debería sorprender, pero nos vamos a desplazar al año 2019. Faltan tan solo unos días para que en las noticias se empiece a hablarte una nueva enfermedad de un virus respiratorio que acaba de surgir en China. Ahí iba a comenzar el año más difícil de mi vida y también el vuestro. El año que nunca olvidaremos. El fantasma de las navidades pasadas nos recuerda al inicio de la pandemia del coronavirus y cómo nuestra vida cambió.
Aunque todavía nos quedan casi tres meses para ese gran cambio. Nos pasaremos tres meses sin darle demasiada importancia, sin tener demasiada información. Porque era algo que estaba ocurriendo lejos, aunque cada vez se acercaba más. Pero en marzo nos dimos de bruces con la realidad y hubo que tomar medidas, muchas a ciegas. Nos movíamos en algo totalmente desconocido y ese fue nuestro principal problema, que queríamos respuestas claras.
No podíamos asumir que no se sabía que era lo que pasaba, ni cómo de contagioso era el virus, ni qué medidas podían funcionar y cuáles no. Criticamos las medidas, criticamos su falta. Nos uníamos, pero a la vez teníamos un dedo acusador para el vecino. En mi caso pasé todo eso en otro país, habiendo tomado ya la decisión de volverme a España, pero teniendo que mantenerme allí. Sin poder acercarme, sin saber qué ocurría realmente.
De todos los años que pasé en Suiza os aseguro que fueron los peores meses. En ese año hubo un auge de la desinformación, de los extremismos, de los bulos, de la crispación. Nos asustamos. Quisimos pensar que en la nueva normalidad todo sería diferente. Cuando ese año acababa llegaron otras navidades. Otras navidades pasadas. Fue cuando yo volví a España. Volví cuando el confinamiento iba por barrios. Pero por primera vez en la vida yo no pude ir a casa por navidad.
Cuando veíamos unas primeras vacunas con mucha esperanza. Pero también fueron las navidades de Silomena, justo después de haber dicho que bueno, el 2021 no podía ser peor que el 2022. Justo después de haber dicho que bueno el 2021 no podía ser peor que el 2020. No sabíamos lo que se nos venía encima, porque desde aquel marzo de 2020 esto ha sido un no parar. En mi cabeza parece que en aquel diciembre de 2019 abremos la caja de Yumanji y desde entonces no hemos podido cerrarla.
Las navidades de 2020 fueron muy difíciles. Perdimos a mucha gente y fue en esas navidades en las que empezamos a ver que perdíamos a mucha gente de forma colateral. No era por el virus, era por todo lo que había pasado asociado. Todos los diagnósticos que no ocurrieron, las consultas que no se hicieron, los tratamientos que no se dieron y creíamos que se acababa, pero todavía no. Acabó el año 2021 y ya estábamos vacunados. Yo había encontrado un nuevo trabajo y podía ir a casa por navidad.
Pero fueron las navidades de los test, de Delta, de Omicron, de ver cómo se contagiaba todo el mundo y tenían que aislarse. De tener a media empresa contagiada en su casa, de volver a las reuniones por Zoom, de hacerse test antes de salir de casa para la cena de noche buena, por miedo a lo que pudiese ocurrir después. Y otro test al día siguiente, y otro y otro. Y no solo era el virus. Era la erupción de un volcán, era un mundo que estaba todavía más revuelto que el año anterior.
Fueron las navidades en las que todos teníamos miedo a celebrar, en las que año a año empezábamos a preguntarnos si podría ser peor. Y mi yo, que odiaba la navidad, repetía que bueno, siempre puede ser peor, siempre. Pero vamos a pensarlo de otra forma, y es que también podría ser mejor. Aunque tenemos que reconocer que las navidades pasadas más recientes no han sido tan maravillosas, y el fantasma de esas navidades nos acecha. El fantasma de las navidades pasadas fue pandemia, fue virus.
Y así llegamos al final de este 2022. Segundo acto, el fantasma de las navidades presentes. Decían que 2022 no podía ser peor. Quizá para muchos no lo fue, pero para otros mucho sí. Os confieso que esto lo he grabado hace días, y quizá me haya dejado algo muy importante por el camino, con lo que hay no sobra para ver que no ha sido un gran año. Esta gente pensará en la inflación. Pero el fantasma de las navidades presentes es guerra.
Una guerra que nos llenó de solidaridad, pero solo en algunos casos. En el presente tenemos a miles de personas que están pasando frío, porque no tienen acceso a la energía que les proporcionaría calor. También personas que se han muerto o se morirán de sed por culpa de la sequía, o de hambre. No es un mundo lleno de guerras, y acabamos de salir de un mundial de fútbol que debería habernos dado vergüenza. Este fantasma, guerra, no solo nos recuerda la situación en Ucrania.
Nos recuerda la situación de todas las familias que no tienen lo necesario para vivir dignamente. Aquellos cuya forma de vida se ha visto afectada ya de forma irreversible. En España hemos vivido una situación muy tensa con la sequía, aunque insistíamos en mirar para otro lado esperando las lluvias, que sí, han llegado. Pero os voy advirtiendo de que no van a solucionar el problema.
También ha sido el año de la uje de sacrificio de los extremos y de los bulos, de no poder ir al médico de familia porque no hay, de pérdidas familiares porque no se ha llegado a tiempo. De seguir viendo las consecuencias de una pandemia que hemos querido dejar atrás, pero que lo único que hemos hecho es normalizar.
Ha sido el año de la llegada de otro virus, de ver que no hemos aprendido nada, que seguimos queriendo respuestas rápidas cuando la realidad es que no tenemos información suficiente, de criticar las medidas y la falta de medidas, de seguir repitiendo bulos tanto que algunos se acaban creyendo que son verdad, de politizar hasta la sequía y la lluvia. Ha sido el año de olvidar aquella idea de que los problemas se solucionaban estando unidos.
El año de criticar ciegamente aquellos que todo se ha dicho también se aplaudía ciegamente, de tener los brazos abiertos para el que viene de fuera, pero solo si el color de piel es el adecuado, de volver a querer cerrar unas fronteras que tanto nos molestaban antes cerradas y eso había sido hace tan solo un par de años.
El fantasma de las navidades presentes es guerra, guerra contra nosotros mismos, porque no hemos salido ni más fuertes ni mejores, como sociedad hemos salido bastante mal y la cosa no va por buen camino. Dicen que para poder avanzar a veces hay que retroceder unos pasos, pero ya hemos retrocedido demasiado. Por una parte tenemos todos esos anuncios en los que se pide una donación navideña para esos niños que se mueren de hambre, que bonito todo.
Pero después de hacer esa donación con nuestro móvil de última generación, cambiamos a la aplicación en la que derrotamos el doble de dinero en una prenda de ropa de mala calidad. Un caprichito porque ya hemos hecho una buena acción, olvidando el daño que hacemos al planeta con cada compra compulsiva y cuanto podemos estar contribuyendo con esa compra a que esos niños, para los que acabamos de dar una limosna, se sigan muriendo de hambre.
O plantamos un arbolito que se va a secar en dos meses para compensar las emisiones de nuestro coche cada vez que vamos al supermercado. Eso sí, lo hacemos por una aplicación que lo planten otros, no vayamos a tener que ir al campo a nosotros. Eso aunque no todos lo hagamos, es nuestra guerra social. Eso es el fantasma de nuestra navidad presente. El caso es ¿Qué pasará en el futuro? Tercer acto, el fantasma de las navidades futuras, clima.
Nuestro tercer fantasma es clima, pero no viene solo, ya que se une a los dos anteriores. Si no cambiamos, si no decidimos enfrentarnos a nuestros fantasmas, los tres serán parte de nuestra vida. Seguiremos teniendo virus que nos traerán pandemias, sin duda. Seguiremos teniendo guerras, pero ambos irán a más por nuestro tercer fantasma, por el clima, que ya ha asomado, aunque no queramos verlo. En las navidades futuras viviremos cada vez más fenómenos extremos.
La tendencia será un mundo más caliente, con menos recursos. Habrá zonas en las que se alcanzará tal grado de sequía que no se podrá vivir. En otras viviremos meses de sequía y mucho calor, pero también fenómenos extremos de todo tipo. Tendremos lluvias intensas que provocarán riadas e inundaciones. Tendremos olas de frío que nos dejarán incomunicados. Con un acceso limitado a la energía pasaremos mucho frío y mucho calor.
El precio de los alimentos se incrementará, porque no podremos seguir cultivando como hasta ahora. Los cambios provocarán el movimiento de virus y su recombinación, lo que dará lugar a nuevas pandemias que matarán a millones de personas. Esa situación generará guerras, porque no nos equivoquemos. Las guerras no son por un trozo de tierra, son por recursos, que cada vez serán más preciados. Los pobres serán más pobres y sufrirán mucho más.
Y si pensáis que todo esto es una exageración, lamento deciros que es el futuro que ya estamos viviendo, porque todo esto ya está pasando en algún lugar del mundo. Pero clima, solo está empezando a hacer de las suyas y la cosa irá peor. Nos enfrentaremos a unas navidades futuras en las que pensaremos que quizá aquella pandemia no fue tan horrible como habíamos pensado, porque quizá lo peor todavía está por llegar.
Recordaremos el año 2020 como el que cambió nuestras vidas, pero quizá como un punto de no retorno. Si las cosas siguen su camino actual, es más que probable que pronto tengamos a muchos más refugiados de guerra llamando a nuestra puerta. Pero que no sean refugiados blancos. Ya los tenemos, pero no los vemos. Son refugiados de guerra, de guerra climática.
Tienen de países en los que ya no hay agua, en los que los cultivos se han secado y que su ganado sea muerto por no tener ni comida ni bebida, a los que les hemos quitado su energía y que no tienen nada. Y llaman a nuestra puerta, pero ¿qué vamos a hacer? Mientras les cerramos la puerta, nuestra población muestra poco a poco signos de envejecimiento y eso va a ser un problema. También estáis los que pensáis en venir o en ir a otro sitio, y os da miedo que os cierran la puerta.
Los que pensáis que bueno, quizá vale la pena jugársela. Y ni siquiera os puedo decir que sí que vale la pena, porque no soy yo la que decide si se os va a coger con los brazos abiertos, ojalá. Si así es nuestro fantasma de las Navidades Futuras ¿qué vamos a hacer? Epílogo, superando fantasmas. Llegados a este punto, nuestros tres fantasmas parecen tres jinetes del apocalipsis, y es que lo es. Pero estamos a tiempo.
Tenemos que ser conscientes de los problemas que tenemos y dejar a un lado la desinformación, dejar de aferrarnos a la vieja normalidad y crear una nueva normalidad que sí sea mejor. En la que sí salgamos mejores y más fuertes. Aunque no lo parezca he hablado de temas exclusivamente científicos, de los virus y las pandemias que generan, de la guerra y el problema energético que genera, y del clima y todo lo que su cambio traerá.
No podemos deshacer lo que ya hicimos, pero podemos decidir diferente en el futuro. Podemos dejar a un lado todos los bulos que todavía circulan sobre virus varios y de una vez por todas tomar las medidas que realmente tienen sentido. Podemos ajustar de forma racional nuestro consumo de energía para no pender de un hilo, y podemos ralentizar y minimizar todo lo posible el cambio climático. No lo podemos evitar, pero podemos hacer que no sea tan dramático.
Podemos que ver las navidades futuras con buenos ojos, ansiarlas, porque lo que va a venir después tiene que ser mejor. Porque tiene que ser mejor, o suplico que sea mejor, porque yo no sé si puedo seguir enfrentándome a esta montaña rusa de sucesos. Por eso quería finalizar este año con un capítulo que nos hiciese pensar, que quizá nos haga cambiar. Y aprovechar estos últimos días para desearos un feliz 2023.
Esperando que traiga muchas novedades, pero que sean todo cosas buenas, para que podamos disfrutar las próximas navidades juntos, sin importar dónde ni con quién, pero unidos y mejores. Mientras esperáis el próximo capítulo podéis leerme en cgdobal.es desde donde también os podréis suscribir a Minusletter. Gracias por el tiempo que habéis dedicado a escucharme, espero que os haya resultado entretenido y de utilidad.
Toda la información y enlaces de este episodio la encontraréis en emilcar.cm-bacteriófagos, donde también podréis conocer los otros programas de nuestra red. Espero vuestros comentarios en Twitter como cgdobal y en nuestro grupo de Telegram en t.me barrabacteriófagos, en el que hablaremos de este capítulo y de otras muchas cosas más. Y recordad, la curiosidad no mató al gato.
